Las Merindades se configuran en una sucesión de valles en torno a los llanos cerealísticos en los que se localizan Medina de Pomar y Villarcayo, sus mayores núcleos de población y donde se encuentran la mayor parte de los servicios. Por esta razón, buena parte de las rutas que se proponen en visitalasmerindades.es comienzan en estas poblaciones sin perjuicio, por supuesto, de que se puedan iniciar en cualquiera de los lugares que se mencionan en sus descripciones.

De ruta por las tierras de frontera. Ruta II.

Para la presente propuesta, a la que llamamos Ruta II, Tierras de Frontera por sus connotaciones protohistóricas, Villarcayo es un buen punto de inicio.

Villarcayo no existía cuando estas tierras ejercían de frontera. No hablamos de una frontera administrativa, ajustada a derechos internacionales… ¡Nada más lejos de la realidad!  Hablamos de una frontera natural e incluso étnica. Una frontera en la que los ríos, y también las montañas, tuvieron gran importancia. Hablamos del límite entre los alcances de la presencia Autigrona y de la Cántabra de la Edad del Hierro y los restos que ambas dejaron para nuestro deleite y estudio. Comprender este planteamiento nos ha costado esfuerzo y nos ha dado gratas sorpresas.

Cuando el viajero avezado llega por primera vez a esta tierra, su orientación geográfica se vuelve confusa. A la amplitud de su extensión, se le añade la dificultad propiciada por su orografía. Es para volverse loco. Y sin embargo, los que nacimos, vivimos y trabajamos aquí, lo hemos interiorizado y comprendido. Los caminos, las carreteras y los pueblos tienen una razón de ser. Es el sentido que queremos dar a todos nuestros contenidos. Comenzamos.

Villarcayo. Sede del corregimiento de las Merindades desde 1562. Hasta esa fecha, el corregidor vivía en Medina de Pomar. Fue el doctor Mendizabal quien, en un largo proceso de recentralización del poder real, trasladó la sede a un lugar de su competencia.

Es a partir de esa fecha cuando Villarcayo entra de lleno en una historia que le otorga un aspecto un tanto burgués que mantuvo hasta mediados del siglo XX y del que aún se conservan buenos ejemplos.

Desde el centro de la villa, la ruta se inicia en dirección a Cigüenza por la BU-561. Aquí residió el ayuntamiento de la Merindad de Castilla la Vieja desde 1835 hasta  el 26 de noviembre de 1974, cuando se fusionó con el de Villarcayo.  El pueblo, separado en dos barrios por el río Nela, está presidido por la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, también conocida como de la Tabla.

En Cigüenza, la carretera se cruza con el abandonado ferrocarril Santander-Mediterráneo. A la salida del pueblo cruzaremos bajo uno de los muchos e imponentes puentes metálicos que fueron instalados para salvar el río Nela, que nos acompañará en esta primera parte de la ruta.

Al otro lado de Cigüenza, el paisaje cambia radicalmente. Abandonamos los llanos castellanos y nos introducimos de lleno en un paisaje completamente montano. Un quebrado e infranqueable  –durante siglos– valle que añade a sus valores medioambientales numerosos recursos patrimoniales.

En apenas unos minutos nos topamos con Tubilla, un pueblecito con una pequeña iglesia de trazas románicas sin excesiva significación. Varios caminos antiguos permiten pasear plácidamente por sus alrededores y comienzan a explicarnos parte de su historia.

Escanduso tiene parecidas características. Es el siguiente de los pueblos. Apenas una aldea. Y su iglesia también tiene trazas románicas. Poco definidas… Y una ventana que continúa explicándonos sus tiempos pretéritos.

Sin duda, nos llama la atención el paisaje, el trazado del ferrocarril, el silencio y la paz. En muchas ocasiones resulta verdaderamente difícil encontrarse con una persona.

La curviforme  carretera pugna por su espacio con el río. A veces ambos se lo ponen difícil. Imaginar el paisaje sin carretera no cuesta demasiado. Y la conclusión es evidente: estos lugares fueron inaccesibles. Por lo menos por aquí. Por eso nos gustan tanto los caminos; nos dan explicaciones. Leer el paisaje e interpretarlo es nuestra pasión. Desde visitalasmerindades.es les invitamos a continuar compartiéndola.

Y así, leyendo el paisaje, alcanzamos Escaño. Situado en una ladera que libera el escaso espacio de cultivo disponible a la vera del río. La iglesia de San Salvador sorprende por su aspecto y nos llama la atención. Es, sin duda, lo más representativo del pueblo.

En Escaño, abandonaremos la carretera precedente y nos desviaremos, por la derecha, en dirección a Salazar. Cruzamos el río y la plataforma del ferrocarril. Aún permanecen los restos de la pequeña estación del pueblo.

La pequeña vega, sustento agrícola de Escaño durante siglos, se extiende hacia las laderas de San Bartolomé del Portillo hacia el este. Allí, en el collado, en la ermita de San Bartolomé han hermanado tradicionalmente los pueblos de ambos lados del monte.

El que ahora es un camino sin importancia ni trascendencia alguna fue un paso fundamental a lo largo de la historia. En realidad, el único paso de importancia que permitía la comunicación entre las tierras de “allende la montaña” y los llanos de la antigua Autrigonia. En este punto confluyen numerosos caminos procedentes de uno y otro lado que el tiempo ha ido convirtiendo en estrechos senderos cuando no los ha cerrado y dado por olvidados.

La ermita de San Bartolomé, construida originariamente en el siglo XIII, ha sido testigo de ello hasta la construcción de la actual carretera de Cigüenza a Santelices. Ahora transita por allí el GR 1, el llamado Sendero Histórico, por una senda descuidada que lo conduce de Salazar a Sobrepeña.

Precisamente Salazar es nuestro próximo destino. Uno de los pueblos más conocidos de Las Merindades por su singularidad arquitectónica y su importancia histórica.

La carretera que desciende desde San Bartolomé llega a Salazar frente a una casa fuerte conocida popularmente como Las Torres. Es, ni más ni menos, la torre que la familia Salazar poseyó desde sus orígenes en la población y que, después de sufrir las consecuencias de las luchas banderizas contra los Velasco, fue reformada alrededor de 1630 por Simón Gómez Salazar, descendiente de los fundadores. Este personaje, residente en la corte y bien acomodado, inició un programa de construcciones en Salazar con el objeto de recuperar el papel preeminente del pueblo.

De ese modo, el 1 de septiembre de 1624, Simón Gómez Salazar contrató con Pedro de Sarabia el derribo de la vieja torre y la erección de una nueva y de mayor altura. El coste, de 650 ducados, incluía la construcción de una capilla en la parroquia de Santa María para colocar un Santo Cristo que había traído de Madrid y también la construcción de una capilla funeraria para la familia, lo que demostraba la lealtad de la familia hacia el pueblo.

Con las obras finalizadas, Salazar fue considerada, en 1672, una “casa de las más ilustres de la Montaña”.

En la actualidad, Salazar es una sucesión de casonas blasonadas que se alternan con otras de carácter tradicional que no carecen de interés.

Desde Salazar, una pista asfaltada conduce a Villanueva la Blanca a través de los ondulados campos de cultivo del norte de las llanuras de la merindad de Castilla la Vieja.

Al llegar, sorprende el sobrio y recio porte de la torre de la iglesia de San Pedro, una de las primeras obras de Juan de Naveda, arquitecto de la corte y reconocido constructor del norte peninsular. Entre otras obras, a él se debe parte de la cabecera del monasterio de Santa Clara, de Medina de Pomar o el claustro de Santa María de Rioseco.  Sin duda, el encargo de esta obra hubo de tener relación con el poderío económico de los vecinos que la financiaron, los Varona, los Ruiz Cachupín, los de la Peña…

Y precisamente, en Villanueva la Blanca se sigue perfectamente  el rastro de estas familias a través de los numerosos blasones que presiden las casonas y que es imprescindible visitar.

En Villanueva la Blanca, los edificios tardomedievales y renacentistas borraron la mayor parte de las huellas anteriores. Sin embargo, el buen observador aún puede observar restos de periodos más antiguos, como los de la ermita de San Andrés de la que aún se pueden observar algunos vanos ligeramente apuntados, posiblemente del siglo XIII. A pesar de que estos restos no son visitables, desde el punto de vista histórico tienen un valor indiscutible.

Algo parecido ocurre con los restos de la torre fuerte de los Rueda, absolutamente desmochada e ignorada que pasa desapercibida para cualquier visitante y sin embargo nos pone en antecedentes respecto al papel de esta localidad en la historia.

Apenas a dos kilómetros de Villanueva la Blanca se encuentra Torme. Como un guardián del camino, Torme se alza en la entrada al valle del Trema, como Cigüenza a la del Nela. Sus casas fuertes y su iglesia románica delatan similitudes con los pueblos del entorno.

Camino de Cornejo, nos topamos con el ramal que conduce a Butrera. Aquí se localiza una de las joyas románicas de las Merindades: la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua. Aunque su visita resulta difícil de concertar, la sola contemplación del exterior merece por sí sola la pena.

Apenas entrados en dicha merindad, nuestra propuesta nos obliga a desviarnos por un ramal que parte hacia la derecha siguiendo las indicaciones de Pereda/Bedón, abandonando de ese modo el valle del río Trema. Tanto un pueblo como el otro son especialmente singulares y explican buena parte del origen del poblamiento de las Merindades. Ambos son pequeños pueblos que apenas sobreviven al acoso de los bosques que los rodean. Son pueblos que conservan, en gran medida por abandono más que por capricho, los elementos más significativos de la arquitectura y los modos de vida de nuestros antepasados tal cual nuestros antepasados los dejaron. Ambos son, también, testimonio del devenir de los tiempos que forzaron su despoblamiento. Aún se conservan las escuelas de Pereda, a donde paradójicamente se desplazaban los niños de Butrera para estudiar sus primeras letras.

Bedón, importante nudo de caminos históricos, absolutamente olvidado en la actualidad, presenta un magnífico caserío del que sobresale la iglesia, ubicada en un singular y sugerente lugar que nos recuerda ubicaciones sagradas de épocas anteriores.

Una estrecha carretera local, en la que es imprescindible tener precaución, enlaza Bedón con Gayangos. Estas son las tripas de Las Merindades. El paisaje cambia por completo. Se abren los llanos de la Merindad de Montija donde sin duda son protagonistas las lagunas de Antuzanos, un atractivo conjunto lacustre con interés para los observadores de aves.

Gayangos, al pie del puerto de Bocos, fue un importante hito caminero que creció con los ingresos obtenidos del tránsito carreteros y comerciantes. Fondas y mesones se construyeron para dar servicio y repuestos a quienes tenían que afrontar las duras rampas del puerto.

Desde Gayangos, con rumbo norte, pronto llegaremos a Baranda de Montija, donde tomaremos un ramal con dirección a Espinosa de los Monteros. Faldeando la ladera de la Peña de Bedón, pasaremos por Cuestahedo y  Quintanahedo. Poco después se cruza el río Trueba y se llega al Albergue de la Juventud de Espinosa de los Monteros, enclavado en un marco natural excepcional.

Desde Espinosa de los Monteros, cuya visita requiere más tiempo del disponible para esta ruta, nos dirigiremos hacía la Merindad de Sotoscueva, caracterizada por el equilibrio de sus pueblos y el paisaje natural que los integra.

Camino de esta Merindad nos despide de la villa espinosiega la torre de los, situada estratégicamente para el control fiscal del territorio bajo su jurisdicción. Los Velasco establecieron una tupida red de torres y casas fuertes con el único objetivo de controlar los caminos en aquellos lugares en los que los pasos naturales los hacían de obligado paso: vados, collados, desfiladeros, puertos…

Más allá, apenas pasado el paso a nivel del ferrocarril de La Robla a Bilbao, el mítico Hullero, comienza el valle y la merindad de Sotoscueva. Se trata de un valle longitudinal definido fundamentalmente, por los cantiles rocosos de las llamadas Siete Hermanas hacia el sur, y las lomas de los montes del Somo por el norte. Todo ello es el resultado de una inverosímil e impresionante evolución geológica que no es el momento de explicar.

Al norte de la carretera se extienden los pueblos de la llamada Sonsierra, uno de los partidos en los que se dividía tradicionalmente este municipio. Son pueblos relativamente dispersos, desarrollados a partir de los caminos que les han unido históricamente, rodeados de robles, castaños y prados de diente y siega con connotaciones cántabras. Santa Olalla, Para, Redondo, El Rebollar… Por ellos discurren algunos de los senderos del espacio natural de Ojo Guareña y también el Camino Olvidado de Santiago.

En Quintanilla del Rebollar, uno de los pueblos más interesantes del valle desde el punto de vista de la arquitectura conviven casonas blasonadas con fachadas balconadas de buena sillería.  Y también se halla la casa del parque del citado espacio natural.

Quisicedo, lugar relevante del valle, cuenta con una iglesia románica y una torre medieval que delatan lo estratégico de su localización. Diversas casonas indianas y la tradicional arquitectura sotoscuevense/montañesa configuran un pueblo del que parten también algunas ruta a pie vinculadas al parque natural.

Ojo Guareña late en todo el valle. De hecho es el nombre de la cueva que le da nombre: Sotoscueva. La visita guiada a la cueva de Palomera, una de las principales del complejo cárstico de Ojo Guareña, nos permite introducirnos en el mundo de la aventura espeleológica. Hacerlo en una de las mayores cuevas del mundo no nos dejará indiferentes.

El corazón de Sotoscueva es la ermita de San Tirso y San Bernabé, uno de los lugares más fotografiados de la Península Ibérica y que recibe una secular y multitudinaria romería durante el mes de junio. Las pinturas de los techos de este lugar de culto relatan los milagros de amos santos y son uno de sus mayores atractivos.

Desde el alto de la Concha, sobre la ermita,  se pueden observar las tierras sobre las que los romanos se batieron con las tribus cántabras que habitaban los castros dominantes. Una fase apasionante de la historia de las Merindades que habría de condicionar buena parte de su futuro.

La ruta que proponemos continúa en dirección al alto de Retuerta, un buen mirador sobre la merindad y desde donde, precisamente, en primer plano se alza uno de estos castros a los que nos referíamos, el de la Mesa de Cornejo. Al oeste se localiza Peña Dulla y el Paño, lugares asociados por la arqueología a las guerras cántabras.

Desde el alto de Retuerta nuestro camino nos lleva hasta Ahedo de Linares, un sugerente pueblo situado en un entorno privilegiado con sugerentes construcciones de carácter tradicional que nos ponen en contacto con un modo de vida que se mantuvo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

Después de pasar por la pequeña aldea de Cogullos  llegaremos a Quintanilla Valdebodres, otro pueblo con encanto. Quintanilla recoge las aguas de los canales de Dulla. De hecho, el sonido del agua es el mantra del pueblo. De una surgencia, que los vecinos llaman Pozo del Infierno y que está situada en su parte alta, sale la que movió el molino harinero situado en el centro del pueblo. 

Quintanilla Valdebodres es un óptimo punto de partida para varias rutas de senderismo. No en vano, este pueblo es transitado por el GR 1 desde que su recorrido fuera trazado, hace varias décadas. Precisamente por medio de este sendero de gran recorrido podemos introducirnos en uno de los parajes más asombrosos de las Merindades: los canales de Dulla, donde el espectáculo de la naturaleza se fusiona con diferentes huellas que el hombre ha sido dejando en ella.

Apenas a un kilómetro de Quintanilla se localiza, en época de lluvias o deshielo, la cascada de La Mea. Un sencillo y cómodo sendero permite la aproximación de apenas unos centenares de metros hasta el salto.

Puentedey es el siguiente hito de la ruta.

Desde Puentedey iniciamos el regreso hacia Villarcayo. Lo hacemos por Brizuela, pueblo que conserva restos de un curioso románico en su ermita de San Cristóbal. Su caserío, que se alza sobre las riberas del río Nela y frente a un potente castro cántabro de la Edad del Hierro, cuenta con interesantes restos del Ferrocarril Santander-Mediterráneo.

Y precisamente de este ferrocarril el valle del río Nela nos depara numerosas vistas panorámicas con diversos puentes metálicos y un trazado maravilloso que nunca debió ser desmantelado.  Junto a la vía y al río, la ruta regresa a Escaño, junto a la iglesia de San Salvador que ya conocimos al comienzo de la misma.

El regreso a Villarcayo nos resultará conocido…

 

Estas son las tierras que señalaron la frontera entre Cantabria y Autrigonia en una época que tan lejana que nos parece irreal.

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