El nombre de Castilla

Desde mediados del siglo V, al amparo del liderazgo pastoralista, de la protección de la media altura y del parapeto de los riscos, las aldeas serranas comenzaron a proliferar en los peñascos y balcones montanos de Las Merindades. Mucho antes, por tanto, de que los nuevos señoritos, los visigodos, se hicieran definitivamente con el territorio.

Esas aldeas en las que buscó refugio la gente, se llamaban originariamente “castella”, plural neutro de “castellum, –i”, diminutivo de “castrum, –i”. Etimológicamente, algo así como “castritos”, podríamos decir.

Para poder entender adecuadamente la secuencia de acontecimientos que se irán describiendo, y su reflejo lingüístico, cuya importancia no será poca, debemos hacer un pequeño análisis de algunas cuestiones relacionadas con el romanceo de “castellum/castella”. Toda la reflexión se referirá al romance castellano, no a otros romances peninsulares ni extrapeninsulares. Además, contamos en esta comarca con sus primeras manifestaciones escritas: los cartularios de Santa María de Valpuesta.

Se debe tener en cuenta que las lenguas son realidades vivas. Por mucho que se empeñen poderes, instituciones o gramáticos, tienen que pasar por la boca de la gente. El cambio lingüístico no sólo viene avalado por el carácter diacrónico de los sistemas simbólicos, sino que también se ve afectado por lo que podríamos denominar su aspecto espacial u horizontal. Porque, salvo en comunidades muy pequeñas, la diversidad dialectal de las lenguas es un hecho suficientemente demostrado. Por ello, la homogeneidad sincrónica de una lengua suele estar más en la normativa y los manuales de gramática que en el habla real. En el caso del latín, su vulgarización y romanceo, que es lo que nos interesa analizar, es algo ampliamente estudiado.

La latinización de la Romania se produjo en un intervalo de tres siglos y medio. Como en su día analizó Menéndez Pidal, la propia latinización de Hispania, más allá de la influencia de los substratos regionales y locales previos, no fue homogénea. El centro norte peninsular, donde surgirá el romance castellano, será la zona lingüística más retardataria del contexto románico peninsular, junto con el ámbito gallego-portugués. En este sentido, de no poca importancia fue el hecho de que nuestra comarca no quedara integrada en los grandes centros urbanos, vías de comunicación y circuitos comerciales romanos. De hecho, el peculiar carácter montañés, norteño y arcaico del castellano, en relación con otros romances, es algo que no deja de sorprender a quien estudia sus orígenes.

Además, y esto es muy importante, cuando estudiamos el origen del castellano, lo hacemos a partir de documentos. Y la documentación tiene una tendencia conservadora que le hace ir siempre por detrás del habla real. En su pretensión de fijar hechos, a menudo retrotrayéndolos falsamente a años anteriores a los que en realidad ocurrieron, manifiesta también la tendencia a fijar el lenguaje que usa, recurriendo, muy a menudo, a antiguas formulas y estructuras preestablecidas que nunca formaron parte del habla. Escribir, a fin de cuentas, no es sino meter en vereda el verbo, ajustarlo a formalismos, normas y estereotipos. La escritura se retuerce y cambia, cuando ya se hace imposible traducir a grafías lo que dice la gente. A menudo, los escribas se ven en la obligación de hacer cabriolas literarias de importancia, que seguramente les hicieron sudar sobre la tripa de becerro. A veces se hartan, como en San Millán, y anuncian que van a escribir como habla el común. En la documentación valpostana observamos esta torsión de la escritura en muchas ocasiones.

En Valpuesta encontramos claramente atestiguado el paso del latín “castellum/castella” al romance castellano “castello/castellos”. Por ejemplo, en el documento 142 (1123) del Becerro Gótico se identifica el lugar donde se da fe del documento como: “Uarrio delante ipso castello de Berbeia”. Pero en la  posterior copia del Becerro Galicano, en la que el copista intenta latinizar lo copiado, aparece así: “Barrio ante ipsum castellum de Berbeio”.

En la transformación “castellum/castella”-“castello/castellos”, los especialistas distinguen una complicada secuencia de cambios. En primer lugar, hay que hacer referencia a la tendencia del bajo latín a confundir declinaciones, casos y géneros. En nuestro caso, el lío se documenta incluso antes, pues ya hacia fines del siglo II o comienzos del siglo III el famoso jurisconsulto Domitius Ulpianus, cuyos escritos no son nada vulgares, utiliza el masculino “castellus, –i”, en lugar del ortodoxo “castellum, –i” neutro.

De hecho,  el género neutro fue desapareciendo del latín vulgar, en un proceso ya apuntado en el propio bajo latín. Por ello casi todas las lenguas románicas tienen dos géneros, con la única excepción importante del rumano. En el caso de la segunda declinación, normalmente lo que ocurre es que los neutros se convierten en masculinos, con las pequeñas excepciones de algunos sustantivos de sentido colectivo. Esto es precisamente lo que fue ocurriendo, ya en el bajo latín, con “castellum, –i”, que lo podemos documentar como un masculino de nominativo singular en –us muy tempranamente.

Multitud de confusiones de casos aparecen ya en los documentos más antiguos de Valpuesta, y los escribas tratan de paliarlas mediante el uso de preposiciones. En concreto, se observa la inclinación a formar los sintagmas a partir del acusativo, pues fue el caso que se conservó cuando los demás fueron desapareciendo, y es habitual la pérdida de su marca paradigmática para el singular: –m.

Este fenómeno es el que daría con “castellum” en “castellu”, que sería pluralizado utilizando la paradigmática marca del plural en la declinación latina, que es –s. No otra sería la explicación de que en el sermo rusticus se hubiese pasado mucho tiempo atrás del “castellum/castella” al “castellu/castellus”, pues el romance “castello/castellos” no cayó del cielo.

El proceso de aparición de “castellu/castellus” en los actos de habla de los paisanos de Las Merindades fue paralelo a la descomposición de la declinación latina, que ya venía apuntándose en el bajo latín con confusiones del nominativo con el vocativo, la utilización del acusativo como caso modelo, la multiplicación de los complementos preposicionales, etc. En cualquier caso, todo indica que si sumamos el cambio de género con la derivación hacia el acusativo, el neutro plural “castella” tuvo los días contados en Las Merindades desde épocas muy tempranas. No es un fenómeno especial, se trata de la consecuencia lógica de los cambios que ya en la lengua latina (no la confundan con los manuales y gramáticas al uso) se vienen observando desde la Tardorromanidad. Porque las pérdidas y confusiones de casos en el bajo latín son un hecho, que con el tiempo dará como resultado en los romances la declinación de un solo caso con preposiciones.

Posteriormente, sobre el “castellu/castellus”, tuvo lugar la típica apertura de la “u” en “o”, que en la documentación castellana observamos constantemente. Este hecho convertiría el “castellu/castellus” en “castello/castellos”. No obstante, Menéndez Pidal observó la peculiar perduración de la “u” en el centro norte peninsular. Tanto en Asturias, como en Cantabria, Las Merindades o la Bureba, se escucha hasta hoy en día en el habla de los paisanos la –u por la –o en el final de palabras en singular: gatu, carru, perru… Incluso se registra en la documentación hasta el siglo XIII. Su antigüedad, frente a la “o”, nos la indica también su pervivencia en muchas terminaciones de palabras vascas de origen latino: biku, maskelu, gaztelu… En fin, todo indica que entre el bajo latín tardorromano, vulgarizado ya desde la Tardoantigüedad por las gentes de nuestra comarca (si es que en algún momento fue más que eso), y el romance castellano, que comenzó a partir del siglo VIII, se produjo algo muy parecido a: “castellum/castella”-castellu/castellus”-“castello/castellos”.

Por último, habría que hacer referencia una traslación semántica que se observa en el largo período que va desde el “castellum/castella” al “castello/castellos”. En este caso no se trata de cuestiones lingüísticas, sino, como veremos, de usos y necesidades materiales, es decir, de historia. Efectivamente, si bien es cierto que en una etapa intermedia se seguirá llamando “castellos” a las fortificaciones habitacionales aldeanas; por “castello”, “burg” en germánico, se llegará a entender una fortificación que ha perdido su función doméstica y habitacional expresa, conservando únicamente las de tipo político, administrativo o militar. Esta transformación semántica se explica porque el levantamiento de torreones tipo castillo o burg irá coincidiendo con la extemporaneidad de la fortificación, construida o natural, de las aldeas habitacionales.

De todas las transformaciones analizadas tenemos ejemplos en los Becerros de Valpuesta. En el documento 42 (971) podemos observar la predominancia del acusativo, pues aparece en la función de sujeto, la pérdida de su –m, y también la apertura de la –u en –o: ista regula que fecit meo patre (<meum patrem). La desaparición del plural neutro en –a en favor del plural masculino en –us (“castella”-”castellus”), se documenta, por ejemplo, en “testamentus” 3 (834), “capitulus” y “concilius” 176 (1184), donde neutros latinos en –um se utilizan como plurales masculinos en –us, no plurales neutros cultos en –a. La apertura de la “u” está por todas partes en la documentación de Valpuesta. También la constatamos en el documento fundacional de Oña (1011), cuando aparece Santa Cruz de Andino como “villa Castello Dei”. En el referido 142 (1123) de Valpuesta,  no sólo testificamos la transformación “castellum”-castello”, sino también cómo el antiguo castro de Berbeia perdió sus funciones habitacionales a favor de Barrio, convirtiéndose en un castello con otro tipo de funciones.

Después de lo dicho, y teniendo en cuenta que nuestro romanceo del latín vulgar ha de comenzar no más allá el siglo VIII, ¿tendrían en boca el ortodoxo “castella”, como plural neutro de “castellum, –i”,  los paisanos de Las Merindades hacia finales del siglo VII? La respuesta se nos revelará importante.

Pues bien, parece claro que hacía mucho tiempo que los paisanos ya no pronunciaban la palabra “castella”, y tuvieron que pasar algunos años hasta que volvieran a usarla en un sentido nuevo, como topónimo. Oliver Asín lo afirma con rotundidad: para esa época “castella” es ya un cultismo desaparecido desde la Tardoantigüedad del sermo rusticus latino de Castilla. Ni documentalistas regios, ni eminentes escribas monacales, pisaron aún nuestra comarca. Ciertamente, no había centros de poder, ni estructuras administrativas o militares, que avalaran el uso formal y reglamentado de lengua alguna en esa época. Además, tampoco “castella” era un registro toponímico antiguo. Las gentes estarían utilizando desde tiempo atrás únicamente el “castellu/castellus”, que luego daría en el romance “castello/castellos”.

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