Los bereberes

Los musulmanes tardaron cuatro días en poner patas arriba el Estado germano. El poder musulmán permaneció en Las Merindades casi treinta años, más o menos del año 714 al 741. Pero entre la población foránea que se asentó en esta comarca durante este período de tiempo, los árabes musulmanes encargados de los cargos administrativos fueron una minoría. El gran contingente de población recién llegada estaba constituido por beréberes norteafricanos, en muchos casos ni arabo-parlantes ni siquiera musulmanes, que pese a adoptar la onomástica árabe nunca renunciaron a su identidad tribal. La gran mayoría hablaban, además de la lengua beréber, su peculiar latín romanceado (al-lisān al-latīnī al-ifrīqī), comprensible para la población autóctona. Fueron ellos, y no los árabes, quienes echaron raíces en nuestro territorio. La toponimia lo certifica.

Hay que tener en cuenta que el norte de África fue una zona muy romanizada y latinizada. También la incidencia de la cultura bizantina fue enorme. A finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, los advenedizos eran, precisamente, los islamitas árabes, que tardaron mucho tiempo en islamizar y arabizar a la población. En este sentido, no ha de extrañar que al sur de Túnez haya una comarca, muy latinizada, que se ha llamado hasta época moderna Qastīlya, con capital en Madīnat Qastīlya. El topónimo proviene de la gran cantidad de aldeas fortificadas de la zona, fenómeno que remite, desde un punto de vista lingüístico, aquí y en Túnez, al latín “castella”, si bien su traslación al latín vulgar y al romance haya sido diferente, evidentemente, aquí y allí.

Por tanto, es posible que los beréberes utilizaran en Las Merindades “Qastīlya” como corónimo, a comienzos del siglo VIII, cuando se dieron de bruces con la palpable realidad de nuestros castella. Pero la aparición posterior del “Castella” de las fuentes altomedievales podría relacionarse con otro fenómeno. Efectivamente, los árabes tenían la costumbre de nominar los lugares que iban conquistando añadiéndole al topónimo nativo la terminación –a, que denota colectivo. De hecho, es muy posible que esto mismo ocurriera en Túnez con “Qastīlya”. Mediante este procedimiento, al que a veces se añadían pequeños cambios fonéticos impuestos por la pronunciación árabe, trasladaban la locución indígena a su lengua. Según esto, si los nativos de Las Merindades venían utilizando en su sermo rusticuscastello/castellos” para hacer referencia a la estructura habitacional que articulaba su territorio, es muy posible que la arabización del término diese algo parecido al topónimo “Qastēlla”. Y si todavía usaban algo más cercano a “castellu/castellus” (vulgarización masculinizada del culto neutro “castellum/castella”), el efecto sería el mismo.

Sea “Qastīlya”, o sea “Qastēlla”, que etimológicamente vienen a ser lo mismo, ambos de origen remoto en el proto-étimo “castella”, lo que sí parece claro es que todos acabaron llamando “Madīnat” a Medina de Pomar. No falta quien la ha considerado la capital de la naciente Castella: la Madīnat Qaštēla de Las Merindades. Ciertamente, no existe en Las Merindades otro núcleo urbano de tan larga y antigua historia que se pueda relacionar con el origen de Castilla. Además, hay que tener en cuenta que para los árabes una madīna es un enclave administrativo desde el que se controla y estructura un territorio mediante un ‘āmil. El ‘āmil es un gobernador, delegado del poder central, que ejerce funciones fiscales y militares.

En cualquier caso, no debemos olvidar que la voz “castella”, raíz común de los términos anteriormente analizados, significó, en la Hispania tardoantigua, algo así como “pequeños castros habitacionales rurales”. En Las Merindades, fue indicativo de la vuelta de la gente, coincidiendo con la caída del Imperio Romano, a la protección de los hábitats agrestes, parapetados sobre altozanos, tras peñas y riscos; es decir, una referencia a  las aldeas encastradas de media altura, ya sean aldeas castrales, protegidas por murallas, o aldeas enriscadas, protegidas por cortados y peñas.

Estos castella, quizá ligüísticamente todavía “castellus” o ya “castellos”, se habrían convertido con la estancia en Las Merindades de beréberes y  árabes en un topónimo, bien por remitir a una realidad habitacional similar en el norte de África, o porque los nativos tenían en boca el étimo “castellu-us/castello-os”. Aún mejor, por ambas cosas: es posible que muchos de los que contribuyeron a arabizar el étimo nativo “castellu-us/castello-os”, para convertirlo en el topónimo “Qastēlla/Castella”, pronunciaran el corónimo “Qastīlya” a la perfección en su al-lisān al-latīnī al-ifrīqī. Confluyen en “Castella”, por tanto, el proto-étimo “castella”, el étimo “castellu-us/castello-os”, el corónimo beréber “Qastīlya” y el topónimo árabe “Qastēlla”. Así, entre una gran mayoría de castellani, un buen número de beréberes latinizados, y algunos arabo-parlantes, parieron la voz que muchos años después comenzaron a recoger las fuentes castellanas, para referirse a unas tierras en las que los en esos momentos llamados “castellus/castellos” y antiguamente “castella” seguían articulando el territorio, pues eran la forma típica de habitación entre los paisanos de nuestra comarca.

Sin embargo, las fuentes árabes que se refieren a las incursiones que a partir del año 791 comienzan a protagonizar los ejércitos musulmanes, atravesando la marca fronteriza que había establecido el Estado islámico con el reino asturiano, denominan al territorio castellano “al-Qilā” (Los Castillos). Los cronistas utilizaron la traducción, es decir, “al-Qilā”, y no “Qastēlla/Castella”, porque en árabe “Qastēlla/Castella” es un extranjerismo. Los escribas saben que ni “castellus/castellos”, ni “Castella”, ni “Qastīlya”, ni “Qastēlla”, son palabras árabes. Están contando en su lengua y para su gente algo ocurrido mucho tiempo atrás, a veces siglos. Una cosa es pronunciar en árabe un étimo nativo y utilizarlo como topónimo mientras convives con los indígenas, y otra comunicarte con los tuyos a mucha distancia espacial y temporal de étimo, topónimo e indígena. Es exactamente lo que hizo un cronista tunecino del siglo XII cuando llamó a la Qastīlya de su país “al-Qusūr” (Los Alcázares).

Tan sencillo como esto es la aparición en la documentación de “al-Qilā”/”Los Castillos” (“castella-castellus/castellos”). Estos cronistas entendieron, en uno y otro caso, que las palabras árabes que mejor traducían “Qastēlla” y “Qastīlya”, para que las comprendieran adecuadamente otros árabes, eran “al-Qilā” y “al-Qusūr” respectivamente. Fue su mentalidad arabófona la que relacionó la forma habitacional tipo castella con sus fortificaciones tipo q al ‘a (castillo) y tipo qasr (alcázar) como una forma de encontrar una traducción toponímica plenamente significativa para un árabe.

Durante los casi treinta años que duró el control de estas tierras por parte del poder musulmán, los paisanos se vieron liberados del régimen semiesclavista en que se había convertido el modo de producción tardovisigodo. De principio a fin los germanos mantuvieron una concepción patrimonialista de gentes, territorio y estructuras estatales. La antigua Hispania nuca dejó de ser su “pastel”. A diferencia de los toledanos, que a última hora eran dueños hasta del aire que se respiraba, el sistema tributario-mercantil de los musulmanes alivió la situación. Además, rebajaban un buen pellizco al que se convertía a su fe. Porque a sus ojos, los católicos eran politeístas, pues hablaban de un Dios que eran tres personas. Y claro, ante la rebajilla, y que uno es más fácil que tres en uno, algunos paisanos se volvieron tornadizos y abrazaron el Islam, convirtiéndose en muladíes durante el período de dominio musulmán. Por eso gran parte de la red parroquial que tejieron los godos se fue viniendo abajo ella solita, como constata el hecho de que la basílica de Santa María de Mijangos se hundiera hacia mediados del siglo VIII, sin que desde la arqueología podamos testificar otra cosa que un derrumbe. No obstante, la conversión al Islam no fue un proceso universal, pues en Peña del Mazo constatamos una permanencia y pervivencia de la fe católica. Se trató, simplemente, de una cuestión de oportunismo y adaptación a las nuevas circunstancias.

La estancia musulmana no alteró las estructuras clientelares de los ganaderos. Mas bien todo lo contrario, pues las elites pastoralistas se convirtieron en los intermediarios fiscales de la tributación de las familias agropecuarias, encastradas en sus aldeas de media altura, imitando el modo habitacional tradicional en que lo habían hecho desde siempre los pastores de los rebaños.

Siempre que los centros de poder exógenos desaparecieron de la comarca, la situación mostró tendencia a retornar al origen. Es más, siempre que un nuevo poder foráneo se estableció, necesitó vincularse a las viejas formas de legitimación del entramado social. No obstante, en las épocas en que se ha contado con la suficiente independencia como para posibilitar la constitución de un poder central autónomo, como con la caída del Imperio Romano, la desaparición de los musulmanes, o la retirada de los neogodos asturianos, que veremos a continuación, por no hablar de momentos más recientes, no han surgido jefaturas sólidas capaces de construir supraestructuras políticas autóctonas. Si cuando ha podido pasar  no ha pasado, será que no está de ser. Parece tratarse de un destino condicionado por el medioambiente, serrano y heterogéneo en lo geomorfológico, bivalente y extremo en lo climático, que limita las fuerzas productivas y genera estructuras sociales arcaizantes y retardatarias, con incidencia en una  desestructuración política crónica.

Con el tiempo, la administración neogoda asturiana integró Las Merindades en un amplio y difuso espacio, al que llamaron Bardulies, que delineaba lo que se extendía más allá de su frontera sureste, territorio integrando por Amaya, Las Merindades, Álava, y Vizcaya a partir de Sopuerta. El repliegue de los godos hacia su territorio en el año 768, inauguró en Las Merindades un nuevo período de independencia en el que se gestaron las estructuras sociopolíticas y económicas sobre las que se asentará la Castilla condal.

La retirada fue consecuencia de la muerte de Fruela I a manos de los suyos, porque consideraban que sus calentones cuando arremetía contra las tierras del sur, en contra de los planteamientos de padre y tío, Alfonso I y Fruela, hijos del dux Pedro de Cantabria, acabarían poniendo en peligro el centro de poder que habían estructurado en Cangas. Con lo que les había costado llegar hasta los Pirineos, convencer a Roma para que les extendiera la alfombra roja, controlar al resto de bárbaros que habían invadido la Península Ibérica, levantar la fortaleza de Tedeja, abandonar el arrianismo, reestructurar Hispania, apalear a los pastores vascones, resistir a los musulmanes, y reabrir el reino en Asturias, no estaban dispuestos a tolerar tonterías. Al fin y al cabo, matarse entre visigodos de alta alcurnia era una costumbre de rancio abolengo germano.

Antes de pasar a analizar el período de independencia que se abrirá en nuestra comarca tras este repliegue asturiano, debemos hacer referencia a unas palabras que aparecen en la Crónica de Alfonso III cuando se relatan los lugares que Alfonso I intentó reestructurar hacia mediados del siglo VIII. Son significativas a la hora de interpretar la articulación del territorio en aquella época. Tras una lista de multas civitates, la Crónica nos dice “seu castris cum uillis et uiculis suis”. En fin, una referencia a la realidad territorial de los castra, y las haciendas y caseríos dependientes de ellos, que remite a una época muy anterior a las “repoblaciones” altomedievales.

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