Las Montañas de Burgos

constituye otro de los nombres con los que, a lo largo de la historia, se ha denominado a las tierras del norte de Burgos, a las que más recientemente se han dado en llamar Las Merindades. No se trata de un término excluyente puesto que en Burgos, evidentemente, existen más montañas. Más bien se trata de la extensión del término La Montaña, cuando ésta se refiere a las tierras de Cantabria.

En cualquier caso, Las Montañas de Burgos fue un término ampliamente utilizado entre los geógrafos del siglo XX para definir este quebrado y montuoso territorio, caracterizado por la sucesión de valles y montañas que originan una complicada entidad orográfica.

Con este experiencia pretendemos aproximar al visitante a esta realidad a través de la experiencia adquirida a lo largo de varios años de ascensiones a las montañas que nos dieron nombre.

Hace algo más de veinte años que algunos de los actuales colaboradores de visitalasmerindades.es fundaron el Grupo de Montaña Cota 1717, un hito que señalaba la altitud del Castro Valnera, la cumbre más alta y, sin duda, una de las más bellas del norte burgalés. Una montaña que a muchos de nosotros nos cautivó y a la que estamos enormemente agradecidos por habernos permitido disfrutar de sus encantos y de sus secretos. También por habernos expulsado en ocasiones. Por cerrarnos su acceso cuando, quizás de manera algo inconsciente, hemos intentado romper su intimidad en plena tormenta nocturna en invierno… Y, en todo caso, por habernos permitido, a la vez que disfrutado, aprender a valorar los riesgos que encierra subir allá arriba.

De alguna manera, el Castru, como le llaman algunos pasiegos, ha impregnado nuestras vidas a la vez que ha sembrado en ellas la semilla del espíritu montañero tanto en nosotros como en buena parte de los aficionados de Las Merindades. Y de algún modo también, este reportaje pretende constituir un homenaje que, aunque a la montaña de Las Merindades en general, tiene mucho de al Castro Valnera en particular.

No podría, ni quiero, calcular las veces que hemos hecho cumbre en las Montañas de Burgos. Tampoco las ocasiones en las que la cima no era el objetivo. Las noches al raso, esperando el amanecer para captar con nuestras cámaras los primeros y nítidos rayos del sol. Me resulta imposible obviar las emociones: eran el objetivo en sí. Las montañas nos cautivaron y nos facilitaron el enamoramiento de nuestra tierra. ¿Hay algo más emocional?

Cuando, desde la redacción, nos planteamos este reportaje pensé que el tema propuesto quizá fuese más propio de una novela con cierta carga autobiográfica. Me niego rotundamente a desvestirlo de la subjetividad que a muchos de nosotros nos ha marcado y nos ha diseñado el modo de vida.

Desde la perspectiva que da el tiempo, los vínculos se agrandan y uno no puede dejar de emocionarse al recordar los tiempos en los que encontrarse con un montañero en el Castro era todo un acontecimiento. Era más probable hacerlo con un pasiego. Desde hace varios años, las cosas han cambiado. Ahora ya no quedan apenas pasiegos. Abundan los montañeros.

El tacto del aire fresco de la mañana cuando uno se levanta de la incómoda pero imprescindible tienda de campaña es de difícil descripción. Apenas una sutil caricia que aporta la fortaleza y energía necesarias para la ascensión. Por sencilla que sea.

Aunque no tenemos obligación de acampar para ascender a las cumbres de nuestras montañas lo hacemos por pasión. Quizá también por la necesidad intrínseca de tocar la tierra, de dormir sobre ella, al raso, sin burbujas artificiales que nos impidan observar el firmamento.

En una comarca característicamente montañosa como Las Merindades debería ser sencillo escribir acerca de sus montañas. Sin embargo no me resulta fácil. La simple enumeración de sierras, montes y cumbres no haría justicia a la belleza, la grandeza y la fragilidad con las que nos asombran. La narración de las ascensiones tampoco me seduce. No me interesan demasiado los nombres ni las altitudes, aunque nos permiten identificar por dónde andamos. Me interesan más las sensaciones que nos generan y que han ido, con los años, diseñando un modo de vida, siempre mirando allá arriba.

Dice un viejo y sabio refrán castellano: “Niebla en la cumbre, montañero a la lumbre. Niebla en el valle, montañero a la cumbre”.

Otro dice “cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo”.

Es el momento, cuando el grajo vuela bajo, de atacar la cumbre. Nieve dura, hielo, cielo raso, ropa de abrigo, crampones, piolet, raquetas o tablas de travesía… Y una buena dosis de energía para afrontar el reto. Hacer de ello una aventura va dentro de cada uno y de su capacidad de imaginar. Si la niebla está en la cumbre, es mejor quedarse junto a la lumbre contando historias o rememorando experiencias.

A mí me gusta el ejercicio de la imaginación. También el del recuerdo. Creo que es una buena combinación. El pasado y el futuro de la mano del presente. Por eso trato de describir en este reportaje una experiencia en la que ambas dimensiones son imprescindibles. Una experiencia que comenzó hace casi cuatro décadas cuando un grupo de amigos del colegio decidió, con apenas catorce años, hacer una acampada en los barrancos de Dulla. Aún no sé muy bien cómo se nos ocurrió aquella idea, ni cómo nuestros padres nos permitieron llevarla a cabo. El caso es que, acabado el octavo curso de la antigua EGB, decidimos que la era de una antigua carbonera sería lo suficientemente cómoda para instalar sendas tiendas de campaña. El lugar elegido nos atrajo como si de algo mágico se tratase. Siempre que vuelvo a Dulla recuerdo con nostalgia aquellos momentos.

Peña Dulla, por lo tanto, se merece un lugar privilegiado en este relato. Fue el comienzo. A esta montaña la precede su nombre, quizá el nombre de una diosa celta. Además, a poco que uno preste atención se dará cuenta de su singularidad, lo que se confirma definitivamente desde su cumbre: es la ubicación, con vistas que se extienden kilómetros y kilómetros, como si de un mar se tratase, sobre una sucesión de valles y montañas, hasta llegar a lugares que el ojo humano tiene dificultades para reconocer. No es de extrañar, por lo tanto, que los romanos instalaran en sus alturas alguno de sus campamentos, como habían hecho con sus poblados los pueblos indígenas.

De Dulla llama poderosamente la atención la configuración del relieve. Los barrancos, arroyos y cascadas hacen de este paisaje, a nuestro modo de ver, uno de los más atractivos de la provincia. Y concentrado en apenas unos pocos kilómetros cuadrados de superficie. Por todos ellos se puede transitar. Es más, por todos ellos es un placer caminar. Y por todos ellos se puede acceder a la cumbre, aunque en algunos con mayor dificultad.

A pesar de que existen varias opciones para adentrarse en esta sugerente montaña, la pequeña población de Quintanilla Valdebodres nos parece el punto de partida ideal. El mismo pueblo anticipa lo que está por llegar. Desde su plaza el GR 1 nos conducirá, durante los primeros kilómetros a través de un camino que en ocasiones se confunde con el arroyo, casi siempre seco, por el que sólo circula agua en épocas de intensas lluvias. El resto del tiempo, el agua se filtra y resurge en el Pozo del Infierno, junto al pueblo.

Los barrancos fueron utilizados como pasos obligados, y únicos, desde tiempos prehistóricos. Más reciente fue su uso por parte de los carboneros que hasta bien entrado el siglo XX trabajaron en la zona. Por ellos acarrearon toneladas de carbón vegetal.
Ahora son los cazadores y senderistas los únicos que los transitan.

A partir de Quintanilla Valdebodres, los barrancos se suceden. Primero el de la Mata, por el que el GR 1 llega hasta cerca de Villamartín de Sotoscueva. Mucho antes, al poco de salir de Quintanilla Valdebodres, aparece el de Dulla (hacia el noroeste) que, a su vez, se bifurca dando lugar al del Campo de la Corza, ante el farallón conocido como del Cable. Allí, en la misma confluencia de estos dos últimos barrancos se encuentra el lugar escogido para aquella ya mítica primera acampada. Y allí, muy próximos, se encuentran los restos de un cable que los carboneros utilizaron para deslizar las cargas de leña hasta la carbonera. Fueron ellos los que construyeron también el sendero que salva el desnivel del barranco de la Coladera, que permite una ascensión directa a la cumbre.

Son sólo pinceladas. En esta ocasión no pretendemos guiar sino sugerir, invitar a descubrir…

En muchos aspectos, sucede algo parecido con la Sierra de la Tesla, ubicada al sur de los llanos de la Merindad de Castilla la Vieja y Medina de Pomar, entre los ríos Nela y Ebro. Por ello y a pesar de su escasa altitud es una de las montañas más conocidas de Las Merindades. Su localización geográfica la convierte también en un completo mirador en el que la vista tampoco alcanza a detallar el horizonte.

La Tesla tiene un atractivo singular. Además de que desde el punto de vista geomorfológico constituye un modelo de plegamiento digno de los mejores tratados de la materia, desde sus alturas las vistas son inigualables.

Un viejo amigo me decía hace años, “en invierno todas las montañas son hermosas”.

Se refería al manto de nieve que las cubre, pero lo cierto es que en Las Merindades las montañas o están blancas o están verdes, no hay transición. Siempre están hermosas. Existen muchas vías para acceder a la Tesla. En realidad, al menos tantas como pueblos se alojan en su entorno. Es la consecuencia del carácter silvoganadero de sus antiguos ocupantes.

No obstante, las rutas montañeras más conocidas y atractivas son las que, por la cara norte, parten de Bisjueces, Barruelo y Quintanalacuesta.

La primera cruza bajo el llamado túnel del viento y alcanza el Canto Modorrillo para desde él llegar con facilidad a la cima. Desde Barruelo, el acceso es más directo. También más exigente. Desde Quintanalacuesta un camino histórico asciende, por encima del castillo de Monte Alegre, hasta el portillo Medina, desde donde por la cuerda se llega a Peña Corba. Entre ellas se puede realizar una interesante y sencilla travesía. La cima de la Tesla, Peña Corba (1329 m) es la culminación de una cuerda de más de diez kilómetros de longitud. Desde ella, pero también desde la mayor parte de la crestería, las vistas vuelven a impresionar. Lo hacen especialmente los Picos de Europa y la Montaña Palentina, con el Espigüete y el Curavacas claramente presentes. También la Sierra de la Demanda, presidida por el pico San Lorenzo. Y por medio el extenso páramo meseteño. El embalse del Ebro, el reverso de los Montes de la Peña, murallón que separa los Valles de Losa y Mena. Los montes vascos… el horizonte parece no tener límites. Y los pueblos, más bien pueblecitos… desparramados a lo largo y ancho de la merindades de Castilla la Vieja y de Cuesta Urria, de Medina de Pomar, de Trespaderne, Tobalina…, en gran parte bajo el gran Monte Humión. Incluso nos parece distinguir algún pueblo de Losa y de Montija. Quizás también de Espinosa. En aparente caos las tierras de cultivo dibujan un mosaico de verdes y ocres que culminan en masas boscosas en cuanto el relieve impide los labrantíos. El río Nela, una vez dejadas atrás las estrecheces del valle en Cigüenza, serpentea liberado, aunque también sólo en apariencia. Desde aquí, desde la cima, parece que estemos contemplando una maqueta. Enfrente, como limitando la mesa de juego, y pequeños también desde aquí, algunos de nuestros próximos retos:

Peña Lusa, la Cubada Grande, el Nevero del Poyuelo y, sobre todos ellos, el Castro Valnera, el Castru.

La Tesla ha sido y es el destino favorito de multitud de niños y jóvenes de Villarcayo, Medina de Pomar, y Trespaderne. Se sea o no aficionado a la montaña, su ascensión es como un rito iniciático. Para los primeros es por la ruta del Canto Modorrillo. Para el resto, por la de Quintanalacuesta. Además esta montaña, incluso para los que tenemos cierta experiencia, permite sentir, en la cercanía, sensaciones propias de lugares más alejados, e incluso remotos. Me ocurre cuando me asomo a los vallejos de Barruelo, casi bajo la misma cima, y me enfrento a pendientes extremadamente pronunciadas que la senda evita por medio de un trazado relativamente suave. Hay momentos en los que uno está rodeado por montaña, solo ve montaña… Es cuando la montaña se hace sentir y te impregna de su esencia. A veces no es necesario ir muy lejos de casa para que eso ocurra.

Quizá la necesidad de esa sensibilidad esté en el trasfondo de ese rito iniciático al que me refería en el párrafo anterior. Lo cierto es que según uno va ascendiendo por cualquiera de sus sendas, el mundo parece más pequeño. Y nosotros más grandes. Y también más libres. Una búsqueda que todo montañero encuentra en la montaña.

La Cordillera Cantábrica se alarga por oriente hacia el norte de Burgos y, aunque modesta, deja su impronta en la que nosotros siempre llamamos cariñosamente Montaña Pasiega. Una montaña con carácter y de carácter alpino, que aparenta ser más alta, más grande y más agreste de lo que en realidad es. Tanto que, sobre todo por su vertiente cántabra, las verticales asustan a los más valientes.

Son montañas singulares desde diferentes puntos de vista. Algunos de ellos ya los hemos tratado en visitalasmerindades.es pues el mundo pasiego nos seduce y es inherente a estas montañas.

Su aspecto alpino y su singular poblamiento disperso le valió el apelativo de la Pequeña Suiza con el que fue calificada por un admirado geógrafo de gran relevancia.

Jamás olvidaré la primera vez que llegué al Bernacho. Fue una pura casualidad. Pura y bendita, añadiría yo. Apenas unos segundos de contemplación y la imagen se fijó en mi cerebro. Era otoño y las hayas contrastaban con el verde intenso de los prados potenciado por una luz limpia y nítida filtrada por la niebla que cubría las cumbres. Eran tiempos de diapositivas. La fotografía digital aún no se había ni tan siquiera pensado. Eran tiempos en los que para hacer una foto tenía que tener la garantía de que iba a quedar como quería. Para ello había que poseer el equipo adecuado, estar en el lugar adecuado y tener la técnica adecuada: a esta fórmula la llamé técnica ELT. Una técnica sumamente difícil. Pues bien, el Bernacho se convirtió en el laboratorio adecuado para, durante años y con un equipo que consideré adecuado, practicar y practicar hasta conseguir una técnica que di por adecuada. El Bernacho se convirtió en un lugar casi sagrado para mí.

Pero sin duda el Bernacho, la antesala de la gran montaña de las Merindades, El Castru de los pasiegos, el Castro Valnera de los montañeros, es algo más que nuestra experiencia. Es un auténtico museo al aire libre. Tanto desde el punto de vista natural como antropológico. El Castru aglutina los elementos más significativos de LA MONTAÑA con mayúsculas, el glaciarismo y el karst, con la esencia de un modo de vida ya prácticamente desaparecido: EL PASIEGO, del que no podemos obviar los elementos paisajísticos más importantes, los prados, la tapias, las cabañas… Un modelo de integración absoluta en un medio frecuentemente hostil que nos apasiona desde niños.

En realidad, este lugar, cuya magia se dispara en nuestras cabezas durante los inviernos gélidos, fue el que dio nombre a nuestro grupo de montaña: COTA 1717. Y, desde su fundación, hace ya más de dos décadas, hemos paseado orgullosos esta modesta pero arraigada cota por la ancha Europa continental y por muchas montañas del planeta.

El Castro Valnera sobresale en un conjunto de montañas de características similares, entre las que se encuentran Peña Lusa y el Cubada Grande, menos conocido, pero en absoluto menos atractivo. Sus vistas y su propia ascensión no tienen nada que envidiar a las otras dos y en invierno, la ascensión a través del pequeño valle de origen glaciar del Curro es indescriptible.

Peña Lusa es la culminación del cordal septentrional del circo de Lunada, una serie de cimas cuyos nombres se suceden desde el
alto de la Imunia hasta el Picón del Fraile, el más alto de la vertiente y ocupado desde hace varios años por una base militar. En
las proximidades se localiza la pequeña estación de esquí de Lunada.

La Lusa, como la llamamos cordialmente, nos permitió, hace muchos años, introducirnos en la técnica alpina. Algunos de sus corredores, sobre los que hace miles de años se asentaron los glaciares situados a menor altitud de toda la península Ibérica, nos sirvieron de escuela y nos propiciaron una accesibilidad razonablemente segura a esas técnicas. Todo ello consolidó un fuerte vínculo hacia esta montaña por parte muchos de los que formamos parte de este grupo y de esta redacción. En la actualidad, cuando transitamos por el puerto de Lunada, nuestros ojos responden gustosos a la llamada de la gran roca que ejerce de cumbre. Es la maravillosa llamada de la montaña, de nuestros orígenes, de quienes nos dieron nombre.

Dormir en los sombríos hayedos que cubren sus laderas y esperar a que se eche la niebla, como es habitual durante el ocaso del día, es como desaparecer de la faz de la tierra, como cuando un niño se oculta tras sus manos, pensando que el resto del mundo no le puede ver. Así de sencillo…

La noche invernal es ya toda una experiencia. Absolutamente inolvidable, aunque poco aconsejable si no se está correctísimamente equipado. Huir del peligro no es lo mismo que huir de lo desconocido. En todas las actividades que llevamos realizando décadas tratamos de minimizar los riesgos. A pesar del impacto que muchas de las fotografías, o incluso de las narraciones, puedan trasmitir, la seguridad es una de nuestras premisas y la de la mayor parte de quienes compartimos esta afición.

Peña Lusa es una gran roca caliza emergida de la tierra sobre la que actuaron decisivamente los glaciares de finales del cuaternario. No es lo mismo, pero cuando la nieve la cubre, el aspecto, y un ligero ejercicio de imaginación, nos podría hacer comprender algunas de las formas que contemplamos. Formas absolutamente glaciares que sorprenden en estas altitudes y latitudes, pero perfectamente estudiadas y documentadas. Desde la cima, como sucedía cuando el Picón del Fraile era visitable, las vistas sobre Cantabria son excelentes. También hacia Las Merindades, aunque el cordal formado por el Pico de la Churra, el Poyuelo y la Carrascosa ejercen de importante barrera visual. No en vano son también algunas de nuestras grandes montañas, las que dan continuidad a estas tierras pasiegas hacia la Merindad de Sotoscueva.

En ocasiones nos topamos con ganado. Algunas cabras y yeguas pastan en libertad. Y nos recuerdan tiempos pasados. Apenas constituyen un testimonio de la intensa presencia ganadera que hubo en estas tierras hasta finales del siglo XX. No en vano, los pasiegos, de los que se trata exhaustivamente en otra experiencia en visitalasmerindades.es, vivieron por y para el ganado. Nos resulta absolutamente imposible separar estas montañas de las gentes que las poblaron. Forman parte de su idiosincrasia. Unas de las otras y viceversa.

Lo mismo podríamos decir de la Cubada Grande, otra mole sobresaliente frente a la cara sureste del Castro Valnera y que permite una buena panorámica del mismo. Son nuestras montañas, insisto, las que nos dieron nombre. Y los recuerdos, algunos lejanos y otros no tanto, pugnan por aflorar de nuestras cabezas según escribimos. Si el descubrimiento del valle del Bernacho fue providencial, no lo fue menos el del Curro, otro pequeño valle cerrado, que parece sacado de un libro de cuentos infantiles, en el que dos cabañas tienen el privilegio de ser sus protagonistas junto con una pequeña laguna en la que, en alguna ocasión, nos hemos topado con un par de aves acuáticas. Allí, en el Curro, en el límite entre las praderas, el bosque y el roquedo se encuentra una de las fresqueras más sugerentes y curiosas de la montaña pasiega.

Desde la cima, las vistas son sustancialmente diferentes dado que ésta es una montaña céntrica y rodeada de otras de parecida altitud. En realidad, nos permite una panorámica excepcional del conjunto del que forma parte, del Castro Valnera, que está enfrente, de Peña Lusa, de la Imunia, de la Churra… Y también, en la lejanía, hacia el noroeste, de los Montes de la Peña, con el Peñalba y el Peña Mayor, que serán nuestros siguientes retos.

Sentado, junto al mojón que señala el vértice geodésico instalado por el Instituto Geográfico Nacional, regresan las profundas sensaciones que provoca la proximidad con la tierra. Uno se siente, con frecuencia, pequeño, pequeñísimo ante la inmensidad del mundo que se extiende a sus pies. El viento, a veces muy fuerte, que casi siempre está presente en estas montañas, transmite los murmullos de lejanos y anónimos sonidos que se funden con su propio silbido. Y de nuevo las palabras se quedan cortas para describir las emociones. Quizá ese sea uno de los objetivos de los aficionados a la montaña: vivir lo que no se puede describir.

Hace ya varios años que nos dimos cuenta de que muchas de esas vivencias se podían obtener en el entorno inmediato. No hacía falta ir a los Pirineos, a Picos, como habitualmente denominamos a los Picos de Europa ni, mucho menos, al Himalaya, para obtener determinadas sensaciones. Lógicamente sí para conocer nuevos lugares, para plantearse distintos retos y para realizar ascensiones potentes. Nosotros optamos por pasearnos por nuestra tierra, conocer cada uno de sus rincones, de sus pueblos… y de sus montañas. Casi nada fuera del alcance de todos y cada uno de sus habitantes. Y así descubrimos y exploramos sendas y caminos, cuevas y simas, la flora y la fauna… Y, a fuerza de observar, de equivocarnos y de investigar, aprendimos. Las montañas de Las Merindades tienen mucho que ver en ello. Sintetizan buena parte de las cosas que nos interesan y que nos hacen tener conciencia de la identidad de nuestro territorio. Y también de su singularidad.

Y singular es, como poco, la crestería calcárea que une el valle de Losa con el de Mena; kilómetros de longitud de un cortado que genera el característico, y casi siempre verde, paisaje menés, valle al que flanquea en su totalidad por occidente. Nos encanta este paisaje porque, entre otras cosas, señala la diversidad de Las Merindades, a la que siempre nos rendimos en visitalasmerindades.es

Este gran roquedo que gana protagonismo según nos aproximamos tiene un aspecto infranqueable. Sin embargo la apariencia da lugar a algunos pasos conocidos seguramente desde tiempos prehistóricos, hasta el punto de que por alguno de ellos transitan caminos y senderos de cierta importancia histórica. Es el caso del llamado camino Árabe, que desde Villasana conecta con Castrobarto y por donde en la actualidad transita el GR 85. También el conocido camino de la Complacera tiene sus implicaciones, aunque mucho más recientes, o la senda de la Complacera, de cuyo uso nos han informado en reiteradas ocasiones viejos estraperlistas. Hay en definitiva varios pasos que hacen de esta montaña, lejos de una frontera, una conexión.

Precisamente en las proximidades del Castro Grande (1094 m) se localiza el conocido túnel de la Complacera, construido a principios del siglo XX para transportar a lomos de los mulos el carbón vegetal fabricado en estos montes hacia la estación de La Robla.

Frente al Castro Grande, separado por unos cuantos metros de vertiginoso vacío, se alzan los cuarenta metros aproximadamente del Pico del Fraile, mítico entre los paisanos del valle que, de algún modo, han hecho de él una seña de identidad. Entre los losinos, ese mismo lugar es conocido como el Diente del Ahorcado y, aunque su apariencia invita a la escalada, este espigón desgajado del Castro Grande no resulta, al decir de los propios escaladores, muy recomendable hacerlo debido al estado de descomposición de la roca.

Éramos casi unos niños cuando descubrimos que, oh sorpresa, al otro lado del valle de Relloso, se encontraba el de Mena. Y qué decir del túnel. A quién se le pudo ocurrir hacer aquella obra… Lo cierto es que cuando uno llega al Castro Grande siente la necesidad de frotarse los ojos una y otra vez ante las sorprendentes vistas panorámicas que se le presentan. El Valle de Mena se contempla en toda su totalidad pero, como dice un compañero, más allá de Mena también hay vida, y vaya si la hay. Hay tanta que de nuevo, las palabras se quedan cortas e inexpresivas. Y huelga decir que uno se queda atónito tratando de enumerar los nombres de los lugares que acierta a identificar.

Pero si hay un sector de esta gran montaña que nos atrae de esta crestería a la que nos estamos refiriendo es el formado por la Peña Hornilla (1253 m), el pico San Mamés (1187 m) y el Peñalba de Lérdano (1244 m) que, junto con la Peña Mayor (1259 m), coronan el cordal. Se trata de una montaña que llama la atención tanto desde el valle de Losa, a la altura de Villabasil y Castresana, como desde el de Mena, desde donde aparenta ser infranqueable.

Ambas vertientes tienen sus correspondientes vías de acceso. Y ambas son absolutamente distintas, y por tanto recomendables. Desde Mena una antigua senda que cruza bajo las vías del ferrocarril de La Robla – Bilbao ha permitido tradicionalmente las comunicaciones entre ambos valles permitiendo el acceso a las cimas desde un collado que recibe el nombre de Portillo del Lérdano. El estado actual de dicho sendero puede provocar algún despiste. En todo caso, este collado, donde se halla la cueva del mismo nombre con una de las salas subterráneas más grandes de España, fue paso, por sorprendente que pueda parecer, de estraperlistas y viajeros hasta bien entrado el siglo XX.

Desde Villabasil otra senda, a veces más intuitiva que real, también se aproxima a la cumbre. Pasa cerca de una antigua lobera, una de esas trampas para cazar lobos que tan frecuentes son en Las Merindades, hoy desgraciadamente en lamentable estado de ruina absoluta.

La cumbre es un buen lugar para observar, pensar y repasar. Túnel, carboneo, lobera… forma parte, todo ello, de un testimonio antropológico, de un pasado que impregna, se quiera o no, todas nuestras montañas de humanidad. Ahora, que subimos por deporte, por afición, por curiosidad o por un reto con nosotros mismos, es un buen momento, tan bueno como cualquier otro, para hacer un merecido tributo a quienes cazaron por necesidad de supervivencia, a quienes trabajaron para llevarse algo de comer a la boca o a quienes fabricaron el carbón vegetal necesario para una sociedad que comenzaba su desarrollo industrial. Sin olvidar a los pastores que también dejaron sus huellas, sus refugios…

Somos conscientes de que nos dejamos en el tintero muchas montañas de Las Merindades, de estas Montañas de Burgos, de La Montaña. No por ello nos olvidamos de ellas, del Coteru la Breña, ya casi más conocido como el Cotero, del Zalama, del Revillallanos, del Cielma y de otros muchos, de menor altitud quizá, pero no de menor vinculación con nuestro nombre, con nuestro pasado y esperamos que con nuestro futuro. Es solo una mera cuestión de espacio. Hemos querido que sean las imágenes las que hablen por sí y esperamos que las retinas que las capten sean capaces de trasladar al cerebro las emociones que tratamos de trasmitir.

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