Los visigodos: tras la caída del imperio romano.

A comienzos del siglo V,  Roma ya no es capaz de mantener por sí sola la integridad de su territorio. Y terminará por ocurrir lo previsible. En el año 409, una primera oleada de bárbaros suevos, bándalos y alanos penetran por los Pirineos occidentales. Hacia el 420, los suevos proclaman su señorío por toda la Gallaecia, justo hasta el límite del antiguo territorio autrigón, es decir, hasta el corazón mismo de Las Merindades, los Llanos de Castilla. No contentos con ello, protagonizan incursiones por la Tarraconense. Ante tal situación, el emperador Avito manda al nuevo rey visigodo Teodorico II contra ellos en el año 456. Los visigodos derrotan a los suevos cerca de Asturica Augusta. Al año siguiente, vuelven contra ellos. Destruyen Pallantia y la propia Asturica Augusta, haciendo retroceder a los suevos hacia Galicia. A partir de este momento, el año 457, Cantabria queda a su libre albedrío.

Eurico, proclamado rey de los visigodos el año 466 tras matar a su hermano, Teodorico II, comenzó la sustitución del poder romano en Hispania. En el 472 comienza la ocupación de la Tarraconense, probablemente la única provincia que mantenía aún la administración y las autoridades romanas. Conquistó Pampilona y Cesaraugusta hacia el año 476, momento en que se puede considerar que se hizo con el control de la mayor parte del territorio de la provincia. Pero, desde esta fecha, los antiguos territorios de autrigones, caristios y várdulos, extremo occidental de la provincia alejado de los grandes centros de poder, se suman también a la independencia de la zona cántabra.

Desde mediados del siglo V, los castellani del entorno montaraz de estas tierras decidieron que era conveniente levantar sus castella en entornos protegidos que permitiesen, además, controlar visualmente el espacio circundante, retomando así la vieja idea habitacional de la Edad del Hierro. La causa no fue otra que el desconcierto e inseguridad que provocó la desestructuración del entramado administrativo y territorial que a Roma tanto le había costado construir.

Con los suevos a las puertas de la Tarraconese hasta el año 457, y las jefaturas silvoganaderas arreando con brío a bestias y gentes por las antiguas Cantabria, Caristia y Vardulia, entendemos la función de la fortaleza visigótica de Tetelia, en Trespaderne.

La idea de quienes construyeron la fortaleza fue parapetarse tras potentes murallas, en un lugar prácticamente inaccesible, que divisase a la perfección el valle del Nela y el desfiladero de la Horadada. Vigilar, controlar, fortificar… Huele a godo extranjero, con poderío militar pero sin dejar de mirarle los cuernos al toro, es decir, al aguerrido, ágil y sorpresivo paisano indígena. En fin, Leovigildo contra los jefes pastoralistas de Las Merindades, pervassores, a juicio de los cronistas hispanogodos, que se venían extralimitando en las funciones que en su día el Imperio Romano les adjudicó, campando a sus anchas con sus rebaños y liderando al aldeano campesino.

Sea como fuere, no fue hasta el año 574 cuando Leovigildo conquistó definitivamente esta comarca, que llevaba casi cien años estructurándose de forma autónoma. Muy posiblemente, fue en el tanteo previo a los enfrentamientos, cuando los germanos construyeron la fortaleza de Tedeja. En dependencia, por tanto, de un plan de conquista. Posteriormente, como veremos, evidente eje de un proceso de colonización agraria e ideológica conscientemente planificado. Realmente, los germanos no aplicaron en Las Merindades otra cosa que el antiguo “plan romano” del que eran herederos: conquista y apisonadora cultural.

Leovigildo integró Las Merindades, junto con el piedemonte meridional del territorio cántabro, en Cantabriam. La conquista por parte de Sisebuto de la vertiente septentrional de Cantabriam, Rucconia, hacia el año 613, posibilitaría la unión de ambas vertientes mediante la creación, en una fecha que hay que situar entre el año 653 y el 683, del Ducatus Cantabriae, con capital en Amaya Patricia. Parece ser que el Ducatus Cantabriae quedó integrado, en un principio, en la antigua Gallaecia, pero si atendemos al anónimo de Rávena, habría que decir que para finales del siglo VIII son ocho las provincias hispanas, dos más que las romanas, posiblemente el Ducatus Asturicensis y Ducatus Cantabriae.

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