Además del agua, por el cauce del Ebro corren raudales de historia, arte y biodiversidad.

El río Ebro: el río del condado castellano.

La llegada a la provincia de Burgos del Ebro no puede ser más espectacular.

Es la localidad de Orbaneja del Castillo  a que le da la bienvenida: Un avance de lo que Las Merindades le deparan.

 

El Ebro es responsable, si no en su totalidad, sí de gran parte de la configuración en valles del paisaje de las Merindades: Zamanzas, Manzanedo, Valdivielso y Tobalina son prueba fehaciente de ello. La línea que marca su continuidad la dibujan los profundos y quebrados desfiladeros de los Tornos, los Hocinos, la Horadada y, finalmente, Sobrón, que despide de la comarca a su gran río.

Aguas arriba del territorio burgalés, y aún después, las aguas del Ebro permanecen almacenadas en el que constituye su embalse de cabecera. Y, aunque el curso del río queda lejos de Arija y de las tierras de Burgos, con el llenado de la presa de Arroyo, inaugurada por Franco en 1952, sus aguas no sólo se aproximaron a esta localidad burgalesa sino que fueron las responsables del mayor cambio paisajístico de su historia.

El proyecto de la presa de Arroyo fue redactado por el ingeniero don Manuel Lorenzo Pardo.

Pronto, siendo apenas un arroyo, el Ebro labra con sus primeros esfuerzos los preámbulos de lo que le espera y, bajo la atenta mirada del monasterio dominico de Montes Claros, afronta Valderredible, salpicado de misterioso eremitismo e interesante románico. Origen, sin duda, de las raíces castellanas.

Antes de entrar en el valle de Zamanzas, incluso ya en la demarcación de Las Merindades, las aguas bravas del ya gran río, han excavado los profundos y conocidos cañones del Ebro, uno de los paisajes más bravíos de la Península Ibérica (Paralelo 43/1/btt).

Zamanzas apenas es algo más ancho, aunque sí lo suficiente para que el río relaje sus aguas, otorgándose una breve pausa en la que baña los pueblos de Pesquera, Villanueva Rampalay, Tubilleja y Tudanca, éste ya en el municipio de Los Altos. Pueblos ribereños ligados con rotunda intensidad al Ebro, que ha contribuido de manera decisiva a su supervivencia a lo largo de la historia. La pesca de truchas, barbos y anguilas constituyó un pilar tradicional en el sustento de sus habitantes. Cuando uno se asoma al puente de Villanueva Rampalay no se explica de dónde viene el río… ¡ni adónde va! Sólo conociendo su tenacidad y bravura se logra comprenderlo. 

Los carboneros anduvieron por los quebrados montes que dificultan la circulación de las aguas y dejaron sus huellas: numerosas eras aún conservan sus muros de contención y muchos de los caminos por los que evacuaban el carbón vegetal conforman hoy en día magníficos senderos para la práctica de la caminata.

Las aguas del río resuenan incesantes, varios metros por debajo de los caminos, que ofrecen magníficas vistas de los rápidos en los que no es infrecuente ver intrépidos practicantes de rafting y piraguismo. 

Hasta Puente Arenas, donde el viejo camino de Burgos al Cantábrico cruza el Ebro mediante un antiquísimo puente, no existía otro que permitiese el paso. Existieron vados en zonas de aguas poco profundas y rudimentarios pontones de madera construidos sobre pilastras de piedra que con relativa frecuencia eran arrastrados por las fuertes crecidas invernales y primaverales. Más tarde se comenzó a sustituir la madera por los tableros de hormigón. En Tubilleja, Tudanca, Cidad, Argés y Remolino estos singulares pontones constituyen privilegiados miradores sobre el río. Su entorno agreste y quebrado ofrece algunas de las panorámicas más bellas e inéditas de la provincia.

El Ebro, como todos los ríos, y más si cabe por ser un gran río, es un continuo suceder de diversiddad y a su vera se localizan numerosos lugares de interés en los que el patrimonio histórico no se queda por detrás del natural.

Osados castros observan sobre los meandros del río, vigilantes ante probables incursiones y con la seguridad de su propia localización, por lo infranqueable de sus accesos. Asomarse a los cantiles rocosos de los de Tudanca o Cidad, además del riesgo intrínseco que supone, permite comprender el porqué de su localización. Estos castros, íntimamente ligados al curso del Ebro, y que se prolongan hacia el este, aguas abajo hasta el magnífico de monte Sagrado, en Condado de Valdivielso, dibujan una interesante línea de investigación…

La vida fluye en el Ebro. Desde aquellos cantiles mencionados  reiteradamente ya no resulta difícil observar el vuelo de alguno de los muchos buitres leonados que nidifican en ellos. Multitud de insectos, mariposas, reptiles y anfibios convierten a éste en un río aún más grande y, aunque pueda parecer un eufemismo, lo convierten en “el río de la vida”. Es aquí donde podría ser más evidente aquello de que los ríos no son objetos, sino sujetos con todos y cada uno de sus derechos… como afirman los autores del libro “El Ebro, río de Turismo”, Antonio Arandillos y José María Iñigo. 

El Ebro se toma un respiro y sus aguas se remansan, mientras se suceden pequeñas y antiguas presas, algunas de las cuales produjeron la primera electricidad de la comarca.

Cuando uno se interna a través de alguna de las muchas sendas que lo acompañan en su devenir, no puede dejar de trasladarse a los tiempos en que los pescadores suministraban el pescado diario (truchas y barbos principalmente) a los vecinos de los pueblos que carecían de la posibilidad de pescar.  O a los tiempos en los que la fruta producida en Zamanzas, por ejemplo, era llevada a lomos de mulos y burros a través de los Tornos de Tudanca hacia los mercados de Soncillo y Villarcayo.

Aguas abajo de los Tornos y después de proporcionar un vertiginoso tajo a la sierra de Tudanca, se abre el valle de Manzanedo, con Cidad y las ruinas de su viejo molino a la salida del desfiladero. Todo ello bajo la observancia atenta y precisa de otro de los castros de la Edad de Hierro que se yerguen sobre el curso alto del río.La vista merece la pena. Cuando Paralelo 43 se planteó este reportaje, sus fotógrafos comenzaron, como siempre, buscando las localizaciones de los lugares desde los que realizar las fotografías: lugares que permitieran observar los meandros más sugerentes, los pueblos…, en definitiva los paisajes más hermosos. Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que muchos de aquellos lugares que habían escogido para realizar su trabajo habían sido elegidos, cientos de años antes, para el establecimiento de poblados y fortificaciones.

El valle de Manzanedo está salpicado de núcleos poco poblados que custodian interesantísimos recursos, entre los que cabe destacar su conjunto de iglesias románicas y eremitorios. Además, en muchas ocasiones, demasiadas, sus ruinas dejan entrever la esencia  de su arquitectura popular. Próxima al camino que permite el más fácil acceso al castro de Cidad se localiza una de las joyitas del arte románico de las Merindades: la iglesia de San Miguel de Cornezuelo. Su localización, un tanto alejada del pueblo actual, responde al abandono del antiguo, que se localizaba en torno al camino que desde Cidad conducía a Soncillo. Capiteles, canecillos y un tosco pero interesante tímpano contribuyen a magnificar la solemnidad del lugar.

El valle de Manzanedo está salpicado de núcleos poco poblados que custodian interesantísimos recursos, entre los que cabe destacar su conjunto de iglesias románicas y eremitorios. Además, en muchas ocasiones, demasiadas, sus ruinas dejan entrever la esencia de su arquitectura popular. Próxima al camino que permite el más fácil acceso al castro de Cidad se localiza una de las joyitas del arte románico de las Merindades: la iglesia de San Miguel de Cornezuelo. Su localización, un tanto alejada del pueblo actual, responde al abandono del antiguo, que se localizaba en torno al camino que desde Cidad conducía a Soncillo. Capiteles, canecillos y un tosco pero interesante tímpano contribuyen a magnificar la solemnidad del lugar. Aguas abajo de Cidad, pueblo que conserva lo esencial de su pasado en un marco de gran belleza, el Ebro se toma un respiro y sus aguas se remansan, mientras se suceden pequeñas y antiguas presas, algunas de las cuales produjeron la primera electricidad de la comarca. El paisaje, profundamente quebrado y bajo el dominio del bosque, está absolutamente condicionado por el río. A su vera se localizan Manzanedillo, Manzanedo (la capital de valle del mismo nombre), Argés, Rioseco…, pueblos pequeños, con intenso sabor a antiguo. Todos ellos lanzan desgarradoras evocaciones melancólicas; piden a gritos que alguien o algún milagro impida lo que el destino parece tenerlos reservado.

Apuntes tomados de la Confederación Hidrográfica del Ebro

La cuenca del Ebro se halla en el cuadrante NE de la Península Ibérica sobre una superficie de 85.362 Km2, de los que 445 Km2 están en Andorra, 502 Km2 en Francia y el resto en España. Con todo ello, se trata de la cuenca hidrográfica más extensa de España y representa el 17,3 % del territorio peninsular español. Está drenada por el río Ebro que, con una longitud total de 910 km, discurre en sentido NO-SE, desde las montañas Cantábricas hasta el Mediterráneo, donde desemboca formando un magnífico delta. En su camino recoge aguas procedentes de los Pirineos y montes Cantábricos por su margen izquierda a través de importantes afluentes, como el Aragón, Gállego, Cinca- Segre, etc. Por su margen derecha recibe los afluentes procedentes del Sistema Ibérico,  ormalmente menos caudalosos, como el Oja, Iregua, Jalón o Guadalope. En total se contabilizan unos 12.000 Km. de red fluvial principal. En este amplio y variado territorio viven unos 2 800 000 habitantes, lo que supone una densidad de 33 h/Km2, muy inferior a la media española (78 hab/Km2). Casi la mitad de la población se concentra en Zaragoza, Vitoria, Logroño, Pamplona, Huesca y Lleida. Existe una concentración de población en el centro del valle y grandes zonas despobladas en el Sistema Ibérico y los Pirineos.

La furia del río destruyó las primigenias dependencias del monasterio de Santa María de Rioseco (Paralelo 43, Nº1), obligando a sus moradores a trasladarse monte arriba. Sus ruinas aún confirman su vinculación al río, igual que en el caso del cercano eremitorio de San Pedro, en Argés, uno de los más interesantes de las Merindades. Y aún más arriba, el mismo despoblamiento, más acentuado si cabe, se cebó hace ya varias décadas en Quintana del Rojo, sumando una más a la lista de las localidades deshabitadas de las Merindades. Apenas a unos centenares de metros se alza, como si de un verdadero milagro se tratara, la iglesia de San Martín,  también del Rojo, otra joya de este románico rural que de un modo tan sugerente y  sorprendente, se conserva en estas tierras del norte burgalés tan dadas a la contemplación.

También fue históricamente una puerta abierta a las primeras manifestaciones del condado castellano y de la propia lengua castellana.

El respiro es breve. Y como después de la calma viene la tempestad, el Ebro cambia de rumbo, gira hacia el sur y embiste de nuevo a la sierra de Tudanca, cuando ésta ya deja paso a la Tesla. De ese modo, el río construye otra de sus majestuosas obras: el desfiladero de los Hocinos. Su propio nombre define la geología. La Hoz, los Hocinos, un desfiladero de casi cinco kilómetros de longitud y más de trescientos metros de profundidad, labrado en el corazón de la cúpula anticlinal de las sierras ya citadas. Un paisaje sobrecogedor sobre el que vuelan cientos de buitres leonados que ha constituido uno de las mayores dificultades técnicas para las comunicaciones entre las Merindades y la capital burgalesa.

El río Ebro constituye un modelo de biodiversidad.

Sus riberas forman un bosque galería, rico en flora y fauna.

Pasado el llamado Puente Nuevo y después de otra presa, junto a la antigua fábrica de seda de Valdenoceda, el Ebro se encaja en el “relieve estructural” de Valdivielso, cuyo nombre delata el fenómeno geomorfológico. Val: valle  estructural encajado en un sinclinal.

Molinos abandonados desde mediados del siglo XX se suceden a lo largo de las márgenes del río. Y después de dejar a un lado Valdenoceda y Quintana, sus aguas alcanzan Puente Arenas, cuyo nombre también es explícito. Allí, en Puente Arenas estuvo durante siglos el único puente existente sobre el Ebro desde Villanueva Rampalay hasta Frías. Y a él confluían todos los caminos que de norte a sur comunicaban ambas márgenes con mayor o menor ambición. El más nombrado sin duda alguna, el Real que conducía de Burgos a los puertos del Cantábrico y que estuvo en funcionamiento hasta el primer tercio del siglo XIX. En este puente trabajaron canteros de renombre, como Juan de Naveda del Cerro o los hermanos Sisniega. El valle de Valdivielso es más ancho que los anteriores, proporcional a un Ebro, que va ganando, con sucesivos aportes, el empaque de los grandes ríos. Cada valle es más ancho que el anterior… y mientras, el río crece. En realidad es como si sus aguas hubieran metido el miedo en el cuerpo de los constructores de todos sus pueblos. Y es que excepto el ya citado Puente Arenas, que se alza en plena ribera, el resto de los pueblos, Santa Olalla, Toba, Población, Condado… se asoman, pero no se acercan demasiado. Antes bien, permanecen a cierta distancia y…, a cierta altitud sobre sus aguas.

Otro castro, el de monte Sagredo, controla el devenir del río, cuyas aguas abandonan Valdivielso canalizadas mediante una ambiciosa obra proyectada en 1942: la presa y el canal de Cereceda con el objeto de conducir las aguas del Ebro hasta la central hidroeléctrica de Trespaderne. La obra fue construida para Hidroeléctrica Ibérica, S.A. que, posteriormente junto con Saltos del Duero, S.A. constituiría IBERDUERO, S.A.

Merece mucho la pena detenerse a contemplar el paisaje desde el puente de la carretera que cruza sobre el embalse de Cereceda. El tiempo parece detenido. Pues bien, allí mismo, bajo las aguas, y son visibles en las pocas ocasiones en las que la presa desagua, permanecen los restos de un pontón y un molino. Un pontón de similares características a los existentes aguas arriba, en Manzanedo o en Zamanzas. Y un molino como tantos otros de los que contribuyeron al sustento de la población. Hacia el norte, sobre el pequeño pueblo de Panizares, la erosión ha generado un singular y atractivo fenómeno geológico que allí recibe el nombre de los Cuchillos.

El río pierde su vigor y lo traslada al canal que recorre casi diez kilómetros hasta llegar a la central hidroeléctrica de Trespaderne. Buena parte de ellos son subterráneos gracias a la construcción de los seis túneles que fueron necesarios para mantener una pendiente continua de 5 mm/m.

Mientras a través del canal el agua circula a una velocidad media de dos metros por segundo, en su incesante culebreo, el río, apenas si cuenta con caudal. De este modo llega a otro de sus momentos más sublimes: la Horadada. Un enorme desfiladero, de características muy similares al de los Hocinos, con más vigor si cabe. Una de las estrellas más desconocidas del Parque Natural de los Montes Obarenes-San Zadornil.

A sus puertas, el cauce recoge, y con ellas se revitalizan, las aguas del río Oca, procedente de la Bureba, con Oña, en sus proximidades. El Oca enturbia las aguas de un Ebro sobre el que los cortados rocosos se elevan vertiginosos varios centenares de metros sobre ellas. Los taludes de las sierras de la Llana y la Tesla están tapizados de encinas, robles y bojes. Algunos rincones conservan singulares bosques como el de los tejos de Tartalés de Cilla, muy conocido y apreciado por los lugareños.

Todos los pueblos ribereños han encontrado sustento en el río a lo largo de la historia. Muchos documentos históricos muestran los aprovechamientos que los vecinos obtenían de sus aguas: pesca de anguilas, truchas, barbos, loinas… incluso cangrejos; una constante en las páginas del Diccionario de Madoz al que, en este tipo de aspectos merece la pena remitirse.

A lo largo del río, y también del reportaje, se observa la existencia, más o menos constante, más o menos intensa, de molinos harineros. Sin embargo, según crece el río, el número de molinos desciende. El río se hace más incontrolable, más bravo y menos previsible. Algunos documentos hablan de roturas constantes en las presas, incluso de inundaciones. Por eso, los concejos, los señores, o los propios molineros en mucha menor proporción, se alejan del gran río. No quieren correr riesgos y construyen sus artilugios en los arroyos que convergen hacía él y que tienen un caudal suficiente y mucho más domesticable. A esta realidad se podrían asociar los casos de Herrán y Frías, condicionados, además, por otro tipo de factores.

A la altura de Trespaderne, bajo la atenta mirada de uno de los castillos más antiguos de Castilla, el de Tedeja, el río Ebro recoge las aguas de otro de sus grandes afluentes el Nela, que a su vez lo hizo con las del Trueba, el Trema y el Engaña, entre otros. Todos ellos contribuyen a dibujar la cabecera de la gran cuenca del río más caudaloso de España. Más allá, después de regar las tierras de Cillaperlata, lugar de incuestionables connotaciones históricas, donde su monasterio de San Juan de Hoz, hoy en ruinas, que es uno de los más antiguos del Castilla y León, se abre Tobalina, el último de los valles que el Ebro atraviesa en las Merindades. En Cillaperlata, el primer embalse construido en la provincia de Burgos, desvía de nuevo las aguas de su cauce a través de otro gran canal que las conducirá hasta la central hidroeléctrica de Quintana Martín Galíndez. De ahí que, cuando el río llega al gran puente medieval de Frías tenga un aspecto diferente al que por naturaleza le correspondería. “Un gran puente para un río tan modesto”, se escucha con frecuencia.

 El magnífico castillo de Frías, cuya estratégica localización obedece a un perfecto conocimiento del entorno geográfico, constituyó una referencia en las largas contiendas entre castellanos y navarros, cuando ambos reinos rivalizaban por este territorio.

Frías es la ciudad más pequeña de España. Sin embargo es también un icono, tanto de Las Merindades como probablemente de todo el estado. Su desafiante castillo conforma una atalaya estratégicamente situada. Su emplazamiento responde a un profundo y estudiado conocimiento de la geografía local y comarcal. El trazado de la moderna carretera puede llegar a despistar al visitante ocasional. ¿Qué hace un castillo así en ese lugar? Estar rodeado de montañas mucho más altas que el modesto cerro sobre el que se ubica la ciudad responde, sin embargo, a un efectivo punto de control sobre los pasos naturales que en este paraje forman una encrucijada de vital importancia en la época de su construcción y desarrollo. El 8 de abril de 1202 Alfonso VIII concedió a Frías un fuero, que tenía por modelo al de Logroño y con el que pretendía favorecer las actividades comerciales. Indirectamente, la concesión reconoció el carácter estratégico del enclave. Dos siglos más tarde, Juan II concedió al lugar el título de Ciudad. Y en la actualidad, Frías está considerada la ciudad de menor población de España.

El valle de Tobalina es el más extenso y el más seco de las Merindades. Muestra claras influencias del clima mediterráneo y constituye una puerta abierta que contribuye de un modo definitivo al carácter de transición bioclimática que caracteriza a este territorio del norte burgalés. También fue históricamente una puerta abierta a las primeras manifestaciones del condado castellano y de la propia lengua castellana. Testigos de tales acontecimientos son los numerosos restos arqueológicos, eremitorios, necrópolis…, que se localizan en su territorio.

Y como culminación de la serie de contrastes que muestra el perfil del río Ebro no se puede ignorar la presencia, entre tanta historia y naturaleza, de la central nuclear de Santa María de Garoña. A su alrededor, el Ebro dibuja un ejemplarizante modelo de meandro. Sobre ella, imponente, se alza el monte Humión, una de las mayores montañas de las Merindades.

En el desfiladero de Sobrón, el río Ebro vuelve a romper con ímpetu y brusquedad la bóveda anticlinal de la sierra de Árcena. El gran sinclinal de Tobalina lo conduce, sin solución de continuidad, hacia su último gran desfiladero en estas tierras, las que lindan con las vecinas alavesas. Y, como no parece poder ser de otra forma lo hace de nuevo con sus aguas embalsadas…

El Ebro se despide de la provincia de Burgos abriéndose paso por los cerros de una áspera cordillera, como dice Madoz en su diccionario. Al otro lado le salen al encuentro las tierras de Álava.

Pin It on Pinterest

Share This