Grandes trampas en algunos lugares inhóspitos.

Loberas de Las Merindades

 

La noche de los tiempos se tiñe de aullidos asilvestrados. El abuelo narra a la vera del hogar lejanas historias de rebaños atacados en la Cabrera, de niños de meses despedazados en una casa mal cerrada en Sierra Morena. El inconsciente colectivo manchado de rojos desgarradores, atenazado por el miedo, pinta manadas furibundas que dentellean sin piedad.

 

Se abre la guerra sin cuartel.

 

Las huestes de un frente se arman de olfato, de oído, de instinto, de hambre indiscriminada, apetito en estado esencial; del otro campean la indignación, el bien perdido, el terror de la aldea masacrada.

La lucidez de unos emplea el asalto astuto y sorpresivo; la mente de los otros planifica por turnos cebos y batidas dibujadas con tácticas envolventes.

Un perspicaz contra otro. La alimaña suprema no quiere verse rodeada de predadores que le incomoden. Ningún ladrón quiere colegas como vecinos. Tampoco el bosque se libra de esta secular lucha encarnizada. Metro y medio de pelo fosco gris con vetas de oro, marrón y rojizo visten de largo fauces omnipotentes, sonrisas cínicas rellenas de cuchillos afilados.

Enfrente, la comunidad herida se arma en partidas de cazadores, acosa, reclama con tiernas ilusiones vivas, apetitosas, que balan plantadas sobre la laja de un mogote. Cien mil años caminando por la tierra le avalan. Territorios marcados con orina y con efluvios de esos mismos pies poderosamente ungulados ofician de legítimos libros registrales de la propiedad.

¡Encuéntralas!

Descargar track de acceso a la lobera de la Barrerilla (Perex)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera del Monte San Miguel (Puerto de Angulo)

1
2

Descargar track de acceso al Corral de los Lobos (Villaescusa de Butrón – Huidobro)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera de Monte Santiago (Berberana)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera de Castrobarto (Junta de Traslaloma)

1
2

Descargar track de acceso a Loberas Viejas (Monte Santiago – Berberana)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera del Monte Guardieta (Valle de Losa)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera de Villabasil (Valle de Losa)

1
2

Descargar track de acceso a la lobera de Alto del Caballo (Espinosa de Los Monteros)

1
2

Descargar track de acceso a los restos de la lobera del Toyo en Villaluenga (Valle de Losa)

1
2

Los track de los accesos a las loberas son itinerarios no balizados ni señalizados, y en algún caso, fuera de cualquier tipo de traza o senda. El GPS es imprescindible para acceder a ellas con seguridad y garantías, tanto de localizarlas como de regresar al punto de partida sin problemas.

Sociedad que se organiza en clanes, que habla un código de frases ladradas, gruñidas, ululadas a las auras; las camadas proliferan multicolores, los colmillos más fieros lucen hojas extensas como un meñique.

La otra jauría, la que cuida de sus ganados, la que -una vez también nómada- anhela ahora la sede en la que pace, se rebela por fin, se
pertrecha de estrategia, levanta la empalizada, cava el foso, diseña el embudo, cierra con troncos las portillas del monte que atravesaban sus carros. La cortina convergente urde y reconduce el engaño hacia el abismo. Una inteligencia golpeada, aplastada por la otra, paseada viva como escarnio por los pueblos, emplumada de afrenta por sus pecados.

El lobo y el hombre: la lobera.

El viento del oeste trasmite lejanos ecos de campanas que despiertan la inquietud de los vecinos. Casi de inmediato, el cura de Pérex tira con fuerza de la cuerda que cuelga del badajo y hace sonar enérgicamente la más pequeña de las tres campanas con que cuenta el campanario de su iglesia. Luego, aunque ya no se oyen, serán las de Río, Villaluenga… sus ecos son arrastrados hacia el este hasta que se pierden en las llanuras losinas.

Alguien, quizá un cazador, un pastor, un leñador o un carbonero ha detectado la temida presencia de la alimaña más temida por el hombre y ha dado la voz de alarma:

¡El lobo! ¡el lobo!

Es el grito que rompe la armonía y la tranquilidad reinantes en las hogares humeantes, de los niños sentados alrededor de la estufa de leña de las pequeñas escuelas de los pueblos del entorno y de las labores cotidianas. Nadie duda, nadie espera. Estalla un estado de nerviosismo que se hace palpable en el ambiente. Es la llamada de la supervivencia.

Cada vecino conoce su cometido. Nada queda al azar. Se escribió hace décadas, quizá siglos, y fue recogido en unas ordenanzas que casi nadie ha visto y que nadie necesita.

Pronto llegan noticias del monte, casi tan veloces como el viento, como cómplices de éste: el lobo ha sido visto en las proximidades de Robredo, hacia el Alto de Guardia. En realidad son dos animales adultos y se dirigen tranquilos hacia el este por su paso habitual, bien conocido por los lugareños. De ahí que se construyera esta trampa.

LAS LOBERAS, TESTIGOS MUDOS DE UNA LUCHA A MUERTE POR LA SUPERVIVENCIA.

Todos los varones disponibles de Perex se organizan en un abrir y cerrar de ojos a modo de concejo y se dirigen, por diferentes caminos, hacia la lobera. Cada uno ocupa su lugar, en función de la edad y la experiencia: mientras unos se camuflan sobre el rellano de los muros, otros cierran las puertas por las que cruzan los caminos y otros se camuflan en las pequeñas cabañuelas del interior del recinto. Los más jóvenes se unen con los de los pueblos vecinos y se preparan para batir una amplia extensión de bosque, cerrando cualquier posibilidad de fuga de los animales. Se cierran portillos y vaguadas y se ocupan los oteaderos.

De pronto, el silencio del bosque se transforma en un bullicio infernal. La armonía se transforma en desorden y surge el caos. Cientos de seres vivos, todo tipo de aves, zorros, corzos, jabalíes… se alzan en estampida mientras el viento extiende un presagio mortal.

 

Quizá una hora más tarde alguien grita: ¡Ahí va! ¡Ahí va! Es la hora del fin. Todos los esfuerzos por empujar al lobo hacia su propia muerte están a punto de culminar con éxito.

 

 

¡Que viene…! El lobo, por el corredor de la muerte, en una carrera que no tiene vuelta atrás. Y sin embargo se revuelve, entre temeroso y desesperado. Quiere salir, sabe hacia dónde va. Gritos y una lluvia de palos y piedras lo aturden hasta que, apenas sin darse cuenta, cae, atrapado, irremediablemente condenado, al fondo de un foso del que nunca volverá a salir.

Allí entre lamentos y aullidos desgarradores, los nervios de los cazadores que lo rematan, también a golpe de palo y piedra, dan paso al alboroto festivo de una nueva victoria en la guerra abierta que el hombre y la naturaleza tienen por su supervivencia.

En muchas ocasiones el patrimonio no tiene demasiado valor en sí mismo. La pobreza de los materiales e incluso la fealdad o la simpleza pueden constituir prejuicios de insalvables consecuencias. Casi es seguro justamente lo contrario, el boato, la elegancia, el refinamiento, la calidad de los materiales y otros aspectos por el estilo determinan su valoración. Por eso nos encanta el arte en toda su expresión. A todos nos agrada, en mayor o menor medida, nuestra arquitectura románica, o la retablística renacentista o todo aquello que percibimos como elaborado, estético y cuidado. Conceptos todos ellos abstractos, vagos y subjetivos, pero suficientemente establecidos en la sociedad como para fijar nuestra relación con la obra del hombre.

Sin embargo, nuestro entorno, nuestros valles y montañas y nuestros propios pueblos están repletos de pequeñas o ,en ocasiones, no tan pequeñas obras de arte (también en el mayor sentido de la palabra). En su mayor parte carecen de la intencionalidad artística que pudieran haber tenido aquellas otras, pero constituyen la esencia de los hombres que han poblado este territorio. Están profundamente enraizadas y son, sin duda alguna, las que definen, caracterizan y a menudo singularizan un país, una región o una comarca.

Cuando descubrí por primera vez una lobera, siendo aún adolescente, sentí una profunda decepción. Allí, en pleno monte de Pérex, había dos muros de mampostería, en muy mal estado, por cierto. ¡Eran dos simples paredes! Bueno, y un pequeño hoyo excavado en el suelo.

Su significado vendría dado varios años más tarde cuando, inmerso ya en el mundo de la investigación, comprendí, de la mano de varios agentes forestales de la zona, la insignificancia de aquella lobera respecto de la magnitud del fenómeno de la caza del lobo, de un modo especial en la práctica totalidad de la franja cantábrica. Aquella magnitud era la que había proporcionado durante siglos una de las más arduas batallas del ser humano en estas tierras: el hombre frente a la naturaleza, mano a mano y a veces de forma desigual.

Allí radicaba la importancia y el interés de ese otro patrimonio, a veces denostado y casi siempre desconocido: el hombre frente al medio hostil y el hombre casi siempre como vencedor, para bien o para mal, de una dura batalla por su supervivencia.

 

La ferocidad de esta especie emana como una reminiscencia de la mente de todas las personas. Podría parecer que se trata sencillamente de las consecuencias del popular cuento de Caperucita Roja y el Lobo Feroz, trasmitido de generación en generación con esa ferocidad como elemento sustantivo.

 

 

Lo cierto es que, como gran depredador, este animal ha constituido a lo largo de la historia una de las mayores competencias para la supervivencia del ser humano y, por ello también, se ha configurado como uno de sus mayores enemigos. Es, por lo tanto, desde ese punto de vista y en el marco de la política habitual del hombre de eliminar todo aquello que considera una molestia o una competencia, como se debe entender la persistente lucha que se entabló, nadie sabe desde cuándo, entre el hombre y el lobo.

Numerosos documentos históricos, grabados e incluso determinadas esculturas románicas, evidencian una realidad que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que el hombre, a pesar de todo el empeño puesto en ello, no ha sido capaz de acabar con las alimañas. De esa guerra profesada por el ser humano contra sus competidores más directos, situados en la cúspide de la pirámide trófica, quedan numerosas e indelebles huellas y no sólo en la mente de los seres humanos.

La franja meridional de la Cordillera Cantábrica, desde Galicia hasta el occidente alavés, está salpicada de restos que denotan la verdadera y dramática dimensión de esta guerra a muerte: son las loberas, enormes trampas diseñadas con la astucia propiciada por el conocimiento de los hábitos del lobo, por su observación prolongada y por la correcta interpretación de sus reacciones. En definitiva, pensadas por verdaderos expertos y conocedores del medio natural.

Como si de un prototipo se tratara, las loberas difieren poco entre ellas desde el punto de vista de su tipología constructiva. Su idea es tan simple como eficaz y consiste en la construcción de dos grandes muros que, a modo de gran embudo, van a converger en un foso excavado en el suelo donde, sin posibilidad alguna de escape, el lobo caería acosado por los batidores. Del estudio topográfico y de la observación metódica de sus ubicaciones se podría intuir una mayor complejidad en el sistema de trampeo. Todo parece indicar que estas trampas estarían ubicadas sobre determinados pasos tradicionales de los lobos, es decir, sobre las rutas y los caminos que, como todos los animales, utilizan para desplazarse por la montaña.

Las loberas que se localizan al provecho del relieve, dotan a esta tierra de una parcela de su propia idiosincrasia, de una pizca de la magnitud de los grandes territorios. En la actualidad y cercenadas por zarzas y arbustos desconsiderados han pasado a formar parte del propio paisaje, de ése que es tan profundo y tan bello que hace necesario el entrenamiento de la vista para que sea maravillada.

Se desconoce el origen de estas trampas aunque, dada su sencillez y las técnicas de acoso en que se fundamentan, podrían remontarse a varios siglos atrás. Algunos autores incluso las sitúan, sin demasiado rigor científico, en plena prehistoria.

 

En cualquier caso, esa amplia franja geográfica en la que se localizan la mayor parte de estas trampas coincide en términos generales con zonas eminentemente ganaderas en las que parece probable un aumento sustancial de la población durante la época neolítica. Es probable que las necesidades alimenticias o la sencilla coexistencia de dos especies, hombre y lobo, con tan similares características territoriales, hiciera estallar esa guerra por la supervivencia que, ya sin esa proyección, se mantiene hoy en día en clara desventaja para el segundo.

Si bien en Galicia, León y Asturias se han puesto en valor algunas de estas loberas, es en el norte de la provincia de Burgos donde se localizan en mayor densidad; y de un modo especialmente intenso en su límite nororiental, dándose continuidad hacia el territorio comprendido en la actual provincia de Álava. De ese modo, es el valle de Losa el que conserva los mayores y mejores restos de esta singular arquitectura popular.

Hace varias décadas, un sacerdote afincado en la localidad alavesa de Amurrio, llamado Félix Murga, recorrió minuciosamente los valles y las sierras que configuran los límites de sendas provincias. De aquellas investigaciones derivan la mayor parte de las descripciones de carácter arqueológico que se han publicado hasta el día de hoy. Entre todas ellas destaca un elaborado inventario de loberas. Después de su obra apenas se han localizado los restos de un par de ellas, por lo que es muy posible que a él se deba, en última instancia, la constatación de tan importantes vestigios.

Varios años antes, en el primer tercio del siglo XX, otro prolífico divulgador natural de Medina de Pomar, Julián García Sainz de Baranda, reprodujo en una de sus obras las ordenanzas de la caza del lobo en el valle de Losa que, aunque reformadas a principios del siglo XX, datan del XVIII. El documento resulta revelador:

…Tienen la policía de perseguir a los lobos y a las demás fieras, por lo que en sus montes y hacia aquellos parajes, tienen hecho hoyas sumamente hondas y de labios exteriores dobles, dos paredes bastante altas a piedra seca, que van abriendo, al paso que se prolongan, hasta abrazar buena parte del monte; sobre el labio inferior del hoyo, de pared a pared, está puesto un parapeto de barbado, como de cinco cuartas de altura, que impide a la fiera (ver) el daño en donde van a caer. Las ordenanzas generales mandan que el primero que vea al lobo o alguna mortandad, si ha ejecutado, pique las campanas de su pueblo de aquel modo que tiene determinado y a la voz de ellas, todo vecino de la Junta en que sucede, dejando toda labor, acuda a incorporarse con el resto de los habitantes de los pueblos, a quienes preside el regidor o procurador síndico de ella o su teniente en su ausencia. Junta la gente y manifestado el sitio donde vio la fiera, se dispone la batida; los escopeteros se ponen cerca del hoyo, resguardados de espaldonizos de piedra, para que uno u otro no puedan ofenderse; para poder tomar estos sititos sin ruidos, tienen entradas por las paredes referidas, que se cierran con pies derechos de árboles. Cuando a los que toca ser batidores conocen que los escopeteros han podido tomar esos sitios, echan su batida dirigiéndola a incluir la fiera entre las citadas paredes, lo que no es difícil; los perros que llevan para ello hacen que corra con violencia; luego que llega a los espaldonizos, cada uno de los que los ocupan, la debe disparar, pero en la precaución que sea después de haber pasado de su sitio y como cada vez es más frecuente el fuego, tanto más se ciega la fiera y así en llegando al parapeto se arroja a saltarle con lo que queda en medio de la hoya, donde es imposible salga y de este modo, son pocas las que se escapan sin ser luego muertas, ni ocasionar daño.

El norte de la geografía burgalesa sustantiva la ya reiterada lucha del hombre contra el lobo hasta bien entrado el siglo XX. En lugares como Berberana, Castrobarto o Pérex aún moran testigos de las últimas cacerías realizadas en sus loberas. Son éstas, además, las trampas mejor conservadas y las que bien merecen una concienzuda visita.

Efectivamente, a pesar del gran número de loberas inventariadas, en su mayor parte, como ya mencionamos, por el sacerdote Félix Murga, sólo unas pocas de ellas denotan mayor interés que el que generen para los expertos o estudiosos de la antropología. Su lamentable estado de conservación o la lejanía y dificultad de sus accesos desaconsejan su visita so pena de decepción.

 

En este sentido, sólo las de Perex y Monte Santiago reúnen las características óptimas. Ambas han sido recientemente restauradas y se muestran en toda su verdadera magnitud. Incluso en Monte Santiago se ha recreado una cacería que aporta un indudable valor pedagógico al monumento natural en el que la lobera está integrada.

Otras, como las de Castrobarto, Monte San Miguel, Monte Gurdieta o Loberas Viejas se conservan en un aceptable estado de conservación pero sus accesos presentan algunas dificultades. En todo caso, todas ellas se hallan en parajes de singular belleza, en entornos boscosos o junto a vertiginosos cantiles rocosos, lo que puede propiciar y justificar una gratificante excursión.

Del resto de los escenarios de caza apenas quedan las huellas de unos muros que es preciso saber interpretar. Su conocimiento viene más determinado por las fuentes escritas y orales que por lo que queda de ellos. En este caso se encuentra la lobera del monte de Villaluenga, la de Villabasil (aunque conserva en relativo buen estado el foso) o la de la Cuesta del Caballo, en Espinosa de los Monteros.

Además de todas las mencionadas, existen otras construcciones que llaman poderosamente la atención de quien las observa. Tales son el Corral de los Lobos, en el borde mismo de la Hoya de Huidobro aunque en término de Villaescusa de Butrón y la lobera del Monte Hijedo, de la que se conserva el foso con un amontonamiento de piedras en el fondo donde, según las fuentes entrevistadas, se colocaba un cordero como reclamo. En la mayor parte de los lugares donde se asientan este tipo de construcciones el lobo aún campa a sus anchas en lo más alto de la pirámide alimenticia, señalando sin lugar a dudas la alta calidad del ecosistema.

Pin It on Pinterest

Share This