Tras la huella de los eremitas

A lo largo del alto valle del río Ebro se produjo, a comienzos de la Edad Media, un curioso e interesante fenómeno socio-religioso: Una serie de monjes que reciben el nombre de eremitas abandonaron la sociedad en la que habitaban y se asentaron en los valles más recónditos y solitarios de estas tierras.

Para entender la magnitud espiritual del proceso quizá sea necesario situarse en una de las iglesias rupestres que construyeron, cerrar los ojos y trasladar la mente a hace casi milenio y medio. Desaparecen todas las huellas de la civilización: carreteras, líneas eléctricas, deforestaciones y roturaciones de bosques. Este primer intento de aproximación puede dar una idea de las condiciones de vida de aquellas personas.

 

Sólo requerían la soledad que encontraban en los valles olvidados y discretos, agua y unas mínimas y precarias posibilidades de subsistencia.

El fenómeno eremítico en Las Merindades tuvo su vigencia fundamentalmente entre los siglos VI y el X. Bien de forma individual, bien colectiva, los hombres de esos siglos que decidieron apartarse de la sociedad para dedicar sus almas y sus cuerpos a Dios optaron por asentarse en lugares aislados (que no inaccesibles) donde practicar una vida de ascetismo que perfeccionase tanto sus cuerpos como sus almas. Sin entrar en detalles sobre el tema, supusieron un ejemplo, un gran ejemplo más bien, de vida espiritual para sus contemporáneos por lo que suponían de modelo a imitar (al menos los buenos eremitas, que de todo había). Pero la vida evolucionó y las gentes dejaron de ver los eremitorios y sus eremitas como centros de referencia espiritual. Surgió, en consecuencia, un nuevo modelo que iba a ocupar aquel espacio: la aldea y su iglesia parroquial. Al perder el carácter de referencia, los mismo eremitas se sienten “solos” (sienten que ya no es necesario manifestar la espiritualidad de esa manera) y comienzan a replantearse su existencia y su “misión” dentro de la iglesia. Solo así se comprende el trasvase paulatino de eremitas hacia centros monásticos de mayor o menor rango y la desaparición de los mismos: simplemente ya no eran necesarios para la comunidad, ya no eran su referencia, ya no les llenaban espiritualmente… Su momento había pasado, como la sociedad que los “creó”. Ahora los hombres que son tenidos como santos en vida residen fuera de la cueva.

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