Alto valle del Nela y Engaña

Villarcayo y Valdeporres

El corredor del río Nela, aguas arriba de Villarcayo, pone en relación dos realidades completamente diferentes de Las Merindades. Por un lado, los llanos cerealísticos del centro de la comarca y por otro las estribaciones más orientales de la cordillera cantábrica.

Por medio un paisaje quebrado, con abundantes roquedos sobrevolados por rapaces…., y poblado por densos bosques de encina y roble que se suceden uno detrás de otro sin apenas espacio entre ellos.

Una sucesión de pequeñísimos pueblos, Ciguenza, Tubilla, Escanduso, Escaño, Brizuela, Puentedey, Quintanabaldo, Santelices, Pedrosa, San Martín de Porres y Rozas muestran los rasgos más característicos de estas tierras del norte burgalés.

La arquitectura románica tiene su máxima expresión en la iglesia de San Salvador, en Escaño. Su lápida consagratoria la sitúa en los primeros momentos del románico burgalés. También Tubilla y Escanduso presentan elementos románicos. El de esta última localidad pasa por ser uno de los templos más diminutos de Europa.

El río Nela, el mayor afluente del Ebro de la provincia de Burgos, se encaja en un valle del que, sin duda es su mayor protagonista. En Escaño, un puente remite cruzarlo para acceder a las pequeñas aldeas de Nela, Sobrepeña y Quintanilla de Valdebodres donde llama poderosamente la atención la singularidad de su arquitectura. Es como si el tiempo se hubiera detenido hace siglos.

Brizuela, Nela, Sobrepeña, Puentedey…, son todos ellos pueblos surgidos a la sombra de una serie de asentamientos castrales Cántabros de grandes dimensiones, el castro de Brizuela y el de La Maza de Bezana, fundamentalmente.

El río Nela, poco más arriba, abandonó un antiguo meandro y se empeñó en horadar el que hoy en día es uno de los más sugerentes atractivos regionales: un imponente puente natural que, a la postre, dio nombre al pueblo que se asentó sobre él: Puentedey. Pasear bajo la inmensa bóveda calcárea es una experiencia sorprendente.

Aguas arriba, el valle se estrecha por momentos y el río se encaja dejando espacio justo para la carretera y el mítico ferrocarril Santander-Mediterráneo, cuyos restos (puentes, balasto y túneles) mantienen fugazmente viva la esperanza de los lugareños de volver a ver pasar algún día un tren.

En Quintanabaldo, junto a la carretera, aún se conservan los restos de una pequeña estación. Desde este ribereño pueblo, por medio del GR 85 se puede acceder en alrededor de una hora de cómoda y atractiva caminata, a Villabáscones de Bezana, en cuyas inmediaciones se localiza el paraje y la cascada de Las Pisas.

Las mayores infraestructuras del citado ferrocarril van apareciendo según avanza la carretera: muros, trincheras, el viaducto de Santelices… Y así se llega a Santelices, un núcleo que, junto con Pedrosa de Valdeporres ocupa el ensanchamiento producido por la confluencia de los ríos Nela y Engaña. En este último pueblo radica la sede del ayuntamiento de Valdeporres. El paseo por el lugar es placentero.

El río Nela asciende hacia sus fuentes, en lo más profundo de la montaña, aguas arriba de los extraordinariamente singulares  Busnela y Ahedo de las Pueblas, donde La Senda de los Ahidíos se adentra en un fantástico y umbrío bosque de hayas.

Pero la ruta toma rumbo al poblado fantasma de la Engaña, construido para albergar a los trabajadores de habrían de trabajar en el fastuosos túnel de la Engaña, una de las obras ferroviarias más importantes de la obra pública española y totalmente abandonado. El paisaje cambia con rotundidad. Cambian los pueblos, con una arquitectura de carácter montañés muy atractiva y cambia la vegetación. Atrás quedan encinas y robles. ¡Es la hora de las hayas y los abedules! ¡Es la montaña!

San Martín de Porres, Rozas y… La Engaña.

La Engaña tiene el aspecto de los paisajes desolados después de una batalla. Quizá por eso este lugar resulta atractivo. Aunque aquí nunca hubo una batalla que no fuera la entablada entre los hombres y la montaña que horadaban.

Casi siete kilómetros más allá, la boca norte del que fuera túnel ferroviario más largo de España durante muchas décadas desemboca en la vecina Cantabria. Y un poco más allá, el trazado no pudo afrontar el siguiente reto y acabó junto con el sueño de quienes apostaron por unir la meseta con el puerto de Santander a través de estas grandísimas montañas.

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