Siente con visitalasmerindades.es la magia de los castros de la Edad del Hierro.

La Edad del Hierro

Castilla aparece por primera vez en la documentación, de una forma segura y fiable, el 18 de enero del año 836, en un diploma que relata la actividad apropiadora del presbiter Kardellus, quien dota a la iglesia de San Andrés de Asia (San Andrés de Aja, Valle de Soba) con dos villas: “in Castella quod nominatur Uilla Kardelli, de nominis mei, et Uillella”.

En esta tierra, todo el mundo ha escuchado alguna vez que el nombre de estas tierras procede de la gran presencia de castillos que nuestros antepasados tuvieron que construir para defenderse de los moros. La palpable solidez de la piedra castellana de torres y castillos pasó así a convertirse en el fundamento ilusorio de lo permanente. Pero con ser cierto que hubo una época en que las gentes castellanas hubieron de defender el territorio de los ataques musulmanes, las raíces del término hay que buscarlas mucho más atrás. Precisamente, en piedras hoy olvidadas, enterradas no sólo en el inconsciente colectivo sino en el propio subsuelo de las tierras de Castilla, retornando así al origen, la roca madre castellana.

Pese a todo, los vestigios de estas piedras maltratadas por la historia, llegan todavía hoy a nuestros días, conectando lo que somos con las gentes de la Edad del Hierro. Ellas fueron las que construyeron la primera gran estructuración de nuestro territorio: los sistemas castrales. Ancestrales silvoganaderos montañeses, dedicados a una ganadería extensiva semitrashumante, hoy en día habitantes del mito, con una agricultura subsidiaria muy precaria, y unos hábitos urbanos inexistentes, pero libres y señores de su territorio, que lo conocían como la palma de su mano, tenían por costumbre vivir en castros.

Un castro es un hábitat de altura, generalmente con funciones defensivas y de control del territorio circundante. Normalmente, manifiestan construcciones de fortificación, aprovechando también como defensa las propias condiciones naturales del emplazamiento. Los primeros castros aparecieron a finales de la Edad del Bronce, pero fue durante la Edad del Hierro cuando se desarrolló y consolidó el sistema castral como forma de ocupación del territorio.

En toda la montaña cantábrica peninsular se tiende a una superpoblación dispersa: una abundante población distribuida en multitud de pequeños asentamientos castrales. Se trata de una adaptación extensiva al territorio, como respuesta a la precariedad del desarrollo de las fuerzas productivas y reproductivas del sistema social.

La estructuración territorial propia de los sistemas castrales de la Castilla montana no es homogénea y continua, es difusa, a veces en mosaico, dependiendo de la situación de los recursos explotados y el acceso a ellos. En Las Merindades, existen, de forma segura, en torno a treinta y cinco, otros diez posibles, sin contar con los que puedan ir apareciendo en el futuro.

En general, se trata de castros serranos de altura, con dimensiones reducidas y un desarrollo precario. Los orientales son los más evolucionados y celtiberizados, adivinándose en esta zona una colonización agropecuaria más temprana y profunda. Por el contrario, en el área occidental los asentamientos están menos desarrollados y apuntan a una economía silvoganadera, basada en la ganadería extensiva y una agricultura dependiente muy rudimentaria.

Existen ámbitos, como las cuencas sedimentarias del sinclinal Villarcayo-Tobalina, donde los castros son escasos. Es debido a que el terrazo era diferente en aquellos tiempos. Los grandes llanos que hoy observamos, auténtico granero de la comarca, no eran tales. Debido a una mayor pluviosidad, y a que las cuencas hídricas no estaban tan encauzadas como en la actualidad, las llanuras aluviales ribereñas a ríos y arroyos eran bardales encharcadizos, auténticos fangales impracticables durante buena parte del año. No será hasta la Alta Edad Media cuando se produzca la roturación masiva de los Llanos de Castilla (cuencas bajas del Nela, Trueba y Jerea), consecuencia de la explosión demográfica, que habrá de conducir al excedente poblacional allende el Ebro.

El castro de la Edad del Hierro del pico Casares, en las proximidades de Ahedo del Butrón ejerce el control estratégico de buena parte de los cañones del Ebro y de los pasos hacia estos desde el páramo.

Teniendo en cuenta que la ocupación de los castros de esta comarca no hubo de ser sincrónica, la densidad de población en Las Merindades, durante la Edad del Hierro, sería más bien baja. Frente a la idea de una territorialidad estanca, la movilidad era un aspecto fundamental en la vida de estas gentes, pues se dedicaban, principalmente, a la ganadería extensiva, estructurada en forma de trashumancia de corto recorrido, por prados de llanos y valles, o estacional, hacia las grandes praderías de los altos. La semitrashumancia, e incluso cierto seminomadismo (muda itinerante sin retorno definido), fueron hábitos ancestrales entre aquellas pequeñas comunidades. De hecho, fueron tolerados, aunque vigilados de cerca, por la administración romana posterior, llegando hasta nuestros días reminiscencias de aquellos tiempos en forma de pastos mancomunados o muda pasiega.

En este sentido, cualquier modelo rígido de atribución de asientos territoriales a estas gentes serranas, en las que cada comunidad ocuparía un espacio claramente delimitado adscrito a un gran centro castral, es propio de otras realidades socioculturales y económicas más meridionales. En Las Merindades no existen esos grandes oppida de otros territorios, vinculados directamente con grandes llanuras cerealistas, ricas explotaciones mineras o importantes rutas comerciales. Tampoco se dan, en la distribución de estos pequeños castros montanos, relaciones de dependencia con centros habitacionales de mayor envergadura. Estos son castros pequeños, serranos y dispersos.

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