Los supuestos castillos de los que nos hablaban nuestros padres no están en Las Merindades. Obedecen a un intento del reino asturiano por establecer una marca más allá de lo que originariamente llamaron Bardulies, pues las aceifas musulmanas demostraban que ese colchón fronterizo ya no era tal. Un primer intento lo llevaron a cabo en Pancorbo, posteriormente en Amaya, Lara, Sasamón, Ubierna, Burgos… Y llegó el momento en que la corte asturiana entendió que la mejor defensa era un buen ataque, y pegó un toque de corneta, a cuyo son los condes comarcanos se lanzaron al asalto de las tierras del sur.

 

Castilla más allá de Las Merindades

 

En el año 912 ya están en el Duero. En el año 932, la civitas burgensis se convierte en la capital del condado de Castella, que Ramiro II de León le acaba de otorgar a Fernán González. Su origen remite al sólido torreón que Diego Rodríguez Porcelos había levantado en el año 884 para vigilar y proteger la Ab Asturica Burdigalam. ¿Cómo se dice en germánico “castillo”? “Burg”, que da en el bajo latín “burgus”, en castellano “burgo”, que no es sino el conjunto de la población del entorno inmediato al castillo. De “burgus” proviene “burgensis”, habitante del burgo o burgués. Así, civitas burgensis, nuestra Burgos, no es otra cosa que la ciudad de los que poblaban el burgo que se fue formando en la inmediatez del torreón levantado por Diego Rodríguez Porcelos.

Es un hecho histórico, suficientemente demostrado por la nueva historiografía castellana, que durante la Alta Edad Media, pervivieron en Las Merindades vestigios prerromanos de la Edad del Hierro, no sólo desde el punto de vista de la explotación del medio natural y la estructuración territorial castral, cosa evidente, sino también de las relaciones sociopolíticas supraestructurales a ella asociadas, pues no llegaron a desaparecer algunos enclaves castelleros asociados a jefaturas políticas, administrativas y económicas locales.

Muchos castros manifiestan no sólo romanización, sino también una continuidad ocupacional desde época prerromana hasta la Alta Edad Media. Entre otros, los casos de los situados en San Zadornil, Momediano, San Pantaleón de Losa, Cigüenza, Quintanalacuesta y Quintanilla Valdebodres (o los de Astúlez, Berbeia y Castros de Lastra ya en Valdegovía). Por otro lado,  Castrillo de Bezana, Arreba, Santa Cruz de Andino, Villalba de Losa, Castresana, Castriciones, Castrobarto, Paresotas, Frías o Medina, entre otras posibilidades, con mucha probabilidad se asienten sobre castros fosilizados, es decir, que manifestarían una continuidad ocupacional desde la Edad del Hierro hasta hoy en día. El caso del castro de Brizuela es peculiar, porque tras ser abandonado en época romana, fue directamente reocupado en la Edad Media.

Pero nos interesa volver a destacar que fue la inseguridad que se adueñó de llanos y valles a la caída del Imperio Romano, la que llevó de nuevo a las gentes a reocupar antiguos castros o a construir aldeas de nueva planta en alturas arriscadas, muchas de ellas cercanas a los propios castros de la Edad del Hierro, o incluso encima de ellos, en forma de aldeas castrales. Varias de las localizaciones de esas aldeas encastradas que fueron construidas de nueva planta en la Tardoantigüedad son hoy el asentamiento de algunos de  nuestros pueblos; en otros casos, remiten a no pocos de los despoblados que documentamos en las fuentes.

El carácter de punto de referencia que siempre tuvieron  los antiguos castros para las nuevas aldeas levantadas en sus cercanías, se observa en la documentación altomedieval cuando, al localizar nuevos asentamientos poblacionales, se utilizan expresiones como “nombre de aldea + subtus castro”, “castro-sufijo”, o “castello + nombre de aldea”. Muy a menudo, en estos casos, la fortificación no cumple ya funciones habitacionales, sino que cubre necesidades nuevas y quizá más significativas: control y vigilancia del territorio, protección y defensa en caso de necesidad, o centro político-administrativo al cargo de jefaturas y poderes locales o comarcales. La vinculación de estos ejes castrales de vertebración del territorio con los alfoces y centros de poder condales está sobradamente demostrada.

De época plenomedieval, sin excluir funciones previas, datan algunos castillos que llegarían a tener un importante papel como marcas fronterizas entre Navarra y Castilla. Posiblemente los de Petralata, el de Cuevarana o el de Arreba, pero apenas mantienen alguna piedra en pie.

Sin embargo, las fortificaciones que hoy observamos en Las Merindades con todo su porte casi intacto, obedecen a los intereses de las jefaturas sociopolíticas y económicas comarcales de época bajomedieval e incluso moderna.

Se trata de puntos de control de pasos, caminos y vados; centros tributarios y administrativos; o casas torre con funciones habitacionales. Remiten a una época en que ciertos linajes se enseñorearon sobre el territorio y sus gentes, parapetando su presencia mediante construcciones de enorme envergadura. No es cierto, como nos contaban de pequeños, que sean defensas contra los musulmanes. Son bastiones inexpugnables desde los que los señores y sus huestes se repartían el pastel, lo guardaban a buen recaudo y protegían su pellejo. En fin, la piedra castellana al servicio de intereses familiares.

La mayor parte de estas construcciones se relacionan con las luchas banderizas, en las que los linajes más importantes y sus aliados se disputaban palmo a palmo el control del territorio. De ahí su gran número. En Las Merindades, destacaron los Velasco y los Salazar, que a la mínima se daban de tortas por una linde. En realidad, estas luchas nobiliarias encubrían la tensión entre los campesinos y sus señores. Efectivamente, la intensificación de la presión fiscal y la servidumbre sobre el común, requería de un estado de excepción permanente, que por menos de nada provocaba roces, luchas e inquinas entre los encargados de ejercer la represión. Avaricia fortificada. Vanidad encastillada.

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