Misterios del Románico. Ruta III.

Desde Villarcayo con el símbolo como guía.

Las Merindades son un territorio complejo, estructurado sobre una geografía muy complicada a lo largo de muchos siglos de historia. En muchos ámbitos, la espectacularidad de sus paisajes invita a quedarse en la superficie. Y, sin embargo, cuando profundizamos se presenta ante nuestros ojos su esencia, su real espectáculo. Un espectáculo que, en buena medida, nos explica la actualidad, la apariencia.

 

El románico es uno de los activos de Las Merindades. Queremos mostrar, en diferentes capítulos, algunas de nuestras conclusiones. Conclusiones que se derivan de la contextualización de los templos, de la hagiografía, de las vías de comunicación históricas y de muchas horas de reflexión.

Y, para comenzar, otra sorpresa: que el inicio de una ruta que tiene el románico como principal atractivo parta de Villarcayo puede parecer surrealista. Y no es para menos. Cuando los canteros del siglo XII tallaban los sillares de los numerosos templos del entorno, Villarcayo aún no existía.

El sentido de comenzar este itinerario en Villarcayo necesita, por lo tanto, una explicación. Y esta, para aumento de nuestra sorpresa, nos la aporta su parroquia de Santa Marina, un edificio construido a mediados de los sesenta del siglo XX con tintes gaudianos y con un altísimo contenido simbólico. Es un edificio único que dio inicio a una interesante remodelación urbanística de su entorno que no prosperó.

Resulta imprescindible entrar en su interior para disfrutar y tratar de comprender el valor de las imágenes que aquí, en forma de vidrieras, constituyen una impresionante representación de la creación del cosmos; un conjunto que supone una evolución intelectual y también estilística de la imagen como símbolo.

A pesar de que en muchos ámbitos esta obra no es considerada como un bien patrimonial, visitalasmerindades.es aconseja su visita y una observación detenida.

Para dar comienzo a la ruta propuesta, deberemos de salir en dirección a Santelices desde la plaza de Villarcayo. De camino, se sucederán diversas paradas de interés.

La primera de ellas suele resultar sorprendente. Se produce en Escanduso. Y es casi más una anécdota, ya que lo que realmente llama la atención es el diminuto tamaño de su iglesia. Se dice de ella que es la iglesia más pequeña de España. Algunos detalles nos interesan especialmente, a pesar de que la iglesia no cuenta con elemento románico alguno. Sin embargo, una pequeña ventana geminada reivindica su pasado quizá prerrománico.

 

Sin embargo, es cuando uno traspasa la pesada puerta de uno de estos oscuros y fríos templos, como es el caso de la iglesia de San Salvador, en Escaño, cuando nos invade una sensación de paz inconmensurable. También de curiosidad. ¿Qué son esas figuras, a veces tenebrosas, otras mitológicas, que parecen querer echar a hablar, a caminar, o a volar? Buena pregunta.

La oscuridad y el olor que desprende la humedad añaden un común condimento a las primeras impresiones.

 

En San Salvador, el caos es una constante. Una detenida observación de sus paramentos nos desvela el desorden estructural de sus muros. Aquí, las ligeras tobas se sitúan en las zonas bajas del edificio, soportando, contra toda lógica, los pesados sillares que los culminan. Es como si se hubiera reconstruido a partir de una ruina, recolocando en primer lugar lo que se hallaba sobre los escombros y dejando para el final el resto.

Es muy probable que la iglesia se desplomase décadas después de su construcción. En cualquier caso, este templo, de figura esbelta, podría llevarnos a confusión, ya que tanto los arcos como las bóvedas sorprenden por un trazado estilizado alejado ya de las formas románicas, lo que se certifica definitivamente con el carácter apuntado de aquellos. Esta apreciación podría sustentar la idea de que la primitiva iglesia se hundiera en una época en la que los maestros canteros habían abandonado ya las técnicas constructivas románicas.

Llegados a este punto nos resulta extremadamente difícil afirmar qué partes del templo son originales y cuales son el resultado de esas modificaciones.

La inclusión de la primitiva lápida consagratoria de un modo absolutamente aleatorio, sin ningún tipo de protagonismo o lógica, también nos sirve para apuntalar este argumento.  La inscripción data la iglesia en el año 1088, lo que la convierte en una de las más antiguas de este territorio.

En grafía visigótica se puede leer lo siguiente:  “+ OB HONORE : S(an)C(t)I SALVATORIA : ET S(an)C(ta)E / MARIAE : EIVSDA(m) : GENITRICIS : ET ALIORV(m) : S(an)C(t)ORVM / QVORVM : RELIQ(v)IE : HIC CONTINENTVR : ALVARO : ABBAS-CEPIT : HANC AECCLESIAM : IN ERA : T : C : XXVI :” “En honor de San Salvador y de su misma Madre Santa María y de los otros Santos cuyas reliquias aquí se contienen, el abad Álvaro construyó esta iglesia en la era MCXXVI (año 1088).

Aguas arriba, la carretera entra en pugna con el antiguo y abandonado ferrocarril Santander- Mediterráneo y poco antes de llegar a Brizuela, a la derecha de la carretera, se alza un potente farallón rocoso sobre el que se alzan los restos de un importante castro cántabro que fue reocupado en la época medieval.

El alto valle del Nela se configura como un paisaje quebrado, un relieve en cuestas que forma parte de una potente y antiquísima estructura geológica que ha sido desmantelada por el paso de los milenios. Muy interesante.

Nuestra ruta llega a Puentedey. La fotografía de su imponente puente natural es una de las más conocidas de Castilla y León. No tanto el caserío que se emplaza sobre el mismo. Y merece la pena. La iglesia de San Pelayo, de origen románico, pugna por el poder de la altura con el conocido palacio de los Porras, construido a finales del siglo XV, paradójicamente por la familia de los Fernández de Brizuela.

Poco queda del románico original pero la portada merece la pena. Su tímpano, de aspecto tosco y rudo, representa la lucha entre un hombre y un dragón, un tema habitual del románico que se identifica con la lucha del hombre contra el mal, la tentación…

Nuestra ruta prosigue rumbo oeste, aguas arriba del Nela, en dirección a las montañas de la divisoria, mientras el paisaje gana en bravura. Pronto aparecen algunas de las mayores obras ferroviarias del mencionado ferrocarril.

Podemos disfrutar durante un tramo del paisaje, pues deberemos recorrer varios kilómetros para reencontrarnos con nuestro románico. Un paisaje, por cierto, que ha cambiado sustancialmente y ha tomado tintes cantábricos por momentos. Con el gran castro de La Maza de telón de fondo, hemos de tomar dirección Soncillo al llegar al cruce de Santelices.

A pesar de que hay mundo por descubrir en los alrededores, el objetivo se encuentra más allá de la capital del Valle de Valdebezana. Por eso, al llegar a Soncillo tomaremos dirección Santander para girar, poco más allá, hacia Cilleruelo de Bezana. De camino dejaremos al norte, apenas a unos cientos de metros, el interesante pueblo de Virtus, con torre fortificada incluida.

Desde Cilleruelo, en dirección a Burgos y después de ascender el puerto de Carrales, nos toparemos con un ramal que conduce a Arreba. Por ahí llegaremos a Crespos, cuya iglesia está fechada apenas cincuenta años más tarde que la de Escaño. Una lápida la data en el año 1143 de nuestra era.

La iglesia de la Inmaculada Concepción nos parece una de las más sencillas de Las Merindades, aunque no exenta de encanto. Se conserva la fábrica original, sin apenas modificaciones, lo que, a nuestro juicio, la convierte en una de las iglesias  más interesantes y coquetas del románico burgalés.

De rudimentaria talla pero con un encanto especial, las figuras naturalistas y mitológicas de sus canecillos están en plena sintonía con el entorno. Sobresale la representación de la lujuria, con un personaje retorcido y deformado, apesadumbrado por el pecado recién cometido, algo que, como iremos viendo, será habitual en el románico comarcal. También y como volveremos a observar en San Miguel de Cornezuelo y en otros lugares próximos, la penitencia por el pecado de la gula está representado en forma de un personaje que soporta el peso insoportable de un tonel.

Los juegos de luces y sombras realzan los relieves, toscos, casi abruptos… pero sumamente interesantes del interior y aportan un carácter singular y equilibrado a un templo que guarda muchas similitudes estructurales con el de San Miguel de Cornezuelo y otros de Zamanzas y Manzanedo.

Del interior, recorrido por dos impostas de taqueado jaqués, destacan diferentes capiteles, aunque sobresale, por la carga simbólica que soporta, uno situado a la derecha de la puerta que muestra de nuevo la importancia que al pecado de la lujuria le era concedida en aquella época. Serpientes muerden los pechos de una mujer…

En su conjunto, la extrema sencillez de esta iglesia la hace especialmente atractiva y acogedora, lo que, añadido a la belleza natural del entorno que la envuelve, justifica el gran interés que despierta.

Cerca de Crespos se localiza Ailanes, cuyo caserío gira en torno a la iglesia de San Cristóbal Mártir. Es un templo de formas rurales que presenta una iconografía frecuente en el entorno y que se explica por el carácter local de los talleres que trabajaron en la zona. En este caso, las relaciones con Crespos, San Miguel de Cornezuelo o Munilla son más que evidentes.

Para llegar a San Miguel de Cornezuelo es preciso retroceder un par de kilómetros hasta el alto de Arreba y girar hacia el norte, en dirección al Valle de Manzanedo.

El primer pueblo es nuestro destino inmediato. La iglesia de San Miguel se encuentra en las afueras.

La proximidad geográfica de Crespos y Ailanes con San Miguel de Cornezuelo no es la única relación existente entre sus templos. En las dos iglesias podemos contemplar representaciones escultóricas que parecen realizadas por las mismas manos, como la lujuria o la gula. También la misma estructura.

San Miguel Arcángel, en plena batalla con el mal, en forma de bestia, preside la portada del templo, muy similar a la de la iglesia de San Pelayo, en Puentedey.

Una vez en el interior destaca la arquería ciega que decora la cabecera, y que es característica de varias iglesias del entorno. Varios de los capiteles que forman parte del conjunto, con representaciones de animales afrontados y alados, junto a otros motivos, guardan una estrecha relación con los de Crespos. A pesar de la rudeza y la sobriedad de la mayor parte de las tallas, el conjunto resulta apasionante.

El templo, al que a pesar de la carencia de datos se le atribuye una cronología similar al de Crespos, parece tener un origen monacal, como otros muchos de los que surcan este territorio.

La amplia colección de canecillos que sustentan los aleros del tejado representa una amplia diversidad de temas. Además de los comunes de carácter naturalístico, destacan otros con connotaciones lujuriosas más o menos explícitas, al igual que en Crespos. También la gula, con la conocida representación del hombre con un tonel, tiene aquí un buen ejemplo.

La iglesia de San Miguel está construida a los pies de un interesante castro, en una prolongación de sus propios accesos, lo que una vez, más nos pone sobre la pista del origen del poblamiento y de la ordenación territorial más remota de cuantas tenemos constancia.

El valle recibe el nombre de su capital: Manzanedo. Es un pueblo desplazado levemente de la actual carretera que articula el valle. Su caserío está apretado alrededor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción que, como en la mayor parte de los templos comarcales, ha sufrido numerosas alteraciones que han desfigurado su fábrica inicial.

Desde Manzanedo, aguas abajo del río, se llega a las proximidades del monasterio de Santa María de Rioseco en un abrir y cerrar de ojos.  Antes incluso tendremos tiempo de visitar el sugerente eremitorio de San Pedro, horadado en las proximidades de la carretera.

No siendo este el objetivo de esta ruta, no se puede ignorar ambos recursos, tanto por su entidad como por su significancia.

Junto al monasterio en fase de rehabilitación, se toma el ramal que conduce a San Martín del Rojo. Allí, en su rústica portada, podemos observar el castigo por los pecados cometidos, otra de las constantes amenazas que surgen de los muros románicos. Y, en este sentido, la portada de la iglesia de San Martín del Rojo, un despoblado y bucólico lugar apartado del valle de Manzanedo, es sumamente expresiva. Aquí las imágenes valen más que las palabras. Es uno de los mejores ejemplos del valor de lo estrictamente simbólico.  Las deficiencias técnicas pasan a un segundo plano.

Estamos convencidos de que el Ebro impidió continuar aguas abajo a los viejos caminos. La estrechez de sus hoces lo haría imposible. Hoy, sin embargo, la carretera nos permite llegar a Incinillas. Allí espera la última iglesia románica de esta apasionante ruta.

Es el pequeño templo de San Justo y San Pastor, de Incinillas, en cuyo ábside encontramos diversos canecillos que muestran con rotundidad la potencia simbólica del arte románico. Aquí aparecen un rostro deforme (muy similar a otros vinculados al pecado de la lujuria) y  diversos músicos. Pero sobre todos ellos destaca una enigmática figura que sin duda representa a una mujer embarazada que nos pone en contacto directo con el culto a la feminidad, a la mujer, probablemente la primera y más universal Diosa de la humanidad (con mayúsculas) y una de las más singulares constantes representadas en el románico de Las Merindades.

El culto a la feminidad está ampliamente representado en las iglesias románicas de Las Merindades. Casi siempre en el exterior de los edificios y, en mayor medida, en los templos más antiguos, lo que no deja de tener cierta relevancia en relación con el concepto de sacralización de los ritos paganos, tan propio de los primeros momentos del cristianismo.

Y de este modo, con el simbolismo  como telón de fondo, regresamos a Villarcayo, donde comenzamos ante la Creación del Cosmos.

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