LA ROBLA: el ferrocarril de la nostalgia

De viaje en el Hullero por Las Merindades de Burgos

El tren tiene algo de especial, es como una filosofía que abre al viajero las puertas a un mundo de sensaciones alejado de las prisas que caracterizan a esta sociedad. Puede que sean los sonidos inherentes a todo ferrocarril, todos distintos y siempre iguales, como si de un mantra se tratase  o quizá sea la propia comodidad la que permita ignorar la tensión propia de otros medios de transporte.

Lo cierto es que, llegado el momento, cuando el tren se detiene en el andén, los viajeros suben con celeridad y cierta impaciencia a los vagones, prestos a tomar asiento, como si las plazas escasearan. En realidad pocos trayectos las cubren. Son personas mayores que regresan a sus pueblos de origen con la vista clavada en el otro lado de la ventana.

Personas que, demasiado a menudo, parece que portan la tristeza en su rostro, o quizá el cansancio y que contrastan con los pocos jóvenes que suben desde Bilbao, de la estación de La Concordia, las tardes de los viernes.

Hasta ellos callan y sólo el rumor del melodioso mantra ferroviario envuelve la placidez del viaje. Es cuando uno se siente viajero de verdad, aún en su propia tierra. Es cuando uno se da cuenta del viaje interior, del de las sensaciones, del cambio continuo de la luz, del paisaje… y es cuando el viaje se transforma en experiencia.

Durante el invierno, buena parte del viaje se realiza de noche. El ocaso se alcanza a la altura del pantano del Ebro. Si el día permanece despejado, algo no del todo frecuente, las montañas que envuelven la estación de esquí de Alto Campoo pueden conformar un bello telón de fondo sobre sus aguas.

En su afán de superar los obstáculos orográficos que le salen al encuentro, el tren acaricia un complejo mosaico cromático generado por bosques, pastizales y praderas que permanecen casi siempre verdes. Es el color de estas tierras del norte de Burgos, un verde diverso, pero siempre vivo.

No cabe la menor duda de que la calidad del paisaje por donde circula el tren de La Robla a Bilbao no tiene el menor desperdicio. Realizar el trayecto burgalés sobre el elegante Ciudad de León, por poner una dosis de romanticismo a la experiencia, es como subirse a una atracción de feria, donde hacer realidad algunos de los sueños de toda infancia. Es el tren cuyo pitido marcaba en la lejanía la hora, un antes y un después. Su eco se propagaba por buena parte del territorio, llegando a escucharse desde muchos kilómetros de distancia y permitiendo incluso en ocasiones un pequeño respiro en el quehacer cotidiano, con el “ya pasa el Correo”. Era el tren que los niños esperaban para contar los vagones cargados de arena de Arija que bajaban hacia Bilbao, o los de carbón que venían desde las minas leonesas y palentinas.

Por todo ello y por otras muchas cosas más, éste sea probablemente también el tren de la añoranza. Una profunda añoranza que Las Merindades tienen del ferrocarril después del manifiesto fiasco provocado por al abandono del proyecto, la gran mentira, del ferrocarril Santander – Mediterráneo.

Estación de Sotoscueva. Una de las seis que se construyeron en Las Merindades. A Pesar de  que lleva el nombre de todo el valle, el edificio se construyó en Vallejo de Sotoscueva.

Durante años, el ferrrocarril supuso la única conexión con el exterior que tenían numerosos pueblos situados en las montañas de Burgos, Palencia y León. Sobre todo cuando los inviernos mostraban su lado más temperamental.

Junto con el balasto blanquecino, renovado en su integridad a finales del siglo XX, las traviesas y los raíles dibujan una discreta y sutil cremallera que parece abrir y cerrar una puerta en el tiempo. El ferrocarril, cerrado al tráfico de pasajeros desde julio de mil novecientos noventa por motivos de seguridad, fue reabierto al mismo el diecinueve de mayo de dos mil tres.

Nostalgia, añoranza, melancolía, morriña, cuántas palabras para decir lo mismo. Lo mismo que la mirada de buena parte de los que aún utilizan este viejo ferrocarril para llegar a sus casas, en pueblos de difícil acceso, perdidos en lo más profundo de la montaña palentina o burgalesa, como es el caso.

Ya no son, a la espera de una próxima renovación, las viejas máquinas de vapor que circulaban por el mítico ferrocarril de La Robla. Ya ni tan siquiera se llama de ese modo ya que aquella vieja compañía fue absorbida por la estatal FEVE hace ya varias décadas. No obstante, también son viejos los trenes diésel que aún circulan, con casi la misma parsimonia, mesura y casi pachorra que sus predecesores, por un itinerario sesgado de curvas y contracurvas, puentes y túneles, taludes y trincheras…y muchos recuerdos.

Iglesia de Las Rozas de Valdearroyo, ya en la comunidad de Cantabria parcialmente sumergida bajo el agua.

El tren de la nostalgia surca aquí, en el territorio del norte burgalés, el valle de Mena para alcanzar las tierras altas de Montija y Espinosa de los Monteros desde donde enfila los valles de Sotoscueva, Valdeporres y Valdebezana y abandonar la provincia por el oeste de Arija, acompañado del embalse de cabecera del río Ebro, un auténtico mar interior.

Es como si el frío aumentase la añoranza. A partir de noviembre, la nieve suele cubrir los montes y más raramente los valles, pero no es extraño que también esto ocurra. Es entonces cuando el viaje puede hacer verdaderos estragos en nuestra imaginación.

La nieve lo cubre todo y a través de las ventanas de los vagones se suceden bellas estampas, una detrás de otra… y los viajeros recuerdan los años de las grandes nevadas, de las que cuentan que ya no se dan. De ese modo le pierden respeto al silencio y surgen historias, unas más bellas que otras, quizá también unas más reales que otras. Y todos se vuelven más niños.

Los mayores, ya muy ancianos, recuerdan los años de después de la guerra del treinta y seis, la época del estraperlo. Las mujeres se inclinan por recordar, quizá más positivas ellas, cuando cogían el tren para ir a las fiestas de Villasana, Cadagua, Bercedo, Espinosa de Los Monteros o Pedrosa de Valdeporres.

No hay época mejor que otra para realizar este viaje; es más, cada una de ellas, cada estación, cada momento matiza de luz, de color… otra época, otra estación u otro momento. No obstante, el invierno es más propicio para viajes como éste, con una importante dosis de nostalgia.

El ferrocarril cruza sobre el pantano del Ebro inmediatamente después de partir de la estación de Arija.

Invierno y tren constituyen una óptima dicotomía con una cierta dosis de magia enmarcarda en los torbellinos de polvo y nieve que levanta el tren según avanza lento.

A todos ellos, sin excepción, el viaje les hace brotar sus más profundos e íntimos recuerdos, y sólo por escuchar, el viaje merece la pena.

 El tren inicia su andadura por territorio burgalés a la altura de El Berrón, en un estrecho desfiladero construido por el río Cadagua que tiene aspecto fronterizo y por el que apenas caben río, carretera y ferrocarril. Aquí comienza el Valle de Mena, tanto física como administrativamente hablando. Y muy pronto llega a la estación de Mercadillo de Mena (en el valle, casi todos los pueblos llevan el calificativo de Mena), elegante y vistosa, lugar propicio para emprender este sugerente y singular viaje a través de las tierras más septentrionales de Las Merindades y por tanto de Castilla.

 La Robla, el ferrocarril de vía estrecha de mayor longitud de Europa, tuvo en esta pequeña estación un singular punto de abastecimiento de carbón vegetal que, aunque en términos generales no resultase significativo, sí lo fue para la   evolución geográfica de los montes próximos. En Mercadillo embarcaba todo el carbón vegetal que se fabricaba en los Montes de Ordunte y especialmente de La Peña. Incluso, a finales del siglo XIX, una compañía inglesa construyó el túnel de La Complacera para facilitar el tránsito de las caballerías que portaban dicho carbón hacia el valle.

El ferrocarril salva una pequeña lengua del pantano por medio de un bello puente que une los dos barrios de la localidad. La estación se halla junto a la planta extractora de arena.

El ferrocarril fue diseñado para proveer el carbón de las cuencas carboníferas palentinas y leonesas a la industria vasca de finales del siglo XIX ya que, aunque de peor calidad que los carbones asturianos o ingleses, los costes de explotación y transporte resultaban muy inferiores.

El cinco de enero de mil ochocientos noventa y uno se concedió la licencia para su construcción a don Mariano Zuaznavar. Dieron comienzo las obras de sus 248 kilómetros de forma inmediata bajo la dirección de obra de Manuel Oraa. El once de agosto de mil ochocientos noventa y cuatro se procedió a la inauguración y el veinticuatro de septiembre se abrió al tráfico, aunque el primer tren tardaría aún varios años en llegar a León.

Vista del Valle de Mena.

Paso a nivel del Puerto del Cabrio.

Estación de Bercedo.

Señalizador de la estación de Espinosa de Los Monteros.

Lejos de tender al llano, el trazado del ferrocarril continúa su tendencia a ganar altura y se encarama hacia los taludes boscosos de los Montes de la Peña, bajo impresionantes cantiles calcáreos de Peña Mayor o Peñalba, casi mil metros por encima. En el puerto de El Cabrio el ascenso culmina junto a la antigua caseta del guardabarreras. Antes, las ventanas del tren deparan sensacionales panorámicas de los pueblos del valle: El Vigo, Vallejo, Vivanco, Irús… todos ellos tocados por la simbólica presencia del arte románico.

El eco del silbido de la locomotora se propaga por el valle dando aviso de su peligrosa presencia. Numerosos caminos y senderos cruzan las vías en dirección a la montaña. Muchos de ellos mueren en ella; son caminos utilizados secularmente para la saca de leñas y carbón vegetal; pero otros, sólo unos pocos, cruzan la sierra por inaccesibles vericuetos, salvando vertiginosos riscos. Parece imposible que por ellos accedieran al ferrocarril los habitantes del valle de Losa que se extiende hacia el sureste.

Y, sin embargo, así lo constatan algunos, en realidad muy pocos ya, protagonistas de tales hazañas. Ignorar tal tenacidad, tal esfuerzo y sacrificio resulta imposible dado que  permanece grabado a fuego en la memoria de cada unos de ellos. ¿Quién que haya cruzado estos montes a través del túnel de La Complacera, los collados de El Lérdano o La Magdalena puede olvidarlo?

Superado el puerto y como un merecido descanso el trazado se suaviza y los pastizales y praderas que envuelven a Bercedo generan un nuevo marco paisajístico. Atrás, hacia el este queda la Peña, en dirección a la vieja merindad de Montija. Al otro lado del amplio collado, al norte, hacia Cantabria queda el Zalama, eslabón de la Cordillera Cantábrica y los  Montes de Ordunte.

Las temperaturas suelen caer drásticamente durante los inviernos; la altitud y sobre todo la exposición abierta a los vientos fríos del norte hacen que buena parte de ellos permanezcan con valores negativos y cubiertos de nieve más de lo que sería natural en otras circunstancias.

Bercedo es un pueblo frío, incluso en lo que se refiere a su propio aspecto, que queda ligeramente al sur del trazado de las vías. Su estación, alejada, forma el núcleo de un pequeño barrio mezcla de aspecto ferroviario y residencial por donde también transita la carretera que se dirige hacia Cantabria a través del puerto de Los Tornos.

El paisaje toma tintes cántabros y se caracteriza por la aparición de numerosas praderas de diente y siega cercadas con muros, viviendas dispersas que constituyen habitación y lugar de explotación y abundante ganado vacuno. Frondosos bosques de rebollos se extienden por las laderas de un monte colonizado por gigantescos molinos eólicos, molinos que provocaron hace unos años uno de las mayores transformaciones paisajísticas de la historia de Las Merindades.

Noceco y Quintanilla de los Prados son poblaciones que confirman esa influencia cántabra que genera muy interesantes elementos arquitectónicos. El ferrocarril, con un trazado sumamente discreto, semioculto entre la vegetación  permite panorámicas muy sugerentes de sus entornos.

El cambio paisajístico es una constante a lo largo del viaje y es quizá uno de sus mayores atractivos, junto al aliciente humano propiamente dicho. De la conjunción de ambos resulta una meritoria y estimable experiencia.

Aunque el traqueteo de tren señala con total    precisión la escasa velocidad a la que circula, lo cierto es que casi sin darse cuenta se presenta a las puertas de Espinosa de los Monteros donde se localiza su estación. Espinosa de los Monteros constituye la cuna de los monteros del rey, legendario cuerpo militar encargado de la   vigilia nocturna del monarca desde tiempos inmemorables.

Ojo Guareña, la cueva de mayor longitud de la Península Ibérica y quizá una de las más interesantes del mundo, es también un aval para que la zona pueda afrontar el futuro con entusiasmo.

La villa queda desplazada al norte del ferrocarril lo que permite obtener unas buenas panorámicas desde las ventanas del tren. Sobresale la torre de la Iglesia de Santa Cecilia ante el magnífico fondo del valle glaciar de menor altitud de la Península Ibérica: el que asciende hacia los portillos de Lunada, La Sía y Estacas de Trueba, ya en pleno dominio pasiego y con una calidad paisajística y antropológica de incalculable valor.

Una torre de carácter militar, perteneciente en su momento a la Casa de los Velasco, se alza estratégicamente sobre el río Trueba a la salida de Espinosa de Los Monteros antes de dar comienzo el valle de Sotoscueva, que conforma una de las viejas merindades que da nombre genérico a la comarca: La Merindad de Sotoscueva, gran parte de cuyo territorio ha sido declarado Monumento Natural como consecuencia fundamental del gran valor del Complejo cárstico de Ojo Guareña, una de las mayores cavidades subterráneas del mundo.

Sotoscueva es como un rosario de pequeños pueblos con carácter.  La arquitectura tradicional del norte de la provincia de Burgos tiene en ellos alguno de sus mejores ejemplos.

A partir de Espinosa de los Monteros el ferrocarril se aloja en la ladera meridional de  los montes del Somo, donde  la vegetación es vigorosa y variopinta. El paisaje que, como si de una película se tratase, surge de las ventanas de los vagones, es emocionante mientras las trincheras, puentes y taludes se suceden a lo largo de un trazado curvilíneo cuyo diseño generó diversas controversias.

El convoy circula lento, tanto que en ocasiones parece al alcance de cualquiera que camine ligero.

Numerosos caminos cruzan las vías  poniendo en verdadero riesgo a los pocos transeúntes que aún los utilizan. El obstinado pitido de la locomotora  avisa con persistente rutina de su amenaza.

Próximo al kilómetro 231 se localiza el andén de El Rebollar, un pequeñísimo pueblo de apenas cuatro casas con la sobresaliente presencia de una iglesia que en su día formó parte de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y que cuenta con algunos elementos románicos.

Pero en realidad, en El Rebollar lo que late es una extraña conjunción de paisaje, arte, historia y quizá una importante dosis de mitología que la tradición popular se ha encargado de avalar. La posibilidad de que por aquí se aventurase un primitivo camino jacobeo gana adeptos entre quienes lo considerarían un potencial atractivo para el valle.

Apenas a dos kilómetros de distancia por una estrecha e intransitada carretera se localiza la Casa del Parque del Monumento Natural de Ojo Guareña, en Quintanilla del Rebollar, de modo que el pequeño andén de El Rebollar puede constituir un sugerente punto de encuentro con este espacio natural, de un modo especial para andarines y viajeros a los que no asuste la caminata.

No obstante es en Vallejo de Sotoscueva, kilómetro 224,4, donde se halla la única estación del valle; quizá por ello recibe el nombre de Sotoscueva.  En ella suele haber tránsito de viajeros y es que en realidad pocos de los que proceden de Bilbao se dirigen más allá de los límites de la provincia de Burgos. Son Espinosa de los Monteros, éste de Sotoscueva, Pedrosa y Arija los destinos más frecuentados, algo lógico si se tiene en cuenta el escaso vecindario del resto de las localidades.

Sotoscueva, valle y merindad, es decir, tanto desde un punto de vista geográfico como administrativo, está  privilegiada por un equilibrado paisaje que gira, como su nombre indica, alrededor de su propia esencia, de su cueva, de su romería y de su historia más remota.

Después de pasar junto a Entrambosríos el ferrocarril se interna en un largo túnel que le conduce, bajo el alto de la Varga, a otro valle y otra merindad: Valdeporres.

Cronología del ferrocarril

En 1890 se constituyó la Compañía del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda con el objetivo de construir una línea férrea para abastecer del carbón de las cuencas leonesa y palentina a las industrias vascas. La compañía inició su andadura con un presupuesto de 16 millones de pesetas. En 1892 se abrió al tráfico el tramo desde Valmaseda hasta Espinosa de los Monteros.

En 1894 se produjo la inauguración oficial de los 284 km de línea entre Valmaseda y La Robla. Con su puesta en servicio en el mes de septiembre, esta línea se convierte en la vía estrecha de mayor longitud de España.

En el año 1916 la línea logra su mejor resultado económico con más de cuatro millones de pesetas de beneficios.

Entre 1934 y 1937 se interrumpe el servicio como consecuencia de diversos avatares políticos y bélicos.

En 1963 y después de varios ejercicios desastrosos, la compañía presenta el Plan de Modernización del Ferrocarril de La Robla que incluía la adquisición de maquinaria diésel entre otras actuaciones.

Durante el año 1972, el Consejo de Administración de la Compañía solicita al Ministerio de Obras Públicas la rescisión de la compañía. Desde entonces asume su explotación FEVE.

Entre 1980 y 1990 se lleva a cabo un proceso de modernización del material que culmina con la sustitución de locomotoras, vagones y otros materiales. En 1991 y por problemas de seguridad, el Ministerio de Obras Públicas y Transportes cierra al tráfico de pasajeros el tramo entre Matallana y Bercedo.

En 2003 se reabrió al tráfico desde Bilbao a León.

En 1943, durante el gobierno de Franco y como consecuencia de la construcción del embalse del Ebro, el itinerario del ferrocarril fue modificado sutilmente y se trasladó hacia el sur.

Al otro lado el ferrocarril descubre un paisaje de similares características: praderas, pastizales y bosques. Bosques que se extienden con el paso del tiempo, ganando terreno a antiguos pastizales, y que amenazan, como en el caso de Rozas, la integridad de los propios pueblos, ya de por sí camuflados en el paisaje, también siempre verde.

Y es que este enclave, rodeado de montañas de aspecto infranqueable, Peña Dulla, Nevero del Poyuelo, Coteru la Breña o La Maza de Bezana, estuvo a punto de convertirse durante el primer cuarto del siglo XX en un importante nudo ferroviario y numerosas instalaciones y obras de fábrica hoy arruinadas lo rubrican.

Hoy, convertidas en ruinas o camino de serlo, casas, andenes, puentes, intercambiadores y varios túneles recuerdan un ambicioso proyecto que nunca llegó a ejecutarse en su totalidad: el ferrocarril Santander – Mediterráneo, cerrado al tráfico antes de su llegada a Santander y acometidas ya las obras de mayor envergadura. Pero éste será seguramente el protagonista de un próximo reportaje de Paralelo 43.

Antes de arribar a la estación de Pedrosa de Valdeporres el trazado del ferrocarril describe una pronunciada curva que le sirve para aprovechar las curvas de nivel y adentrarse en el valle del río Engaña a la altura de Rozas y San Martín de Porres por donde, a su vez, el Santander – Mediterráneo debería haberse encaminado hacia Santander a través de los Montes de la Divisoria.

La propia capital del municipio de Valdeporres denota cierto aspecto ferroviario. Hileras de pequeñas casas escoltan a las vías a la entrada del pueblo, cuando éstas se desdoblan para facilitar la maniobrabilidad. Es el kilómetro 218,754 y el tren llega a la estación.

El pequeño río Engaña acompaña durante un corto trecho a los viajeros. Pocos metros más allá desembocará en el Nela, quizá el primer gran afluente del Ebro. Aguas arriba, el Engaña recoge las de las últimas estribaciones de la Cordillera Cantábrica generando paisajes inhóspitos donde habitaron los últimos osos de Burgos. De eso hace ya siglos.

Más allá de Pedrosa de Valdeporres, ignorado el ramal que durante años enlazó ambos ferrocarriles en Cidad – Dosante, el paisaje se hace desolador y vaticina el que está aún por llegar.

A lo largo del itinerario que describe el tren de La Robla a su paso por Valdeporres su trazado se convierte en auténtico y verdadero protagonista.

La estación de Robredo – Haedo, situada en ninguna parte, fue paradójicamente testigo de feroces combates durante la Guerra Civil. De hecho, el tráfico fue suspendido durante un largo periodo de tiempo después de que un convoy fuera dinamitado.

Desde la antigua estación de Cidad – Dosante, construida en 1930 como estación de trasbordo del Santander – Mediterráneo, el ferrocarril describe un trazado que se ve obligado a salvar 150 metros de desnivel hasta la de Soncillo, en apenas diez kilómetros. Por ello, el tren retoma su ritmo lento, a veces exageradamente lento. Hasta que corona y llega al páramo de Cabañas de Virtus donde inexplicablemente se alza la estación de Soncillo, distante varios kilómetros.

El páramo suele permanecer cubierto de nieve durante los inviernos que, haya o no nieve, aquí son siempre fríos. La desolación del paisaje invernal toca techo al aparecer en el horizonte las aguas del pantano del Ebro. Nadie diría entonces de hallarse donde se halla de no saberlo.

Un paisaje desolado no es sinónimo de un paisaje feo; antes al contrario. Hasta Arija, última estación de la provincia de Burgos y por lo tanto final de este magnífico recorrido, el pantano genera magníficas instantáneas.

Y por fin, aunque den ganas de continuar, el tren llega a la estación más activa del trazado realizado. La presencia de Arenas de Arija, con elevada actividad, suele deparar la presencia de algún convoy de mercancías con destino al puerto de Bilbao.

Más allá quedan lugares que propician la continuidad del viaje. Entre ellos destacan Montesclaros y Mataporquera, lugar donde el tren se cruza con el que regresa hacia Bilbao.

INFORMACIÓN DE INTERÉS

El itinerario del ferrocarril en Las Merindades permite viajar desde cualquier punto del trazado hasta Mataporquera (Cantabria), donde ambos trenes se cruzan. Cambiando de tren se regresa de nuevo en dirección al punto de partida.

El precio del itinerario desde Bercedo hasta Mataporquera ida y vuelta es de aproximadamente 10€ para un adulto y 6€ para los más pequeños.

León – Bilbao

18:42     ARIJA

18:49     Cabañas de Virtus

18:52     SONCILLO

18:59     Robredo-Ahedo

19:05     Dosante-Cidad

19:09     PEDROSA DE VALDEPORRES

19:18     SOTOSCUEVA

19:26     Redondo

19:35     ESPINOSA DE LOS MONTEROS

19:38     Quintanilla Los Prados

19:44     BERCEDO DE MONTIJA

20:01     Cadagua

20:12     MERCADILLO

20:20     Ungo Nava

20:28     Arla-Berrón

Bilbao – León

15:25     Arla-Berrón

15:33     Ungo Nava

15:42     MERCADILLO

15:54     Cadagua

16:13     BERCEDO DE MONTIJA

16:19     Quintanilla los Prados

16:23     ESPINOSA DE LOS MONTEROS

16:31     Redondo

16:39     SOTOSCUEVA

16:48     PEDROSA DE VALDEPORRES

16:52     Dosante-Cidad

16:58     Robredo-Ahedo

17:05     SONCILLO

17:08     Cabañas de Virtus

17:16     ARIJA

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