El Protocondado Castellano

Una vez que los musulmanes se habían retirado del territorio el año 741, posicionándose incluso al sur del Sistema Central el año 754, y que los asturianos se replegaron en el año 768, Las Merindades serán nuevamente independientes de centros de poder externos hasta mediado el siglo IX. Como siempre, el desamparo e inseguridad que produce en el campesinado la ausencia de un poder centralizado, da con ellos, al no haber otra alternativa, en las manos de las jefaturas ganaderas comarcanas, que son capaces de transformar al bucólico pastorcillo a su servicio, en un soldado, con un simple silbido. Porque, nuevamente, carecían Las Merindades de propietarios de grandes fundi esclavistas, aristocracias urbanas, funcionariado administrativo o tropas; es decir, no había Estado, poder político centralizado.

Es en este período en el que debemos situar la expansión de la pequeña explotación agropecuaria familiar, que se convertirá en el motor del desarrollo económico y demográfico de la Castilla protocondal. En general, se trata de una fuerza productiva que combina una agricultura itinerante de roza (tala y quema) con el pastoreo (aprovechamiento para pasto de las fincas que han agotado su productividad agraria).

El despegue de lo agropecuario fue posible por el mutualismo que se estableció entre el campesinado libre, ahora propietario de pleno derecho, y los dueños de los rebaños, los silvoganaderos tradicionales dedicados a la ganadería extensiva semitrashumante, que pasaron en estos momentos a ejercer jefaturas a tiempo completo tras poner a su servicio a una clientela de gasalianes que cuidaban de los rebaños (gasalianes es un término “castizo” de los cartularios de Valpuesta, aparece en unos cinco documentos, incluido el primero del año 804, viniendo a significar algo así como compañeros, compadres, colegas). El pacto, como tras la caída de Roma, fue desigual pero conveniente: protección y seguridad, a cambio de alimentos. Y, ciertamente, funcionó.

A finales del siglo VIII, la mano de obra sobrante no encuentra cenobio con celda libre, ni cueva vacía en la que declararse eremita, y mira allende el Ebro, con la intención de dar el salto en cuanto se despisten los sarracenos y sus colaboradores hispanomusulmanes. Porque sólo la Iglesia, vinculada al poder asturiano, acabará contando con la legitimidad exigida como para desarrollar presuras. Ésta  y no otra es la causa de que a partir del año 791 se sucedieran un sin fin de aceifas contra Alaba wa-l-Qilā: la presión demográfica empuja a las gentes a buscar nuevas tierras, en ocasiones hacia territorio musulmán.

Eremitas de Las Merindades

Al-Qilā abarcaba el piedemonte meridional situado entre Amaya y Álava, limitando por el norte con la marca fronteriza que los asturianos habían establecido para su reino, en las peñas que miran al mar hasta Carranza y Sopuerta. El pacto tácito había consistido en dejar ese espacio, Bardulies para los neogodos y al-Qilā para los musulmanes, al que éstos sumaban también a Alaba al ser el Ebro su mojón en esa zona, como amplio limes fronterizo entre ambos poderes. No obstante, el desarrollo económico y demográfico de la zona, estaba encorsetando a su población, que necesitaba de nuevas tierras de cultivo y pasto. Las presuras eclesiales de comienzos del siglo IX en Mena, Montija y Valpuesta (recuerden la Flaviobriga-Uxama Barca), nos hablan de ello.

El conde Rodrigo aparece como comite in Castella en la documentación del entorno castellano a partir del año 860. Pero la calendación de estos diplomas no está exenta de dudas. De hecho, la mayoría están falsificados. Además, si Rodrigo fue comite in Castella para esas fechas, tuvo que haber sido nombrado por Ordoño I antes de morir en el año 865, pero es un hecho que los cronistas asturianos aún no utilizan el término “Castella”. En el 843, seguían denominando “Barduliensem provintiam” a lo que en San Andrés de Aja ya se llamó “Castella” en el año 836. La Crónica Albeldense, escrita en el año 881, con un par de añadidos en los años 882 y 883, ya utiliza siempre el nativo “Castella”. Y en el año 884 la Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones Rotense y Ad Sebastianum, se rinde ante los hechos, repitiendo algo que ya había recogido la Albeldense: “Bardulies qui nunc uocitatur Castella”.

Sea como fuere, la documentación del año 860 refiere que Rodrigo conquista Amaya y lanza un ataque que llega hasta Talamanca. Es posible que en una fecha poco clara entorno al año 862/867 participara en la reconstrucción de la civitas de Lara junto a un tal Gundisalvus. En el año 866, aparece sometiendo la costa asturiana, en un episodio de apoyo al exiliado Alfonso III relacionado con los problemas de sucesión al trono de su padre. Y en el año 867 lo encontramos confirmando un diploma junto al rey Alfonso III. La última vez que se  le menciona en la documentación es en el año 873.

Parecían preocuparle más los problemas domésticos del reino asturiano que las arremetidas de los musulmanes contra Alaba wa-l-Qilā, pues el año 866, cuando andaba en los asuntos de peñas al mar, se produjo una aceifa que pudo afectar a Mena, si es que el “Mano” de las fuentes árabes se refiere a nuestro valle.

Sea quien sea este Rodrigo, y ocupara el cargo que ocupara, por las misiones que le fueron encomendadas por los monarcas, o era de la familia real, o de su círculo más próximo. Quizá perteneciese a la familia de la segunda esposa de Ramiro I, padre de Ordoño I. En cualquier caso, no debemos olvidar que el título condal no estaba vinculado a un territorio sino a la persona. Es decir, que Castilla ya era Castella, con o sin Rodrigo, gracias a los castellani y sus castellos.

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