De vuelta a casa: aldeas encastradas.

La Tardoantigüedad va a suponer un importante revival nativista en el centro norte peninsular, también en Las Merindades. Es muy significativo que en las fuentes reaparezcan etnónimos prerromanos que llevaban siglos desaparecidos.

En esta comarca, a partir de mediados del siglo V, el ancestral arraigo de lo pastoril y el vacío de poder, puso de nuevo a los jefes ganaderos en guardia. Se desvincularon de los débiles lazos que todavía les unían a la administración estatal y buscaron su propio destino, convirtiéndose, ocasionalmente, en líderes bagaudas que no dudaban en hacer lo que les venía en gana.

Con Roma o sin Roma, las cabras siempre tiraron al monte. Lo curioso fue que las gentes decidieron seguir a las bestias y sus pastores, libres ya de vínculos con el poder romano, encastrándose nuevamente, para buscar protección y controlar el territorio, en aldeas construidas entre riscos y cortados de media altura, situados en altozanos y laderas montanas.

Para entender por qué las gentes aceptaron nuevamente el liderazgo de las jefaturas ganaderas, como en la Edad del Hierro, debemos ponernos en situación. En aquellos momentos no había en Las Merindades grandes centros de poder romano. Lo urbano no es que quedara lejos, como siempre, porque nunca hubo una estructuración del territorio desde los grandes centros urbanos, sino que las propias civitates del entorno se habían ido viniendo abajo.

Además, tampoco las villae esclavistas de Losa tuvieron el suficiente empaque como para dar pie a cierta supraestructura de poder. De hecho, no resistieron la inseguridad de los tiempos. Las investigaciones realizadas en la villa de Los Casarejos, localizada en San Martín de Losa, sitúan los materiales arqueológicos encontrados entre los siglos IV y V, y algunos de sus mosaicos podrían fecharse entre finales del siglo IV y mediados del V. Es muy posible, por tanto, que las villae losinas desaparecieran en algún momento de la segunda mitad del siglo V, si no antes. Con su desaparición, se pone fin en estas tierras al modo de producción esclavista puro.

Sin centros de poder romano cerca, y con la aristocracia vilicaria en retirada, el campesinado agropecuario de las pequeñas explotaciones familiares de régimen quiritario venía acusando una inseguridad que no podía prolongarse en el tiempo. Ante tal desamparo político-administrativo, no quedaba otra que buscar protección en una nueva forma de habitación, refugiada entre las peñas y cortados situados en plataformas rocosas y terrazas de medio monte, y aliarse con las jefaturas ganaderas, que tras los primeros síntomas de debilidad del estado se despidieron de Roma.

Nadie conocía el territorio y sabía moverse por él como el pastor. Pasos, sendas, vados y refugios eran su día a día. Por otro lado, al no estar atado a la tierra, como el labriego, tenía tiempo para ejercer de jefecillo. Poseía también monturas, que no es poco. Además, en caso de necesidad, las estructuras suprafamiliares de carácter gentilicio que articulaban su arcaica vida social, o las clientelas que fue estableciendo a medida que éstas se fueron disolviendo, le permitían tirar de mucha gente. Fue todo esto, y su carisma, lo que le permitió al ganadero romper amarras con las débiles supraestructuras políticas y administrativas estatales para volver a liderar el entramado social.

Los vestigios de uno de estos castella se pueden contemplar todavía hoy en el castellum de Peña Horrero, sabiamente bautizada por los paisanos como “Peña de los Celtas”. Se trata de una localización habitacional claramente vinculada con hábitos pastoralistas, en la que incluso se advierten dos puestos de vigilancia y control en la parte superior de la peña. No obstante, ya muestra la incidencia del programa aculturador que los visigodos vienen desarrollando desde finales del siglo VI y, sobre todo, a partir del VII, tanto en la planta cuadrangular de una posible iglesia, como en la orientación cristiana a la que tratan de acomodarse las tumbas de la necrópolis, sin que falten aquí ciertas hornacinas que quizá nos indiquen el lío mental funerario que causó el cristianismo en aquellas gentes. Porque hay que recordar el ancestral ritual funerario de la cremación, tras el cual se introducían los restos en hoyos.

La combinación de elementos cristianos con cultos paganos no ha de extrañar en estos primeros momentos del programa evangelizador del reino visigodo en esta comarca. Se observa también en la necrópolis del monasterio de San Juan de la Hoz, en Cillaperlata, de finales del siglo VII o principios del siglo VIII. La orientación de las tumbas es también la cristiana, con la cabeza del cadáver a occidente y los pies a oriente, pero existen dos elementos precristianos muy significativos. Por un lado, en las losas de cubierta de las tumbas aparecen unos orificios a la altura de la cabeza, cuya funcionalidad remite a la costumbre pagana de hacer libaciones al difunto; además, en los cuerpos situados en el interior del templo, los difuntos tenían monedas en las manos, ritual pagano sobradamente documentado.

También como castellum hay que interpretar los restos arqueológicos más antiguos de la Peña de San Clemente, en Quintana María. Se trata de un asentamiento agropastoril, en el que tampoco falta la atalaya de control. Nuevamente, como en Peña Horrero, la necrópolis presenta ya el ritual de enterramiento cristiano. Este hecho nos habla, como venimos manteniendo, del avance del cristianismo sobre un sustrato de población previo, con unos hábitos habitacionales anteriores al fenómeno funerario, que se inscriben en la necesidad de seguridad, vigilancia y control del territorio.

Este tipo de hábitat enrocado, castella, de los que nuestra tierra tomará su nombre, también se puede observar en la Peña del Mazo, en Pajares, Tobalina. Es el ejemplo que mejor certifica lo que venimos proponiendo, coincidiendo, precisamente, con que es el yacimiento tipo castellum habitacional estudiado de forma más rigurosa y científica. La atalaya rocosa manifiesta una primera fase de ocupación domestica ex novo de época tardorromana, que arrancaría a partir de algún momento del siglo V, a la que ya en el siglo VI se le asocia una necrópolis y un centro de culto de pequeñas dimensiones, que mantienen su funcionalidad, con ciertas reformas, durante la época altomedieval, desde el siglo VII al X. Se trata de una transición desde la Tardoantigüedad a la Alta Edad Media en términos de continuidad, pese a la introducción de elementos nuevos, no sólo en la utilización del emplazamiento sino también en las formas productivas y la organización social de las gentes que lo habitaron, sin duda campesinos de régimen agropecuario.

En relación con la necrópolis, y manifestando un desarrollo coetáneo, se documenta la base de una construcción rectangular de unos doce metros cuadrados, sin evidencias de pavimentación, que se interpreta como edificio de culto. Poseería un pequeño pórtico, que sobresaldría unos tres metros. El espacio interno se organiza en torno a un hoyo circular, de unos dieciséis centímetros de diámetro, que serviría para encajar el tenante de sustento del altar. Se trataría del centro de culto de la comunidad aldeana del entorno, y estaría relacionado con el afán evangelizador visigodo que, como veremos, tiene por foco el entorno de Tedeja. Podríamos datar el desarrollo inicial del complejo cultual y funerario en el siglo VI, manteniendo su funcionalidad hasta finales del siglo VII o comienzos del siglo VIII, en que todo el complejo va a sufrir una reorganización.

Efectivamente, en época altomedieval se van a producir una serie de cambios en el yacimiento. La ocupación doméstica va a ir desapareciendo de la plataforma rocosa, dejando paso únicamente a las funciones litúrgicas y funerarias, que ya se venían manifestando con anterioridad. En algún momento del siglo VII se abren dos cavidades rupestres en el flanco sur de la pared rocosa, que asumirán funciones habitacionales. Entre finales del siglo VII y comienzos del siglo VIII, se ampliará el templo y en torno a él se irá generando una extensa necrópolis de tumbas excavadas en la roca. Finalmente, también las dos cavidades rupestres terminarán cumpliendo funciones funerarias. El uso funerario y cultual del complejo, se mantendría hasta bien entrada la Edad Media, quizá hasta el siglo X, pero existen testimonios de actividad hasta incluso el siglo XIII. El análisis de los restos óseos delata una población sedentaria, con ausencia de traumas que pudieran referir enfrentamientos bélicos.

Como se puede interpretar en los tres ejemplos de castella que hemos analizado, se trata de la instalación, ya desde la tardorromanidad, de pequeñas familias agropecuarias entre peñas de media altura. Con el tiempo, en época ya visigoda, esas comunidades irán asumiendo hábitos funerarios y de culto cristianos. Se trata, como ha ocurrido en otras ocasiones a lo largo de la historia, con los megalitos funerarios o el ritual incinerador, por ejemplo, de la asunción de la ideología religiosa de culturas exógenas más desarrolladas por parte de los indígenas. En este caso, no quedaba otra.

Desde el año 574 en que Leovigildo conquistó definitivamente nuestra comarca, el politeísmo animista pagano propio de los silvoganaderos se fue convirtiendo en un fenómeno marginal. Un empujón definitivo, en relación con este fenómeno de aculturación religiosa, se produjo en el año 589 en que subió al trono Recaredo, que abandonó el arrianismo para convertirse al catolicismo de forma oficial en el III Concilio de Toledo, dando lugar a la unificación religiosa del estado visigodo.

Ahora bien, cambiar de religión es mucho más fácil que cambiar de hábitos productivos y habitacionales, porque las ideas religiosas ni se comen ni transforman un entorno montaraz en una llanura cerealista. En resumen, ese tipo de formas habitacionales típicamente castreñas,  castellum/castella, de las que hemos hablado, las divisaron ya los visigodos desde la fortaleza de Tedeja antes de pasarles el rodillo cultural del catolicismo. El castellum tardorromano de Peña del Mazo lo demuestra absolutamente. Interpretamos que la ocupación más antigua de Peña Horrero o Peña San Clemente obedecen al mismo proceso. Y, sin duda, hubo de haber un sin fin de castella del mismo estilo, pues aquí peñas de la misma tipología nos sobran para dar y tomar.

Por tanto, no ha de extrañar, todo lo contrario, que las familias agropastoriles de Las Merindades siguieran fieles a su modo de vida y formas habitacionales pese a ser barnizados por el cristianismo godo, como demuestran los ritos funerarios o las iglesias aldeanas. Además, sin duda alguna, la nueva ideología religiosa hubo de ahondar en el liderazgo del caudillaje local, pues sin la adaptación de las jefaturas ganaderas a los nuevos tiempos, difícilmente se hubiese podido llevar a cabo el programa visigodo de unificación ideológica del reino en nuestra comarca.

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