De viaje por las últimas estribaciones de la Cordillera Cantábrica en Las Merindades de Burgos.

 

Los últimos pasiegos

 

UN PASADO INCIERTO Y SUS COSTUMBRES ANCESTRALES HACEN DE LA CULTURA PASIEGA UNA DE LAS MÁS INTERESANTES Y ENIGMÁTICAS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. LOS PASIEGOS SE ASIENTAN SOBRE LAS ESTRIBACIONES MÁS ORIENTALES DE LA CORDILLERA CANTÁBRICA, AL SUR DE CANTABRIA Y EN EL NORTE BURGALÉS: UN TERRITORIO TREMENDAMENTE QUEBRADO, CON PROFUNDOS BARRANCOS Y VERTIGINOSAS CIMAS QUE CULMINAN EN EL CASTRO VALNERA. SUS 1717 METROS DE ALTITUD PRESIDEN UN PAISAJE CONFORMADO POR UN MOSAICO DE VERDES GENERADO POR PEQUEÑOS BOSQUES DE HAYAS Y ABEDULES Y POR LOS SINGULARES PRADOS PASIEGOS, ESCENARIOS DE LAS ÚLTIMAS MANIFESTACIONES DE TRASTERMINANCIA QUE SE PUEDEN CONTEMPLAR EN ESPAÑA.

Prados y cabañas ocupan la mayor parte del valle de Estacas de Trueba. Configuran un paisaje estructurado a partir del cerramiento de las explotaciones ganaderas. Salcedillo, uno de los cabañales con mayor actividad, se sitúa en el entorno del cruce de las carreteras que conducen a Lunada y a Estacas de Trueba.

Los ríos Trueba, Asón, Lunada y Pas drenan un territorio caracterizado por una intensa carstificación que ha generado a lo largo de la historia múltiples y grandiosas cavidades subterráneas. Lapiaces, dolinas, torcas y profundas simas horadan los afloramientos calcáreos y otorgan cierto riesgo a los cada vez más frecuentes caminantes y montañeros que visitan la zona llamados por su sorprendente atractivo.

Pequeñas manchas de hayedos testifican un pasado en el que su superficie, como la de los robledales, debió de ser mucho más extensa. No obstante, el bosque crece mientras el tiempo corre a su favor dado el abandono de las actividades tradicionales en las que la ganadería, fundamentalmente bovina, gozaba de total y absoluto protagonismo. Y, en consecuencia, las sistemáticas quemas incontroladas que secularmente han sufrido estos montes, con la subsiguiente propagación de especies pirófitas, parecen haber cesado, por fortuna para el bosque.

El hombre es el protagonista de un modo de vida excepcionalmente caracterizado por su capacidad para adaptar el medio. El pasiego ha configurado un paisaje disperso al servicio de su animal totémico: la vaca. Sus vidas, las del hombre y las de las vacas han girado indefectiblemente en torno a las necesidades de este animal, omnipresente en el mundo pasiego.

La niebla a nuestros pies rasga sus velos

y alumbra, verde y virgen, la montaña.

Rocío en hierba, el flor, en telaraña.

Oh hermosura en redor de mis abuelos.

Ellos aquí, bebiendo paz de cielos.

Esa fue, piedra y lastras, su cabaña.

Pero tú arriba, a coronar la braña,

niño de ojos de lince y sin gemelos.

Arriba, más arriba. La pedriza

y la arista de piel resbaladiza

vencí descalzo…

Gerardo Diego

Una cultura a punto de extinguirse en las últimas estribaciones de la Cordillera Cantábrica.

Es en la actualidad, en pleno siglo XXI, cuando sus modos de vida se han visto agotados y han llegado a su fin. La modernidad ha puesto punto final a un modo de vida social y económico del que nunca se habló lo suficiente.

Los pasiegos han sido siempre hombres y mujeres rudos, hábiles y fuertes; gente de recursos, muchas veces por aquello de que el hambre agudiza el ingenio, que han vivido de los recursos proporcionados por el ganado. Por ello han vivido rendidos a sus exigencias.

El paisaje pasiego está caracterizado por la presencia de multitud de pequeñas cabañas construidas con lastras casi siempre arrancadas in situ. Incluso los tejados. A su alrededor se extienden los prados pasiegos, prados que fueron ganados al bosque a partir de la Edad Media, con la aplicación de técnicas de desbroce, quema controlada y regeneración de suelos mediante abonados sistemáticos, y que permanecen cercados con arcaicos y aparentemente inestables muros construidos con las propias piedras extraídas en la limpieza de los prados.

Cada unidad familiar dispone de varias cabañas; en general alrededor de media docena aunque sus características no permiten las más elementales condiciones de habitabilidad.

Secularmente y forzados por la necesidad de alimentar al ganado, los pasiegos han realizado la que ellos mismos denominan muda, una singular modalidad de trashumancia consistente, en lo básico, en turnar la ocupación de los prados, y en consecuencia la cabaña asociada a éste, en función del estado de los pastos. De ese modo, durante la primavera se trasladan progresivamente a las zonas más elevadas y frescas. Alcanzan los puertos durante el verano para iniciar el regreso a los valles según avanza el otoño.

Esta forma de vida se enmarca dentro de unos límites bastante precisos delimitados hacia el oeste por el valle de Luena, al este por el valle del Cerneja y Montija, al sur por Sotoscueva y al norte, algo más difusos, por los valles de Soba y Miera.

Las nieves, intensas y persistentes, suelen llegar a partir de noviembre. Para entonces los pasiegos se encuentran en las cabañas más cómodas, llamadas vividoras, localizadas en los valles y agrupadas en pequeños poblados hacia las Machorras, Bárcenas y Espinosa de los Monteros en la vertiente burgalesa.

La Montaña Pasiega es el último eslabón oriental de la Cordillera Cantábrica y se sitúa a caballo entre las provincias de Cantabria y Burgos. A pesar de sus moderadas elevaciones, tanto su relieve como su vegetación conforman un paisaje de media montaña de gran espectacularidad con elementos de origen glaciar perfectamente definidos.

El poblamiento disperso de estas montañas tiende a su concentración en los valles y, de un modo muy especial, en el único núcleo que tradicionalmente ha articulado la vida de sus habitantes: Espinosa de los Monteros.

Los montes pasiegos conforman espectaculares miradores sobre las tierras cántabras, casi mil metros por debajo. Destaca el Castro Valnera, situado en la cuerda que une los portillos de Lunada y las Estacas de Trueba. Sus 1 717 metros lo convierten en la mayor elevación de las Merindades. La ascensión de estas cumbres en época estival no presenta excesivas dificultades. Peña Lusa o la Cubada Grande son otras de las cimas más visitadas por los montañeros.

Los orígenes de esta villa, de netas características montañesas, son inciertos y, aunque sus primeras menciones escritas datan de la época de Alfonso VI, hacia el año 1084, sin duda, su hito histórico se refiere al origen del cuerpo de los Monteros Reales, de quienes toma el apellido.

La humanización a la que ha sido sometida a lo largo de los siglos y sus particulares modos de vida caracterizan a la Montaña Pasiega. Apenas cruzada la villa de Espinosa de los Monteros en dirección a las Machorras, si no antes, multitud de edificaciones peculiares aparecen salpicadas por las laderas verdes: son las cabañas pasiegas, tan integradas en el paisaje como sus ocupantes, los pasiegos.

El pasiego es un sistema ecológico propio que consiste en el máximo aprovechamiento de los prados. Esta forma de vida se enmarca dentro de unos límites bastante precisos delimitados hacia el oeste por el valle de Luena, al este por el valle del Cerneja y Montija, al sur por Sotoscueva y al norte, algo más difusos, por el valle de Soba. En este marco se localizan las conocidas villas pasiegas cántabras: San Pedro del Romeral, la Vega de Pas y San Roque de Río Miera. Éstas se han constituido como núcleos estables de población en torno a los cuales gira la vida económica y social de los pasiegos. En la vertiente burgalesa, el proceso es similar respecto a las Machorras y fundamentalmente a Espinosa de los Monteros.

Determinados datos históricos certifican que hasta principios del siglo XVII los montes del Pas, como también se conocen estas montañas, dependieron de diferentes señoríos de Espinosa de los Monteros.

Eran los dueños de los rebaños que generaban la riqueza necesaria para la construcción de sus palacios y monumentos. Los pasiegos pagaban diezmos a la parroquia de Espinosa, donde se celebraban bautizos, bodas y entierros. Hasta 1538 no hay constancia de iglesia alguna en los montes del Pas y hasta 1756 no existió ningún cementerio pasiego.

La cabaña pasiega resulta de la perfecta conjugación de aquellos tres factores que definían,

en cierto modo, a la arquitectura funcional: el clima, la tierra y el hombre.

El ganado vacuno constituye la base de la economía de este pueblo y como tal condiciona las conductas y costumbres de la sociedad pasiega. Precisamente como consecuencia de las necesidades alimenticias de este ganado aparece el rasgo más característico de la misma: la muda.

Para comprender a los pasiegos es necesario entender su modo de vida. Y éste gira en torno a un elemento fundamental que es la vaca, su animal totémico, en palabras de Gutiérrez Aragón, y como ya se ha mencionado.

Los caracteres del modo de vida pasiego que se han difundido y popularizado se cristalizaron entre los siglos XVI y XVII. Fue un proceso que llevó consigo una progresiva diferenciación como grupo respecto a la sociedad montañesa meridional de la que procedían. De ese modo se explica, según Ortega Valcárcel, la divulgación, en el siglo XVIII, de la imagen pasiega con su carga peyorativa.

La muda consiste fundamentalmente en el desplazamiento del ganado de un lugar a otro en función de la necesidad de pasto. Al ganado lo acompaña toda la familia o parte de ella y todo lo que consideran necesario, desde útiles de cocina hasta aves de corral. En cualquier caso, el ajuar doméstico se reduce a lo realmente imprescindible. El número de mudas depende del número de propiedades o llaves de cada ganadero.

De ese modo, en los comienzos de la primavera, inician una marcha que les conducirá, en los alrededores de San Juan, a las brenizas o pastos naturales situadas a mayor altitud, en las proximidades de los puertos.

En el siglo XI aparecen una serie de pastores trashumantes en la zona de las Machorras. Desde allí iniciarán su expansión hacia las montañas de Cantabria y llegarán a levantar las tres villas pasiegas: San Roque del Río Miera, San Pedro del Romeral y la Vega de Pas.

Parece ser que el peso de este lento proceso es soportado por los pastores de Espinosa de los Monteros fundamentalmente y en menor medida por los de Valdeporres y Sotoscueva. Ello se deduce del hecho de que, por el privilegio de los Herbajes, la propiedad de estas montañas era de aquéllos.

Ya en el año 1538 se constata la existencia de población en la Vega de Pas. Sin embargo no hay datos que corroboren asentamientos en la montaña del Pas antes del siglo XVI.

En la arquitectura popular se puede rastrear la memoria en multitud de símbolos que descubren huellas pretéritas que se originan en fenómenos sociales, étnicos y psicológicos que arrojan luz sobre la forma y estructura de esa arquitectura. Esta afirmación toma todo su sentido cuando, como ocurre en los montes de Espinosa de los Monteros, los pasiegos mantienen viva su memoria, viven aún en sus tradiciones y continúan construyendo su propia y particular arquitectura. Una arquitectura que, además de ser probablemente uno de los mayores atractivos de la comarca, es el exponente máximo de la adaptación del hombre al medio que lo rodea y esto es lo verdaderamente trascendente.

Piedra y madera; lastras, haya y roble son los únicos materiales empleados.

Si, en general, este tipo de construcciones señala la identidad de nuestro pasado, los pasiegos viven, desde el punto de vista arquitectónico, haciendo de su pasado su presente.

Han culminado el desarrollo de una experiencia natural, expresión de una relación vital con la naturaleza, haciendo cristalizar un modelo constructivo simbiótico con el medio en que se desarrolla.

El conjunto único de la cabaña pasiega conforma una tipología arquitectónica que resulta de la evolución de la cultura pastoril de las montañas de la cabecera de los ríos Pas, Trueba, Lunada, Rioseco, Lasía, Asón y Cerneja, entre las provincias de Burgos y Cantabria. La cabaña pasiega resulta de la perfecta conjugación de aquellos tres factores que definían, en cierto modo, a la arquitectura funcional: el clima, la tierra y el hombre. La consecuencia es una obra integrada plenamente en el paisaje puesto que del paisaje está construida.

En la actualidad se incorporan materiales modernos de baja calidad, uralitas y bloques de cemento, que definen probablemente la decadencia de un pueblo y una cultura que decididamente tiende a la desaparición. Precisamente hay que ver en su carácter tradicional y popular la intrusión de esos materiales alóctonos, feos, porque lo tradicional es lo práctico y lo funcional. La arquitectura tradicional se define precisamente por su escaso criterio estético.

En apariencia, la variedad tipológica de las viviendas pasiegas es muy reducida. A golpe de vista todas parecen iguales o muy similares. La realidad es muy diferente.

Desde un punto de vista funcional y en una primera diferenciación arquitectónica se definen dos tipos de cabañas pasiegas: la vividora y la estacional. Su uso alterno es, en definitiva, la síntesis del modo de vida del pasiego. La muda, ese ir y venir de cabaña en cabaña, de prado en prado, constituye -hay que insistir en ello- una forma de vida probablemente única ya en la Península Ibérica.

La vividora sirve de asentamiento invernal y en la actualidad tiende a constituirse como la vivienda estable del núcleo familiar pasiego. Son edificaciones algo más complejas, amplias y lujosas que se sitúan a los pies de los puertos mencionados.

La cabaña propiamente dicha, dispersa a lo largo y ancho de las montañas y los valles pasiegos, es aún más sobria si cabe. Lo que verdaderamente ha importado al pasiego ha sido el prado sobre el que siempre se asienta: la braña. La cabaña permite el refugio durante breves períodos de tiempo. Forma parte de un circuito en el que el pastor pasiego y su familia ascienden progresivamente los puertos, a partir del inicio de la primavera, mientras el ganado pasta los prados que la rodean. Una vez en las cabañas más altas, y el consiguiente pasto más fresco, el proceso se invierte para, a finales del otoño, regresar a la vividora y resguardarse en ella durante el invierno.

Sin embargo, y muy a pesar de esta riqueza patrimonial, no existe figura alguna que proteja estos enclaves.

Como consecuencia de las características climatológicas la especie dominante es el haya, que en determinadas zonas convive con el roble.

Los valles formados por los ríos Cerneja y Engaña, en los extremos del área pasiega son los que menor presión han sufrido; paradójicamente la población pasiega ha instalado sus explotaciones en las zonas altas de los valles, dejando bajo el dominio de los bosques el fondo de los mismos. Así, el cabañal de la Marruya, el más alto de la pasieguería, domina ampliamente los montes de la Engaña que se extienden a sus pies.

A pesar de esta riqueza patrimonial, no existe figura alguna que proteja estos enclaves.

Pese al aislamiento secular de los pasiegos, la tradición se guarda con celo. El cinco de agosto de cada año se celebra en el santuario de Nuestra Señora de las Nieves, de las Machorras, una multitudinaria romería a la que acuden todos y cada uno de
los protagonistas de este territorio.

Especial significación, por su valor etnográfico, tiene la Danza del Bobo, donde el mayoral y el rabadal desmenuzan, al ritmo del pareado, los acontecimientos más significativos del último año.

La órbita pasiega, como los autores de este reportaje han tratado de transmitir, es una continua sorpresa. Hombre y paisaje se soportan y conviven mediante unos modos de vida que la modernidad ha condenado a la muerte. Sin embargo, aún hay tiempo.

Como llegar a Las Machorras

Pin It on Pinterest

Share This