Los romanos eligieron los 1.139 metros de altitud del La Muela (en Villamartín de Sotoscueva) para instalar uno de sus campamentos. Rodeado de vertiginosos cantiles rocosos, este emplazamiento tiene comunicación visual con otros campamentos localizados ya en tierras cántabras. Sin embargo lo que realmente hace de éste un lugar de importancia para la historia es la cantidad y calidad de materiales obtenidos en sus excavaciones arqueológicas y que lo sitúan en el contexto de las Guerras Cántabras.

Frente a frente:

Cántabros frente a Roma.

El panorama poblacional y territorial de la Edad del Hierro, principalmente pastoril, con una agricultura dependiente y marginal, explica que a Roma estuviese a punto de costarle la muerte de su emperador la conquista de las montañas cantábricas. A sus ojos, gentes urbanas mediterráneas, los montañeses eran hijos de la barbarie. La realidad era, sin embargo, que los romanos no estaban dispuestos a asumir la incoherencia de aplicar su modelo territorial, económico y cultural, en un medio montano, habitado principalmente por silvoganaderos serranos que apenas eran capaces de hacer dos surcos sin torcerse.

Roma murió empeñada en articular el territorio en torno a las civitates, que debían estructurar las haciendas esclavistas rurales (villae), las alquerías o caseríos: casas de campo con labranza y granja (vici), las barriadas rurales o aldeas campesinas (pagi), los castros (castra) (castros) y los grandes castros (oppida); y en bajar a los montañeses a llanos y valles, clasificándolos como gentilitates locales, populi comarcales, y gentis regionales. Por eso les costó tanto la conquista y control del territorio. De hecho, hasta finales del siglo I d.C., los pueblos montañeses cantábricos del norte peninsular no estuvieron totalmente controlados por Roma desde un punto de vista militar. Hay quien mantiene que nunca lo llegaron a estar del todo.

La precipitación, y no pocas ansias de gloria, llevaron al emperador Octavio Augusto a cerrar las puertas del templo romano de Jano Quirino antes de tiempo. Hartizo ya de tanta bronca con los cantabris barbarisque omnibus, declaró la llegada de la pax antes de tiempo, pues se produjeron varios levantamientos indígenas con posterioridad. Y es que Augusto, ya desde jovencito, tenía cierta tendencia a la precipitación. No sólo a la hora de declarar finalizados los conflictos, sino porque, en más de una ocasión, cuando llegaba la hora de entrar en batalla se ponía misteriosamente enfermo y tiraba para casa. Le ocurrió en las guerras cántabras. Una tradición oral sitúa el episodio en la Engaña. En Roma llegó a correr el rumor de que el Emperador había muerto.

Durante el periodo de control militar, es seguro que hubieron de haber en Las Merindades castra (campamentos militares de campaña) y turris de control y vigilancia asociadas a ellos. Sabemos del castrum de La Muela, de unas 2 hectáreas, como para una cohorte, relacionado con los últimos coletazos de las guerras cántabras. Por cierto, a los soldados romanos de este castrum es posible que les atacaran los aborígenes del castro cántabro del Cerro de la Maza (Valdeporres), porque los restos arqueológicos parecen indicar que los conquistadores tuvieron que abandonarlo apresuradamente en medio de la batalla. El episodio se inscribe, sin duda, en la rebelión cántabra que tuvo que sofocar Agripa en la campaña del 20-19 a.C., cuando el territorio se daba ya por conquistado. Pero, sabido es que cantaber non ante domabilis.

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