Molinos de Las Merindades

El sustento de un pueblo

La presencia de molinos que aprovecharan energéticamente las corrientes de agua y completaran la estructura productiva del agro frumentario castellano constituyó durante siglos un aspecto fundamental en la actividad económica y social del ámbito rural. Su existencia supuso la consolidación de un modelo económico basado en el cultivo de cereal panificable cuya molienda resultaba de vital importancia para transformar el grano en la harina que habría de servir para cocer el pan.

Desde el punto de vista tecnológico, su maquinaria, aunque precaria, significó, en muchas ocasiones y durante largo tiempo, la única manifestación de mecanización en un entorno en que el progreso se abría paso con dificultad.

Históricamente, hay que remontarse a los programas repobladores de los siglos VIII y IX para encontrar en los valles del Alto Ebro las primeras experiencias molineras, atribuidas, por otro lado, a temerarias iniciativas eremíticas y monásticas, cuyos titulares corrían el permanente riesgo de sufrir los efectos de una razia o una incursión musulmana.

En el espacio físico que nos ocupa, la vanguardia repobladora se produjo inicialmente en los valles de Mena, Losa, Valdegobía y Tobalina, y corrió a cargo de fundaciones monásticas, establecidas al amparo de la Monarquía. La fórmula jurídica empleada para su desenvolvimiento económico se basaba en un derecho de pressura que otorgaba la propiedad de las tierras a quienes eran capaces de roturarlas y explotarlas en beneficio propio.

El hecho de que el sostenimiento económico de aquellos primeros elementos se encomendara al cultivo primordial del cereal panificable condujo a la necesaria edificación de molinos hidráulicos para molturar el grano.

Son frecuentes las menciones documentales que constatan el fomento de este tipo de construcciones. Del año 790 es la donación que efectúa el abad Quelino a su monasterio de Cillaperlata, de ciertas posesiones que comprenden, entre otras, tres molinos en Tobera. En el año 800, la carta fundacional de San Emeterio y San Celedonio de Taranco y San Esteban de Burceña, en territorio de Mena, otorgada al abad Vítulo, hace constar como “hedeficavimus” y “favricavimus molinos”.

Por su parte, el acta fundacional del monasterio de Valpuesta que redacta el obispo Juan en 804 hace mención a “suos molinos in flumine Flumenzillo”. De igual forma, en el 822 se documenta la concesión de unas heredades al monasterio de San Román de Tobillas por parte de su fundador, el abad Avito, entre las que se hayan “molinos et suas ferragines”. Asimismo, hacia el año 872, con la fundación de San Martín de Losa, el abad Paulo, cita la existencia de “VII molinos iuxta nostra casa”, así como “II molinos sub casa in rivo maior”.

Con el tiempo, aquellas primigenias “células de colonización agraria” atrajeron a nuevos pobladores, los cuales, venidos de las montañas cantábricas y acuciados por la presión demográfica, ampliaron la dimensión de los asentamientos y su radio de establecimiento.

Poco a poco, se articuló una sociedad rural que, necesariamente, se organizó formando concejos que defendían su creciente autonomía en virtud de fueros y franquicias otorgados por la autoridad real. El carácter colectivo de aquellas comunidades condujo a éstas a dotarse de equipamientos productivos, como son los molinos, para completar su actividad agraria.

En consecuencia, el aprovechamiento de los molinos concejiles implicó el desarrollo de unos mecanismos de repartición, tan proverbiales como exhaustivos, ya que asignaban a cada vecino, en función de la capacidad productiva del molino en cuestión, una fracción de tiempo dedicada a moler y que podía recibir el nombre de turno, hora, suerte o adra, según el lugar. La consolidación del
uso y la costumbre convirtió a estas unidades de tiempo y molienda en elementos patrimoniales que podían ser transmitidos, donados o enajenados como cualquier bien material.

Finalmente, los molinos acabaron convirtiéndose en propiedades codiciadas por quienes ostentaban el dominio señorial, ya fuese eclesiástico, ejercido principalmente por los monasterios y los cabildos parroquiales; o aristocrático, representado por figuras de alcurnia nobiliaria o personas pudientes del entorno más próximo. Así, de los primeros, cabría señalar al convento de Santa Clara de Medina de Pomar o el Real Monasterio de Santa María de Rioseco; y entre los segundos, podríamos destacar a Don Lope María de Porres, vecino de renombre de la villa de Espinosa de los Monteros, del que podemos decir que era dueño del molino de cuatro ruedas que había sobre el río Jerea en términos de La Orden de Tobalina.

Por todo ello, no fueron pocos los molinos que, a lo largo del tiempo, sufrieron usurpaciones o fueron objeto de enconadas disputas y pleitos. A fin de cuentas, los molinos eran equipamientos con los que podía establecerse un control expreso de las actividades rurales, además de obtenerse importantes ingresos, provenientes de las consabidas maquilas.

Estas circunstancias no evitaron que, con el paso del tiempo, se levantasen un sinnúmero de molinos a lo largo y ancho de Las Merindades, aprovechando la multitud de arroyos, regazos y ríos que surcan su territorio. Tanto es así, que en el dieciocho, el siglo de oro de los molinos hidráulicos, era francamente difícil no encontrar población, con independencia de su tamaño, que no contara con un artefacto molinero si por su término discurría una corriente de agua, por esporádica y efímera que fuera.

Las cifras no ocultan la magnitud del fenómeno molinar. A tenor de la información contenida en el Catastro de Ensenada, era cerca de medio millar la cifra de molinos repartidos por la comarca, los cuales equivalían a más de quinientas ruedas ejerciendo su actividad, bien a lo largo de todo el año, o bien, a tiempo parcial, en función de diversos condicionantes. En este sentido, ha sido posible identificar desde artefactos que actuaban de continuo, a molinos de “ymbierno” que apenas molían unos días aprovechando los deshielos y las
fuentes estacionales, como sucedía con cierto molino de San Martín de Don, propio de los beneficiados de esta villa.

Evidentemente, las principales concentraciones de molinos se encontraban sobre cauces permanentes de agua, aunque evitando, en la medida de lo posible, aquellos ríos con predisposición física para desbordarse como sucedía en muchas villas o lugares en relación con el Ebro. Buenos ejemplos de este tipo de agrupaciones podían localizarse en lugares como Herrán, sobre el río Purón; o en Frías, a orillas del Ranera, por citar alguno.

En suma, la molienda era una labor esencialmente estacional que dependía de las condiciones climatológicas, las cuales incidían  implacablemente tanto en las cosechas como en el nivel hídrico de los ríos y arroyos. Por ello, tan perjudiciales podían ser las sequías como los excesos de agua, ya que éstos podían ocasionar gravosas avenidas que colapsaban las instalaciones. En un intento por  corregir tales extremos, y garantizar que un molino estuviera “corriente y moliente”, se buscaban los sitios más idóneos y se acometían las infraestructuras más adecuadas (calces, balsas, presas, camaraos, etc.).

En relación con la estructura de los molinos, la pieza fundamental que daba sentido al ingenio lo constituía el rodezno, la rueda motriz activada por el agua y que daba nombre al tipo de molino generalizado en Las Merindades.

Básicamente, la estructura de los molinos de rodezno se articulaba en tres partes: el calce, que canalizaba el agua desde la toma de aguas hasta el propio bastimento; el cárcavo, que alojaba al rodezno; y por último, la sala de molienda, situada sobre la citada bóveda, que albergaba las muelas del molino.

El calce o caz era el canal artificial que tomaba el agua del río o, dependiendo del caso, el propio arroyo que aportaba su cauce. En cualquier caso, a escasos metros de la edificación, el calce debía presentar una caída lo suficientemente pronunciada como para proyectar el agua a través de unos sifones o saetines con la fuerza necesaria para hacer girar el rodezno.

El rodezno venía a ser una rueda, inicialmente de madera y luego de hierro, dotada de álabes acomodados en su interior para que el chorro de agua activase su movimiento con eficacia. Instalado horizontalmente en el lecho del cárcavo, el rodezno transmitía a través de un eje, espada o palahierro, el necesario movimiento de rotación que hacía girar a la rueda volandera situada en la expresada sala de molturación.

Esta sala era la estancia que contenía al sistema de alimentación y transformación del grano. Presidiendo el habitáculo estaba el poyo sobre el que descansaban las dos ruedas molineras: la inferior, llamada yusera o solera, que permanecía siempre fija; y la superior o volandera que rotaba sobre la anterior.

Ambas piedras son las responsables directas de transformar en harina los granos cuando éstos penetran por el ojo de la piedra volandera, caen sobre la solera y se cuelan entre ambas hacia su periferia merced a la fuerza centrífuga, procediendo de esta forma a su molturación por la fricción que ejercen entre sí.

Así, a medida que va rebosándose el espacio existente entre ambas muelas, la harina y la cascarilla del grano se desplazan hacia los bordes a través de las estrías y ranuras practicadas en las piedras, hasta caer, a través de una piquera, a una artesa de madera en la que se deposita el producto. De éste, aún tendrá el labrador que separar, mediante un cedazo, la harina del salvado.

Por lo demás, la molienda fue siempre una actividad subsidiaria, eminentemente familiar, cuyo oficio se transmitía de padres a hijos, en particular, cuando el molino era concejil y los vecinos debían ajustarse a las suertes o adras establecidas al efecto. Por ello, era en los molinos que se llevaban en renta en los que el oficio de molinero alcanzaba mayor notoriedad. Tanta, que cuando el molinero fallecía, era la mujer quien adquiría su condición en el mismo plano de igualdad que su marido.

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